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Ayer se fue

Jordi Canal
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jcanalelimparciales/7/1/7/19
lunes 08 de septiembre de 2008, 21:23h
Siempre me sorprende, visitando otros países, la relación que en ellos se establece con la bandera nacional, tan distinta de la nuestra. Me ha vuelto a ocurrir durante las dos semanas que he pasado en Buenos Aires y me llama de nuevo la atención ahora, en Chile, que se encuentra en pleno mes de fiestas de la independencia. Lo mismo podría decirse, en cualquier caso, de otros lugares, como Francia, Estados Unidos, México o Italia. La bandera es para los ciudadanos algo normal y, a la vez, extraordinario; un signo de orgullo y de identificación. No solamente preside edificios oficiales y emblemáticos, sino que es exhibida de manera variopinta por la gente.

En España las cosas siguen siendo algo diferentes. Dejemos a un lado las enfermizas “guerras de banderas” que se han vivido y se siguen viviendo, sobre todo en el País Vasco y a veces en Cataluña (la incompatibilidad de las banderas es tan artificial como la de identidades o adhesiones). Aquí me interesa comentar otra cuestión: la de la identificación, aún parcialmente persistente, entre bandera y pasado franquista. Todavía, en sectores de la izquierda y en los nacionalismos periféricos, la bandera española es un símbolo de la extinta dictadura. Cierto es que el franquismo usó y abusó de la bandera y otros signos nacionales, pero eso ha ocurrido casi siempre en los regímenes autoritarios. Cedérselos eternamente resulta, no obstante, una intolerable renuncia. Pienso que las celebraciones que tuvieron lugar cuando la selección española de fútbol se convirtió en campeona de Europa, en 2008, constituyeron un indicio del abandono definitivo de este lastre. Más de tres décadas se han necesitado para la “transición”.

Seguir obstinándose en pensar el presente de este país en función del pasado franquista resulta una pesada carga. El franquismo es, ahora, afortunadamente, historia. “Hoy es hoy y ayer se fue, no hay duda”, como escribiera el poeta Pablo Neruda. A principios del siglo XXI, los restos del franquismo y los supuestos neofranquismos no se encuentran en la sociedad española real, sino en las cabezas de los que se resisten a pensar sin ataduras ni prejuicios. La comodidad del antifranquismo sin franquismo que algunos cultivan y explotan –y otros aceptan sin rechistar- no es más que un signo de falta de ideas y propuestas y, por encima de todo, de perversa pereza mental.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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