Prescribe de forma sucinta Luis María Anson: “El periodismo de la insidia es un cáncer que amenaza metástasis. En lugar de buscar la verdad, los alfiles de la insidia difunden bulos, acechan la intimidad de las personas, inventan lo que les viene en gana, se esfuerzan por convertir la comunicación en un patio de vecindad, se orgasman con la calumnia y lo emporcan todo. El periodismo de la insidia se alimenta del chisme y de las felonías. Se malinforman a través de la patraña, la encerrona y la añagaza. Y ofende a los jóvenes profesionales que pegan la nariz al suelo informativo para rastrear la noticia hasta descubrirla y contrastarla. No será fácil extirpar el cáncer del periodismo de la insidia porque se asienta, muchas veces, en el éxito comercial o en torticeras maniobras políticas”. En el ferragosto, donde la nada campea, se busca un blanco y por ahí se tira de la cuerda hasta conseguir lectores y una falsa polémica montada con cuatro palos y pobre lona. El veterano periodista Miguel Ángel Aguilar, caballero español, hombre de una pieza, obseso textual, lector interminable, es el último mártir del fuego vil agosteño.
El libelo de Dina Bousselham (La última hora), esa chica de la tarjeta que va y viene, del teléfono que no se sabe lo que oculta, si es de cintura hacia abajo o arriba, llamaba borracho, periodismo de petaca y otras lindezas, a Miguel Ángel Aguilar por culpa de sus memorias (En silla de pista). El guante lo recogían Periodista Digital y otros, pero hasta hubo lectores que en los comentarios rodearon con tiza el perímetro de tamaña bosta caballar: “Además de llamar borracho a Miguel Ángel Aguilar, el texto va sin firmar, el primer párrafo es un entrecomillado sobre el alcohol en las redacciones sin identificar quién ha dicho eso o de dónde se lo sacan. Es tan aberrante como triste que se publiquen cosas así”. Nada entendió Dina de las memorias En silla de pista, pura insidia es su texto Miguel Ángel Aguilar, la nostalgia de la petaca y todo huele a lo peor de la mejor gramática.
Las memorias de Miguel Ángel Aguilar son un recorrido insólito por la profesión del franquismo a la actualidad, escritas a calzón quitado, verbo fresco y crujiente, las mejores palabras en el mejor orden, siempre con el periodismo como aliado de la democracia hasta hoy donde no sabemos si puede haber democracia sin el ejercicio honrado del periodismo. Lo que explica en ellas el periodista son los estragos de la Ley Seca en las redacciones, donde se bebía por lo abusivo de las jornadas, hasta catorce horas, y donde, algo decisivo, se pedía a la firma ingenio, a lo que un poco de alcohol siempre venía bien: el adjetivo inesperado, las palabras nuevas, el texto ágil y brillante, el lector en estado de rapto y goce supremo; todo lo contrario –con alcohol o sin él- a una firma atocinada, apelmazada, mostrenca, montaraz. Sorpresa y originalidad, en definitiva, sin inercia, adjetivos sobados o camino trillado. La Ley Seca, que Aguilar vio en primera fila, creó alcohólicos: los periodistas salían al bar más próximo y se trajinaban tres copazos del tirón, antes uno o un par sin prohibición. Ni hay un canto al alcohol, ni Aguilar se identifica como miembro de la cofradía, ni se empuja al vaso ni al cieno, ni nadie habla u orla abuso alguno. La escritura, sublime e ingeniosa, siempre diaria y muy dura, a veces necesitaba un trampolín, cuando el cuerpo no aguantaba o el cansancio hacía mella. La belleza de la palabra, sí, que inyecta en el lector un placer puro, inmediato y desinteresado, esmalta con burbujas y picardía. Alcohol a granel hubo a principios del XX y fines del XIX, Dina, amor, para ello puedes leer Cronistas bohemios (Taurus) de Miguel Ángel del Arco que recoge todo el periodismo de cachimba, petaca, mugre, escombro y absoluta miseria.
Miguel Ángel Aguilar es un gentleman del periodismo, obseso textual siempre con un libro a cuestas, muchos periódicos, blocs que cubre con letra inglesa y pluma sin prisa, artesano de la palabra, mago del idioma, brujo del fuego escrito. Le echaron de los sitios por decir la verdad, que los medios de papel están en manos de sus acreedores, no se vendió cuando tuvo oportunidad, fue juzgado por tribunales franquistas y defendido por Luis María Anson, éste con bozo y ya secretaria en la calle Goya. Pintó al carboncillo como nadie en sus libros este tiempo de las inundaciones informativas, donde lo primero que falta es agua potable (“informados de todo y sin enterarnos de nada”). Vio el postureo de cuatro guapos, donde los directivos de tales casas eran noticia día sí y día también, cuando la alta prensa americana, tales jefazos solían aparecer dos veces, el día que eran nombrados y cuando se marchaban, generalmente en un breve sin más pandereta. Miguel Ángel Aguilar es un animal en extinción; “en mi hambre mando yo” como decían los campesinos de Pla y Américo Castro, eligió ser menos rico a menos libre y es profesor de entusiasmo para cuantos creemos en la misión civil y demócrata de las palabras en todas aquellas hojas volanderas que se precien, bien digitales o en papel. Muchos jóvenes se sorprenden al verle por el Congreso de los Diputados, aromado de ironía, como lo que es, un joven más, a la manera de Picasso (“Cuando se es joven, se es joven toda la vida”). Muy mal, Dina. Sin maestros crecerás peor. Aunque todos los morados pongan cien euros para tu panfleto hay algo que no puedes comprar: otro aprendizaje. Sin esfuerzo no hay conocimiento. Ni petaca mágica, ni borrachera crónica, ni periodistas beodos: la pura lucha por la supervivencia en los años del hambre, la falta de medios y la conquista minuciosa de las libertades. Lee un poco más, guapa. Tu jefe en Galapagar cuenta que se levanta a las seis de la mañana para ello.
Hay algo muy bonito que contó el hijo varón de Aguilar, editor en Debate, para Jot Down y le falta por entero a Dina Bousselham: “La sillita, la sillita”. Cuando sus hijos eran pequeños, siempre en las cenas familiares con intelectuales o personajes de relieve, sus padres insistían: “La sillita, la sillita”. Los pequeños iban por ellas y se incorporaban al diálogo. La sillita es lo que hoy falta entre tanta presunción, matonismo informativo, sentencias negras e ignorancia rasa. ¿Dónde están los periodistas en duda? No, la pedrada es lo que parece traer lectores, el linchamiento, el paredón, también porque es más barato y produce la caída en dominó de las fichas, hecha gratis por las redes sociales y sus altavoces excrementicios. La cloaca, la alcantarilla, el humus fecal, después de tanto todo para nada. Algunos medios ya ponen en el encabezado el tiempo de lectura de sus artículos (un minuto, minuto y medio, dos) porque el nivel no llega a la sillita ni con escalera mecánica para subir, tipo El Corte Inglés. Apedrear al veterano, al maestro, a quien conquistó lo que hay también por ti, es una forma de vileza repugnante. Lee, Dina. Lee libros. No las consignas en la pantallita de tus santos pagadores.