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DESDE ULTRAMAR

V centenario de la Conquista de Mexico-Tenochtitlan

Marcos Marín Amezcua
jueves 12 de agosto de 2021, 20:20h

Pues a tirones y empujones llegamos a este V centenario, uno de los cúlmenes iniciados en los años ochenta en torno a rememorar la epopeya americana engarzando efemérides alusivas de distinto calibre. El sangriento episodio fue mayúsculo y evocado a los largo de los siglos. Tuvo repercusiones mundiales y definió la mexicanidad. Hace una década el Museo Nacional de Antropología e Historia, enclavado en el milenario Bosque de Chapultepec en la Ciudad de México, montó una concisa y enriquecedora expo temporal aludiendo a que faltaba una década para tan señalada fecha y hela aquí. Puntual e ineludible.

Medio milenio ya de la capitulación de la ciudad sagrada del Imperio mexica, que abrió las puertas de estas latitudes a Occidente, con su bagaje de choque, saqueo, intercambio, comienzos, trasvases, aporte, imposiciones, renacimiento y mestizaje. Todo junto. Tanto como para que la mexicanidad auténtica resultante ni intente ser excluyente, purista o siquiera extirpar la herencia indígena o española. Y las que se añadan. Quien reclame pureza de raza o cultura –amerindia o europea– corre el riesgo de excluirse en vez de sumar. Peor para sí. De cualquier manera está usted ante un resultado innegable: México el país más indigenista y más hispanista de América. Y lo es de siempre, no de forma coyuntural.

Ahora, el hecho es histórico, pero está vivo. Cuando Hernán Cortés, sus huestes y sus aliados tlaxcaltecas y de otras tribus, conquistaron la orgullosa metrópolis mexica, sitiada después de 80 días y que el extremeño hubiera deseado no arrasar pero no sus aliados, se emprendió un nuevo capítulo en la historia de estas tierras. Ya nada sería igual y en efecto, la abatida urbe lacustre fue reedificada a la usanza española mas no perdió su memoria, aunque fuera sepultada bajo la nueva Ciudad de México que Carlos V timbrara con el egregio título de la Muy Noble y Leal, Insigne e Imperial. Loor y enaltecimiento, pues lo imperial como la mayestática Toledo, no negaba su otrora capitalidad mexica y sus imborrables rango y abolengo imperial. Que nadie lo olvide ni lo desestime.

Cortés necesitó de los adversarios indígenas para rendirla, solo así consiguiéndolo y no solo con sus mitificados 400 hombres. La expugnación de aquella mítica metrópoli no supuso el sometimiento automático de todo el actual territorio mexicano, más lo inició, acelerándolo en su parte central, muchas veces por acuerdo a conveniencia con determinadas regiones. A España le costó tres siglos domeñarlo y aun así, con extensiones intocadas o apenas rozadas al perderlo. El de Medellín las denominó pomposamente Nueva España para congraciarse con el Emperador, arrebatándole a otras porciones del naciente Imperio español tal nomenclatura, debiendo las demás conformarse con utilizar otros nombres por la adelantada osadía del extremeño. Tierras que fueron con el Perú, las más aportadoras de riquezas a la Corona española y que fue el virreinato más estructurado de los cuatro americanos. Y más que Cuba, por mucho que la Gran Antilla figure en un sitio muy especial en el actual imaginario español. Por eso este V centenario es y debería de ser pensado conjuntamente por España y México.

El mérito de Cortés consistió en ser un eficaz estratega. Abrió el mestizaje multitudinario, pese a discursos actuales de resistencia trocando la palabra “conquista”, minimizándola o atribuyéndola más a los locales. Hacerlo así es un arma de doble filo, pues desdibuja a Cortés y lo exculpa en lo que toque. También eso lo desmitifica. Pero tal conquista es un hecho histórico consagrado. La resistencia cabe, si por tal se entiende que sobrevivieron usos y costumbres que en algo repelen lo hispano, las lengua autóctonas y otras expresiones culturales, muchas veces sumergidas en sincretismo que impide saber su grado de autenticidad netamente indígena, cosa harto difícil de determinar las más de las veces. Porque así es México de complejo y multicultural, que no quepa duda. La conquista de estas tierras tuvo un largo aliento, muchas etapas sobrepuestas. El suceso de 1521 significa la aplastante incorporación al capitalismo moderno.

La ambivalencia cultural mexicana como eje discursivo debiera de reconocer sus ingredientes al son de la conquista española emprendida desde el siglo XVI. Es un hecho real, un arduo y vasto mestizaje de mestizos, puesto que los peninsulares ibéricos ya eran en sí una mixtura de culturas –romanos, árabes, celtas, judíos, visigodos, dejando todos esos grupos humanos algo de sí en ellos– y se mezclaron con pueblos diversos en el Nuevo Mundo –mexicas, mayas, purépechas, otomíes– que tampoco eran una sola agrupación local. El mexicano es en general, la suma de muchos mestizajes. En esa vorágine de ideas y pueblos superpuestos y entremezclados se fragua y enriquece la identidad mexicana.

Pues bien, aunque la pandemia lo ha minimizado como a tantos acontecimientos y conmemoraciones de los últimos 15 meses, este V centenario tiene dos bemoles que merecen destacarse. Uno: la carta no respondida que el presidente López Obrador envió al rey Felipe VI (2019) pidiendo del monarca una disculpa por los excesos cometidos por los peninsulares del siglo XVI aquí, aclarando que en tal no conlleva pedir dinero como reparación del daño. Por la otra, la exaltación de una Leyenda Rosa contestataria –inclusive, previa a esa misiva– bastante deshilachada aludiendo a que se trajo civilización al continente americano carente de ella, tal parece y como sin aporte de la contraparte, encubriendo así los desmanes propios que también aquel proceso acarreó, pero sobre todo destaco el tono quejicas desde estudiosos del siglo XXI que se sienten incomprensiblemente aludidos en la mención de españoles del siglo XVI, desmarcándose de tales a la defensiva; justo lo mismo que reclaman a mexicanos que asumen similar faceta postura respecto a los protagonistas de aquella centuria. Más contradicción argumentativa mutua, resulta imposible. Sobraba la carta como no sobraba un reconocimiento al pasado imperial de España con todas sus luces y sus sombras. Todas. En aras de conocernos mejor, todos, y no en un tono de mea culpa porque sobra aquejarse en vez de entablar un debate serio y científico de altura, sin apasionamientos de ida y vuelta. Desechando leyendas negras y leyendas rosas que entorpecen un acercamiento ecuánime a los hechos. Hacerlo sería un esfuerzo encomiable, comedido, franco, recontando y relatando mejor lo acaecido hace cinco centurias. Sin hispanofobias ni hispanofilias. Neutro.

Sostengo que sobran esos desvaríos y que no estaría mal un revisionismo en ambas historiografías, maduro y contundente, sin aspavientos. Si es que prima el esfuerzo de entendimiento y conocimiento profundos. La buena fe. Acaso sea mucho pedir a ambas partes. Podríamos escudriñar si la Conquista fue en ambos sentidos. La cultural, sobre todo. Después de todo, los ecos del pasado están vivos y más que vivos en México, donde las piedras y los rostros dicen mucho de una vivencia ancestral vital, vigente. España y México merecen reconocerse en su pasado común. Eso fortalece. Leyendas negras y leyendas rosas en nada ayudan a conseguirlo. La idealización del mundo precolombino o de la Conquista española en su complejo proceso dañan el bien hacer de científicos historiadores serios.

La Leyenda Negra es sabida. En cambio, de la Rosa se habla menos. Refiramos un caso que nos recuerda por lo tanto, un debate no cerrado: una postura defensiva recurrente desde España ante menciones negativas de la Conquista, implica aseverar: “pero la Corona dictó leyes protectoras de los indios”. Respuesta: en efecto y salvando a las élites indígenas, matrimoniadas con los conquistadores (nadie los deja de llamar así) aquellas normas privaban de la tierra al indígena de a pie y lo dotaba de limitadísimos derechos. Y ya no hablemos de cómo los peninsulares in situ aplicaron de mal tales leyes en Indias. Sin duda, el encontronazo de perspectivas es palpable y sería positivo darle seguimiento al tema yendo a América o siquiera interesarse de qué sucedió luego de dictadas.

Termino. Para este V centenario, un colofón: la caída de la capital mexica cimbró los cimientos del Cielo, pues así la catalogaban sus moradores, trascendiendo también la máxima que reza: “En tanto que permanezca el mundo, no acabará, no perecerá la fama y la gloria de Mexico-Tenochtitlan” (Memoriales de Culhuacán). Esta entrega es una muestra palmaria de ello. Es cuanto.

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