www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Virtudes formales II

José María Méndez
x
axiologiatelefonicanet/9/9/20
jueves 22 de octubre de 2020, 20:18h

Vayamos con la segunda virtud formal, la Constancia.

El simple y sincero deseo de vivir los valores no es suficiente. Hace falta además esforzarse día a día para que nuestra vida sea valiosa de hecho. En esto consiste la virtud formal de la constancia. Empezar de nuevo cada jornada, como si fuese la primera. No desfallecer o desalentarse por haber fracasado hoy. Mañana lo volveremos a intentar. Y así hasta el último momento de nuestra presencia en este mundo.

Desviar los impulsos de nuestra carne y nuestra psique hacia los valores requiere mucho esfuerzo. Las pasiones -gula, lujuria, envidia, celos, codicia, ansia de poder- en sí mismas no son ni buenas ni malas, como meros fenómenos de la naturaleza causal que son. Son simplemente pulsiones ciegas al valor. Pero las pasiones se hacen buenas o malas en cuanto la libertad positiva pronuncia la última palabra, y las dirige de hecho al bien o al mal.

Sólo que dirigirlas hacia lo valioso en sí, y en contra de lo instintivo y animal en nosotros, implica mucha fuerza de voluntad, mucho tesón, mucha perseverancia. Es la cuesta arriba, lo difícil. Y más difícil aún, si hay que intentarlo una y otra vez.

El vicio contrario a la constancia es la pereza. Es lo cómodo, la cuesta abajo, la renuncia a la lucha por vivir los valores. Dejarse llevar por lo que pide el cuerpo.

Los antiguos reconocían la pereza como un defecto. Video meliora proboque, deteriora sequor confesó Ovidio. Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor. Era perezoso, pero no soberbio. Reconocía los valores como lo que debe ser. Sólo que se sentía sin ganas o sin fuerzas para conseguir tan alto ideal. Renunciaba a alcanzarlo. Con todo, hemos de recocer a Ovidio la humildad, la adhesión a la verdad que sin duda le inculcaron de niño. Sólo le reprochamos que ceda a la pereza. Vivió la primera virtud formal, aunque fallase en la segunda.

Hoy en día la situación es mucho peor que en la antigüedad clásica. Ellos tenían al menos la paideia. Educaban a los niños en el amor a la virtud y en el esfuerzo por conseguirla. Les decían la verdad. Aunque luego se comportasen en la práctica según el dicho de Horacio, carpe diem. Disfruta mientras puedas.

Nosotros, en cambio, hemos sido maleducados y engañados desde el principio. No se nos habla de Dios, ni de la virtud, ni del esfuerzo, sino sólo de pasarlo bien aquí abajo. Se invierte la aprehensión del bien y el mal. Lo que antes se consideraba vitando se ha convertido ahora en recomendable, o al menos tolerado. Antes se veía la homosexualidad como un defecto, da igual si congénita o adquirida. Ahora la hemos puesto al nivel de la heterosexualidad propia de la naturaleza. Eso es la mentira.

Ahora somos perezosos, y además se nos educa en la soberbia. Ni siquiera nos damos cuenta de nuestra miseria ética y estética. Nuestra conciencia moral está atrofiada. El leproso moderno lame con gusto sus pútridas llagas. La única constancia que conoce es la de los drogadictos, o la de los delincuentes reincidentes.

En Pompeya se conserva todavía intacta la palestra, el lugar donde los jóvenes se entrenaban en sus ejercicios atléticos. Hoy día nuestros jóvenes se dedican al botellón y las orgías con drogas. Esa es su palestra.

La tercera virtud formal es la prudencia. Consiste en la habilidad para vivir lo mejor posible los valores que inciden en cada acción concreta. Eso no está escrito en ningún libro. En puro rigor, no ha ocurrido nunca antes. Cada persona es única en la Historia Universal.

Por eso no hay ciencia ética de los casos concretos. Sólo hay ciencia de los valores o principios morales. Lo que da a la ética su carácter dramático estriba precisamente en que la decisión concreta del ser libre hic et nunc es siempre una arriesgada apuesta, y nunca hay un 100% de seguridad de haber dado con la solución correcta.

Un matemático no necesita de la prudencia para resolver su problema. Basta que posea la ciencia matemática adecuada. Probablemente la solución estaba ya escrita en algún libro. Y si el problema resuelto es nuevo, el libro lo puede escribir él mismo.

Pero esa seguridad de alcanzar la solución correcta no existe en las decisiones morales. Sólo cabe afirmar que, cuanto mayor sea el conocimiento que se tiene de los principios morales, tanto mayor será la probabilidad de acertar. Y cuanto mayor sea la ignorancia axiológica, tanto mayor será la probabilidad de errar.

El consejo evangélico no juzguéis y no seréis juzgados no tiene sólo una motivación religiosa o ascética, como un sacrificio grato a Dios, útil para la convivencia y purificador de nuestros instintos. También se fundamenta en el hecho objetivo de las limitaciones de la inteligencia humana. No hay ciencia ética de los casos concretos. También los jueces, cuando tienen que dar sentencia sobre una conducta concreta debieran tener esto en cuenta.

La prudencia política es especialmente necesaria en nuestros días. A ella nos referimos en nuestro artículo Subsidiaridad y Prudencia (El Imparcial, 22/08/20). Se trata de la prudencia que esperamos de nuestros actuales gobernantes. Que dejen de ser corruptos y antepongan el bien común a sus apetencias personales o partidistas.

Los juristas atribuyen especial importancia a la Jurisprudencia. Pero por muy parecidos al actual que sean los casos anteriores, los protagonistas son nuevos y el juez es nuevo. En estricto rigor, también se trata de la primera vez que algo así sucede en la historia. Como su nombre indica, la Jurisprudencia no puede ser de piñón fijo.

En resumen, humildad, constancia y prudencia son las tres actitudes básicas, o virtudes formales, que nos hacen falta para vivir luego el entero arco de los valores-fines, para realizarnos como personas llamadas a parecerse a Dios, Valor Valorum

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(1)

+
0 comentarios