El domingo 18 de octubre Bolivia tuvo unas elecciones largamente esperadas. Eran los primeros comicios en mucho tiempo en que Evo Morales no era la figura política principal, el tradicional candidato ganador y, en consecuencia, el Presidente electo o reelecto en el país altiplánico. El resultado favoreció ampliamente, y para muchos de manera sorpresiva –por los porcentajes más que quién resultó ganador–, al Movimiento al Socialismo (MAS), que lideró durante muchos años Evo Morales. En esta oportunidad Luis Arce (nacido en 1963) fue el abanderado y triunfador en los comicios: sufragaron cerca de seis millones y medio de ciudadanos, y Arce logró 3.393.798 votos, alcanzando el 55,1% del total, seguido a mucha distancia por Carlos Mesa, con el 28,8%, y más atrás por otros candidatos.
El resultado tiene varias dimensiones de interés, tanto para Bolivia como para América Latina. La primera está relacionada con el MAS y con el próximo gobierno de Luis Arce, quien asumirá en medio de las difíciles condiciones económicas y sociales que enfrenta Bolivia, aunque con un sólido respaldo electoral. La Cámara de Diputados entrega también una mayoría al Movimiento al Socialismo, que logró 75 de 130 representantes, así como obtuvo 21 escaños de los 36 que componen el Senado. Será muy importante observar el futuro que espera a Evo Morales, quien todavía tiene problemas judiciales pendientes. En cualquier caso, los números muestran un excelente respaldo para Morales y para Arce –quien fue un influyente ministro de Economía y Finanzas Públicas de Evo durante muchos años–, y que ahora tiene un desafío doble de gran importancia: hacer un buen gobierno y liderar el cambio de acuerdo a la constitución, sin resquicios ni intentos de perpetuación como los que dominaron a Evo Morales. Por lo mismo, una de las tareas prioritarias de Arce será combinar adecuadamente la admiración y agradecimiento hacia Evo con la necesaria distancia, para no ser un títere del ex gobernante, cuyo regreso a Bolivia podría significar más problemas que beneficios, como ya ha comenzado a discutirse.
En segundo lugar, es crucial observar la situación en la que queda la nueva oposición boliviana, algunos de cuyos líderes fueron acusados de instigadores o aprovechadores de un “golpe de Estado” que precipitó la salida de Evo Morales, lo que augura para los opositores a Arce consecuencias políticas y, eventualmente, judiciales. Esto podría hacer retornar la polarización y las odiosidades que acompañaron los últimos días de Evo el poder, aunque Arce también tiene la oportunidad de optar por una política de pacificación y moderación. Esa parece ser la opción que tomará el nuevo gobernante, quien ha precisado: “no queremos revancha en Bolivia, hay muchas cosas por hacer”; asimismo, ha sostenido que no se enfrentará a los ricos, “siempre que ellos paguen impuestos” (El País, 21 de octubre de 2020). Con ello, al menos desde el punto de vista retórico, deja atrás el lenguaje de la lucha de clases, para avanzar hacia uno de mayor integración.
La elección también tiene una dimensión internacional, por cuanto el resultado significa el fortalecimiento de la izquierda latinoamericana, en un momento especialmente complejo para ella en el continente. Por una parte, los partidos y gobiernos del Foro de São Paulo están experimentando dificultades severas, que aparecen claras si observamos algunos ejemplos: la situación de la dictadura de Maduro en Venezuela, donde persiste la división y la miseria; el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que no ha logrado dar conducción y liderazgo a México, además de los problemas de la violencia y del manejo de la pandemia; así como la dramática realidad que vive la Argentina de Alberto Fernández, tanto por su situación económica como por los efectos del coronavirus. Por lo mismo, el caso de Bolivia representa una oportunidad para intentar hacer un buen gobierno, fortalecer la institucionalidad democrática y no intentar aventuras que terminen por destruir el orden constitucional, cuestión que la izquierda del Socialismo del siglo XXI debe demostrar en los hechos.
La crisis de la democracia en América Latina ha mostrado la posibilidad de resolver democráticamente los conflictos políticos, lo que es una buena noticia para Bolivia y para el continente. Otros países vivirán procesos electorales de distinto tipo, lo que presenta una oportunidad especial para mostrar un camino civilizado de resolución de los conflictos y para avanzar en los grandes desafíos que sigue enfrentando el continente a comienzos después de dos décadas en este siglo XXI: la consolidación de las democracias en la región, un efectivo crecimiento económico sostenido y un progreso social que permita hacer llegar los frutos del desarrollo a los distintos sectores de cada país.