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ORIENT EXPRESS

Comunistas privilegiados

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 04 de abril de 2021, 19:41h

Se llamaba Gábor Péter y era uno de los tipos más odiados de toda Europa

Entre 1945 y 1952 ocupó un puesto clave en todo régimen comunista: la jefatura de la policía política. Nacido en 1906, no tenía ni cuarenta años cuando llegó a lo más alto del aparato de seguridad de represión de la Hungría comunista. El sillón de la siniestra AVO, el departamento de protección del Estado. En realidad, nuestro hombre apenas había trabajado en su vida; al menos, en algo honrado. Empezó como ayudante de sastrería, pero pronto descubrió que le iba mejor sirviendo como matón. Ingresó en prisión durante la dictadura de Horthy y, al salir en libertad, se fue a la URSS, donde comenzó a trabajar para el espionaje soviético. Entre otros, reclutó a la primera esposa de Kim Philby, Litzi Friedman. Al terminar la II Guerra Mundial, Moscú lo envió de regreso a Hungría para asegurar la sumisión de las organizaciones nacionales a la doctrina de Stalin.

En Budapest, Gábor Péter vivía a cuerpo de rey. Habitaba una villa en Rózsadom y mantenía con la agente del KGB Jolán Simon lo que Victor Sebestyen llama una “relación abierta”. Simon era, por cierto, la secretaria de Mátyás Rákosi, secretario general del Partido Comunista de Hungría y alumno aventado de Josef Stalin. Entre los dos -Rákosi y Péter- garantizaban a la URSS un dominio casi colonial sobre la Hungría de la posguerra.

Personajes como Gábor Péter no eran excepcionales. En todas las “democracias populares” la élite política gozaba de lujos y privilegios que el resto de ciudadanos no podían ni soñar. Todo partido comunista producía -incluso podría decirse que necesitaba- una clase privilegiada de burócratas, militares, “intelectuales” y altos cargos del partido. Milovan Djilas, el famoso disidente yugoslavo, los denominó “la nueva clase” en su libro homónimo de 1957. Ese mismo año lo juzgaron y lo encarcelaron. En la URSS esta élite política, funcionarial, militar y cultural recibía un nombre más críptico: la “nomenklatura”.

Todo sistema comunista tiene su “nomenklatura” y todo partido comunista la genera. Ya se trate de la Cuba castrista, la Venezuela de Hugo Chávez o de la hermética Corea del Norte, siempre hay círculos de privilegiados. Entre sí, funcionan como una clase social distinta del resto. Se emparejan entre sí, entre sí se reparten los recursos públicos y dirimen entre sí sus controversias de modo que los demás no puedan ascender. La “nomenklatura” sólo tiene puertas giratorias para sus miembros. Los demás sólo encontrarán puertas cerradas.

Así, la buena fortuna de Pablo Iglesias e Irene Montero, cuya carrera política ha ido pareja a su prosperidad económica, no es excepcional en formaciones políticas como la suya. La endogamia, los intereses económicos, las relaciones personales por encima de la meritocracia y la apelación a las masas como trampolín político son algunos de los mecanismos mediante los cuales ascienden y se mantienen en el poder pase lo que pase a sus bases políticas. Ningún sistema comunista necesita satisfacer a los ciudadanos. Basta que los empobrezca, los distraiga, los adoctrine y, si es preciso, los reprima. Las sucesivas purgas que se han dado en Podemos y en sus formaciones satélites han de analizarse en clave de luchas intestinas entre esa élite política que el populismo de izquierdas ha creado en España.

Por supuesto, los comunistas nunca perdían la ocasión de explotar el victimismo ni el llamamiento a las masas. Esa “nueva clase” de profesores universitarios, poetas, científicos, “artistas”, “activistas” y trepas de la política empleaban a las masas como coartada de sus privilegios. Todos ellos creían saber mejor que los demás lo que necesitaban “las clases populares”, “los barrios”, “los trabajadores”, “las mujeres” y todos esos colectivos que invocaban para seguir gozando de sus privilegios. Cuando Pablo Iglesias y sus seguidores visitan “los barrios” es inevitable recordar la “nomenklatura”.

Piénsenlo la próxima vez que los vean hacer campaña entre “la gente”.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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