Permitan que hoy les cuente una de esas historias con un final incierto en donde los protagonistas no se casan con príncipes ni princesas y en donde las perdices brillan por su ausencia. Por cierto, de acuerdo con la leyenda griega, la primera perdiz apareció cuando Dédalo arrojó a su sobrino Pérdix desde un monte, en un arrebato de ira, y de ahí puede venir lo acontecido en el terrible suceso de Rufina del Amor Hermoso. Nombre ficticio donde los haya pero bien sirve para señalar a cuantos actores se vean reflejados en idéntica historia. Decir que cuando los gobiernos hacen lo contrario al talento común, entonces la ira se transforma en un arrebato para el ciudadano sufridor al comprobar cómo cada día se encuentra más necesitado y menos protegido por el Estado. Es como estar al borde del precipicio.
-Mi vida cabe en el estuche de mis lentillas –dice Rufina. Mujer, cuya estancia terrenal prefiere traerla al presente, prescinde de la letra pequeña no sin antes poner en valor la suerte de haber tenido unos padres entregados al compromiso de su única hija. Un padre de los de antes, ya saben, hombre traído de las dos Españas, trabajador infatigable a destajo, honrado a carta cabal; y una madre de las de antes, capaz de hacer milagros con una aguja, una hebra de hilo y un dedal o en hacer de un pedazo de pan y unas pocas lentejas un puchero artesanal. Fallecidos ambos, su hija Rufina hereda la casa de sus padres, la misma en la que ella vive, pues no tiene más bienes que el sacrificio de quienes pagaron en vida hasta la última voluntad para que su única hija no se quedara en la calle “el día de mañana”. Mucho sudor, privaciones, sacrificios, impuestos, letras y más letras, pero por fin una herencia de dos dormitorios, un aseo, una cocina, y un pequeño comedor con balcón a la calle. Un tercer piso sin ascensor, pero con buenos vecinos, aunque en esta comunidad raro es el que no toma antinflamatorios.
Rufina trabajó y cotizó, pero no lo suficiente. Ayudó en la economía de casa hasta que sus padres necesitaron de mayores cuidados, motivo por el cual dejó de trabajar. A día de hoy cobra menos que un fabricante de porteros automáticos en el desierto del Gobi. Ahora Hacienda llama a su puerta y le pide el Impuesto de Sucesiones, algo que no entiende desde el punto de vista económico. Son casi 27.000 euros el resultado a pagar a las arcas del Estado si quiere ser propietaria de pleno derecho. No tiene dinero, carece de medios y su paga mensual es de mínimos, tanto que acaricia los 400 euros hasta que pueda jubilarse o encontrar trabajo. Está sola en todo esto y la única gratitud que recibe por parte de Hacienda es el poder pagarlo de manera fraccionada durante dos años a razón de 1.125 euros mensuales, más los respectivos intereses de demora. A día de hoy para Rufina dos más dos suman cinco, a pesar de que siempre triunfó con las matemáticas.
Uno se muere en la creencia de haber hecho lo correcto en vida, es decir, pagar todas las obligaciones tributarias, cotizar 40 años a la Seguridad Social y no dejar ninguna deuda al cónyuge e hijos, si los hubiere. Bueno, pues no es suficiente aunque usted se haya muerto y además tenga el debido justificante que lo acredite. Para Hacienda nunca será suficiente. Si no pagas te dan por el lado oscuro de la docencia recaudatoria, y si te he visto no me acuerdo.
Pagar en vida por lo que ya es tuyo nada justifica. Pagar por morirte, tampoco; y para cerrar el círculo de lo escabroso hay que seguir pagando por lo que no tienes, merced a unas leyes cimentadas, única y exclusivamente, para engullir contribuyentes en un claro ejemplo de canibalismo fiscal. Por consiguiente, no se concibe tan cruel, siniestra e injusta política capaz de privar a alguien de lo que por derecho sucesorio ya está más que pagado, como lo es la vivienda habitual de tus difuntos progenitores. Si Rufina renuncia a la herencia estará traicionando a sus padres y además tendrá que dormir en la calle. Está al borde del precipicio contemplando como la ira rompe en un acantilado con olas cada vez más grandes que la invitan a dejarse llevar al plácido descanso del infortunio. Primero un pie, luego el otro y de repente el salto hacia la nada.
Rufina se despierta sobresaltada. Por suerte todo ha sido un sueño, sus padres duermen plácidamente en la habitación contigua a la suya, gozan de buena salud, con algunos achaques de andar por casa, mientras ella, aunque está acogida a uno de esos ERTES, mantiene la esperanza de incorporarse a su empresa. Por fortuna vive en la Comunidad de Madrid y a día de hoy el Impuesto de Sucesiones está exento en el 99 por ciento, o sea, de haber sido un sueño real tan solo hubiera pagado a Hacienda por la herencia de sus padres un total de 270 euros.
-Esta clase de sueños se me hace bola- dice. Sonríe pero advierte de lo que puede pasar si este gobierno consigue desarmar a la Ayuso obligándola a entregar sus armas de mujer y con ello el control fiscal de Madrid, con la excusa pueril de armonizar diferencias entre los diferentes Estatutos de Autonomía al considerar que la Comunidad de la capital de España ejerce una competencia fiscal desleal. Precisamente ahora que es cuando el Índice Autonómico de Competitividad Fiscal (IAFC) certifica que, en 2020, la región gobernada por Isabel Díaz Ayuso ha superado al País Vasco y se ha convertido en el territorio nacional con el sistema impositivo más competitivo. Sí, como lo oyen, Madrid a la cabeza mientras Cataluña está a la cola, por ejemplo. Cosas de la casualidad, dirán las fuentes oficiales, pero en realidad es la diferencia entre una política intervencionista y otra liberal.
A pesar de todo, Rufina no es de comer perdices, pero sabe que cuando la perdiz esconde el pico a no tardar llegará el fisco, salvo que Díaz Ayuso y los madrileños hagamos valer que se puede vivir mejor bajando impuestos. Y eso no es ningún sueño, ni tan siquiera un cuento. ¡Oh casualidad! España sube los impuestos mientras el resto de los países europeos los bajan con el propósito de rescatar sus economías, incentivar el consumo y frenar la crisis. Por lo demás, todo bien, gracias.