El cielo, me preguntas mirándome a los ojos, eres tú. Desde luego, no es la prolongación de esta vida, esta vida se acaba en lo que fue. Los manuales de teología escolástica hablaban de cuatro postrimerías: muerte, juicio, infierno, y gloria. Ahora bien, postrimerías no lo son ni la muerte, que pertenece a esta vida, ni el juicio de Dios, que también se refiere a esta vida. Únicamente comienza lo postrimero cuando aparece una realidad de todo punto nueva, ya sean el cielo o/y el infierno.
El infierno, en cuanto reverso del cielo, y por su fuerza punitiva, resulta inimaginable, pues no hay quien soporte sus llamas, ni cuerpo que lo resista; ningún mineral, ni vegetal, ni animal, ni humano, podría con tanto poder de desintegración. Los miedos al infierno son patologías histéricas que se han llevado de este mundo entre el crujir de sus dientes, dies irae, dies illa, a muchos seres humanos. Es la imaginación, la loca de la casa, la que posee la llave “con la cual cierra, con la cual abre cuando es su gusto”, conforme al lamento de la mujer del molinero en la canción medieval.
El infierno no es un lugar pues, cuando uno ya no soporta una tortura, se desvanece; las calderas de aceite hirviente de Pedro Botero y sus diablillos rabicornudos y con tridentes se parecen más a una corrida de toros con oreja, rabo y pata. También me recuerdan a los trenecillos de feria, de entre los cuales saltaba en plena oscuridad alguien para golpearnos con su escoba y su disfraz de esqueleto fosforescente.
Con todo esto no estoy de ninguna manera negando, ni siquiera cuestionando, la existencia del infierno como realidad potestativa para quien haya elegido el mal, es decir, lo infernal, pero ni es imaginable, ni es defendible en su forma óntica, positiva. El infierno es “positivamente” la negatividad absoluta.
Aunque los humanos nos manejamos mejor con el ser que con la nada, negación del ser, sólo nos queda ensayar las postrimerías por la vía negativa. El no-ser se encuentra contaminado por el ser-no, por eso el islámico paraíso de las huríes, me parece tan mundano como las decenas de infiernos budistas, cuya evitación consistiría en desaparecer, porque ser es sufrir. El sí-paraíso del no-ser budista sería un argumentario inane sin la presencia en él de las fuerzas del sí; vivir el “aunque no hubiera cielo yo te amara, aunque no hubiera infierno te temiera”, constituiría la magra refutación del budismo.
Por su parte el cielo no es fable, no hay fabla sobre lo inefable, porque nadie, excepto los emperadores japoneses al parecer, ha subido a él por ninguna escalera aurea para describírnoslo; ni siquiera se enteraron bien de lo que decían haber visto porque se aliaron con los nazis en la segunda Guerra mundial. ¿Y qué decir del ridículo de la física cuando, gracias a la chatarra de sus telescopios –tras la estela de los astronautas rusos en su primer vuelo a la luna-, afirman que el cielo no existe, sino tan sólo los cielos cercanos? Como La Divina comedia de Dante llena de dependencias aristotélicas en la transición del pensamiento medieval al renacentista, reduce su Cielo a una prolongación del motor inmóvil. Y esto por no hablar del Paraíso en la tierra marxista, o de las deidades cratofánicas, cuya mejor parte es la humana y su peor la divina.
Aunque rememos mucho, el horizonte del cielo o paraíso se traslada con nosotros; nunca llegaremos a romper nuestro envoltorio, ni superaremos las metamorfosis del huevo, gusano, larva, pupa o capullo, y mariposa y, en el caso del ser humano, del espermatozoide al capullo para volver al capullo, que es nuestra afición básica desde Adán y Eva dentro incluso del Edén.
El Paraíso es para mí el misterio del amor invisible del Dios Padre, del amor visible de su hijo Jesucristo, y de su recíproco amor derramado en los corazones de todas las gentes abiertas favorablemente al tú. Hablo, obviamente sin despreciar a nadie, del Dios cristiano, que incluso aloja dentro de sí a todos los otros dioses amorosos de todas las demás religiones. Lejos de mí, pues, un paraíso producto del diálogo interreligioso donde cada dialogante busca la eliminación del Dios de los otros lanzando flores al catafalco del verbalizado en común. No tengo ni idea de qué hará Dios con nosotros en lo que torpemente se denomina más allá, pero me pongo en sus manos crucificadas y en sus pies amartillados. Cielo y tierra pasarán, mas tu palabra no pasará. Y venga lo que venga.