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TRIBUNA

Fundamental fallo lógico en las leyes sobre aborto y eutanasia

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
martes 29 de diciembre de 2020, 20:07h

Se cuenta de Unamuno que, paseando con unos amigos por los jardines del convento de San Esteban en Salamanca, se separó del grupo, metió la cabeza en un pozo que allí hay todavía, y gritó con todos sus pulmones ¡YOOO...........! Su voz, resonó en el brocal de piedra y pudo oírse en muchos metros a la redonda. -¿Por qué hace Vd. eso? Don Miguel, preguntó uno de los acompañantes.-Para recordarme a mí mismo, y a quien quiera escucharlo, que no ha habido antes de mí un Miguel de Unamuno, ni lo volverá a haber jamás.

Todos podemos decir lo mismo. Cada persona humana es única, nueva e irrepetible, en la historia universal. Esta idea se repite constantemente en la obra de nuestro mejor filósofo.

La consecuencia inmediata es la distinción en ética entre principios generales y casos concretos. Cada caso concreto es único, nuevo e irrepetible, en la historia universal. Ya Aristóteles observó que no puede haber ciencia sobre algo que no se repite más. En efecto, no hay ciencia ética de los casos concretos.

Sólo hay ciencia ética de los valores o principios generales. Los intuimos mediante la conciencia moral, que nos dice A es bueno. Y lo verificamos mediante la Regla de Oro. Si todos los humanos, todos sin excepción, hiciesen A, todos saldrían ganando y nadie perdiendo. Sea A la limpieza. Si todos sin excepción fuésemos limpios, todos ganaríamos y nadie perdería. El acuciante problema de la contaminación ambiental nos debiera ayudar a comprender mejor que nunca antes esta intuición del valor ético de la limpieza.

No obstante, para cada principio general puede encontrarse el caso concreto que lo contradice. La regla moral dice no matarás. Sin embargo, en legítima defensa un homicidio puede ser inculpable. La regla moral dice no robarás. Pero incluso Santo Tomás de Aquino admite que, antes de morir de hambre, se puede comer la fruta del huerto ajeno. La regla moral dice no mentirás. Pero un cirujano hace bien en mentir a su paciente, si sabe que pondría en riego su vida al decirle la verdad. Y así con todos los demás valores o principios generales éticos. Para todos ellos es fácil encontrar el caso concreto que lo contradice.

Esto basta para comprender que en ética no cabe deducir los principios generales a partir de casos concretos, o sea, por inducción. En física funciona la inducción, a pesar de que no se formaliza en lógica como una validez, sino como una consistencia. De suyo, la inducción no garantiza la certeza. Pero esta deficiencia lógica está compensada en física por la uniformidad de la naturaleza. Las mismas causas en las mismas condiciones producen siempre los mismos efectos. Así pues, en física tiene sentido llegar a principios generales a partir de casos concretos. Pero no en ética.

La inducción no es el método adecuado para conocer los valores o principios morales por un doble motivo. Primero, no se trata de una validez lógica, verdadera en todo mundo posible. Segundo, no hay uniformidad en la conducta humana. Ni siquiera la hay en la conducta de una misma persona a lo largo de su vida. Hay casos concretos para todos
los gustos. De ellos no deduciremos nunca nada, si queremos ser intelectualmente honrados. O bien deduciremos en falso todo lo que se nos antoje.

Aquí está el fundamental fallo contra la lógica elemental que se aprecia en las leyes permisivas de la eutanasia o el aborto. Se procede por inducción. Hay mucha demanda social, como se dice ahora. Como hay casos concretos -da igual si pocos o muchos- en que por sus precisas circunstancias el aborto o la eutanasia nos pueden parecer justificados, de ahí se llega a la inverosímil conclusión de que se puede matar en tales o cuales circunstancias. Los políticos y juristas que no saben lógica se han inventado la falaz expresión supuesto legal.

Digamos lo mismo de otra manera. Los legisladores nunca pueden establecer a priori que se pueda matar en ciertos supuestos. No pueden dar a nadie licencia para matar, o instaurar el derecho de alguien a matar. Sólo los jueces pueden decidir a posteriori que una persona es inculpable de haber matado en su caso concreto, habida cuenta de sus precisos detalles. Cada persona es única en la historia universal. Las circunstancias precisas de su acción no pueden conocerse ante factum por los legisladores, sino sólo post factum por los jueces.

Por lo mismo que no hay ciencia ética de los casos concretos, tampoco la hay jurídica. Los jueces no pueden acudir la jurisprudencia anterior como algo infalible, y aplicarla de modo automático. Aunque todos los detalles coincidiesen con el caso presente, el nuevo justiciable es único en la historia universal. Por tanto, los jueces no pueden dar sentencia con la misma seguridad con que un matemático acierta con la solución correcta a su problema. Los jueces han de tomar su decisión con su limitado saber y entender, siempre un poco a ciegas. Sin duda deben hacerlo, para que la sociedad funcione. Pero se comprende la necesidad de que su veredicto sea revisado por una justicia superior, que sólo Dios puede llevar a cabo. Sólo El posee ciencia ética de los casos concretos. Sólo El sabe hasta qué punto exacto una precisa acción humana fue buena y meritoria, o fue mala y culpable.

En conclusión, es una monstruosidad jurídica la idea misma de una ley que otorgue a priori o ante factum el derecho a matar en tales o cuales circunstancias. Eso se sitúa al nivel intelectual y moral de los nazis de Hitler, que creían tener derecho a exterminar a judíos, homosexuales, o personas con determinados defectos físicos o psíquicos.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial se usó peyorativamente la palabra eugenesia, para condenar esta aberración lógica de suponer que alguien tenga derecho a matar a otro. Ahora se quiere rehabilitar el siniestro concepto empleando en su lugar la engañosa expresión supuesto legal. Las palabras pueden cambiar, pero la realidad que denotan es la misma, no ha cambiado. Sólo se consigue seducir a los ignorantes, que por desgracia son la inmensa mayoría.

Conviene insistir en que la mentalidad de los actuales promotores de las leyes permisivas del aborto y la eutanasia es exactamente la misma que la de los nazis de Auschwitz y Bergen-Belsen. Dado que el judío es un ser nauseabundo y maloliente en el auténtico sentido de estos adjetivos, le encanta ensuciar y manchar a todo el que es superior a él, o no se arrodilla ante él.

Así empezaba un artículo aparecido en Au Pilori (A la picota) el 13 septiembre 1940 en París. Era un periódico editado por nazis franceses que cooperaban con la ocupación alemana. Basta substituir la palabra judío por las expresiones hijo no deseado o enfermo incurable, para caracterizar el pensamiento de los que en nuestros días se irrogan el derecho a matar a quienes ellos digan. En el fondo de todo ello encontramos la falacia de que en ética, o en la legislación de un parlamento, sea correcto derivar reglas generales, o aprobar leyes, a partir de casos concretos. La única pseudorazón para ello es la ley del más fuerte.

Aquí está el quid del fundamental fallo, que es lógico y jurídico a la vez, de todas las leyes permisivas del aborto y la eutanasia. No obligan a nadie en conciencia, lo mismo a los cobardes que agachan la cabeza, que a los valientes que plantan acara a la prepotencia de los que mandan. Se atribuye a Talleyrand la frase es peor que un crimen; es un error. Del aborto y la eutanasia, convertidos en legales gracias a una mayoría democrática, podríamos afirmar algo parecido. Son algo peor que crímenes; son falacias lógicas.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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