Fiesta de farsantes, de José Luis Alonso de Santos
Director de escena: Daniel Alonso
Intérpretes: Jorge Cremades, Carolina Rubio, Kevin de la Rosa, Silvana Navas, Eduardo Tovar, Guillermo Calero, Pepe Sevilla, Pablo Gallego Boutou y Elena de las Nieves
Lugar de representación: Teatros del Canal (Madrid). Gira por España
Con Fiesta de farsantes, José Luis Alonso de Santos recupera con extraordinaria brillantez el primitivo y agudo humor de los célebres Pasos de Lope de Rueda -y también las lacras y los diagnósticos morales que en ellos se recalcan-, para mostrárnoslos con plena vigencia en el siglo XXI, tanto en su intención crítica como en su alegría e hilaridad originales. Carcajada tras carcajada, la denuncia atraviesa varios siglos para conectarla con el mundo actual y señalar, a través de la risa, las indecencias que perviven a lo largo de los tiempos. Para establecer este creativo diálogo con el inventor renacentista de la comedia española, Alonso de Santos explora cómo aquellos desternillantes Pasos interpelan a la vida contemporánea y la réplica que puede darse desde el hoy a esa demanda. La admirable puesta en escena de Fiesta de farsantes es el resultado de ese fructífero coloquio entre épocas.
Con el propósito de extraer de él su máximo provecho, el autor de La estanquera de Vallecas ha realizado una muy meditada selección de los Pasos y una no menos intencionada ordenación de los mismos, insertando, a su vez, en esa secuencia una visión cómica de la existencia inconfundible en el universo teatral de Alonso de Santos, originando sorprendentes mutaciones sobre los textos originales. La oportunidad de enlazar una pieza corta con la siguiente, e ir subsumiéndolas todas en un mismo y único espectáculo, ya se la ofrece la técnica de Lope de Rueda, pues no en vano su primer editor y amigo Juan Timoneda detectó de qué modo en sus comedias se insertaban frecuentes piezas autónomas, haciendo que un personaje declarase un problema en un monólogo cuyas consecuencias desencadenaban una acción rápida y de fulgurante comicidad, para proseguir después con la acción principal del drama. Por ello Timoneda extrajo estas pequeñas piezas de las obras mayores, convirtiéndolas en nuevos Pasos. Del mismo modo, los protagonistas de los Pasos con asiduidad deben fingir ser otros, o inventarse una historia falsa, lo que les obliga a hacer una representación dentro de la representación, de forma que una pieza se construya a costa de otra simulada, al modo de las famosas muñecas rusas que esconden otras en su interior, haciendo que la ficción escénica incorpore dentro de sí otra invención igualmente engañosa. De ahí surgen los “farsantes” mencionados en el título del espectáculo.
Temas y recursos mostrados ya en el primer Paso seleccionado para este montaje, titulado originalmente con el nombre de sus protagonistas: “Paso del médico simple y Coladilla paje, y el doctor Valverde”, retitulado ahora por su tema: “El médico fingido”. Dado que el doctor Valverde debe ausentarse de su casa, sus criados Coladilla y Monserrate deciden pasar consulta por su cuenta, siendo su primera víctima una panadera que acude en busca de un remedio para su madre enferma, a cambio de un suculento pan. Aquí da comienzo la ficción dentro de la ficción, pues Coladilla, al modo del clásico payaso listo, instruye cómo ha de proceder Monserrate, rematadamente obtuso y zafio, para aparentar ser un doctor. Y en el pecado lleva la penitencia, pues la primera enseñanza consiste en ilustrarle cómo debe mostrar autoridad. Las primeras carcajadas de los espectadores no se las causa, en realidad, la demente incompetencia de los criados, sino más bien la veloz facilidad con la que un rudo cernícalo aprende a ejercer el poder con el despotismo más arbitrario sobre su compañero más inteligente. Tenderse, levantarse, salir y entrar a un mismo tiempo, remover con la mano el gran tarro de orines que trae la panadera, sin dejar en ningún momento de insultarle y ultrajarle.. Aquí se apuntan ya con claridad las lacras compartidas entre el pasado y el presente. ¿O nadie tiene tiene en su memoria algún ejemplo de alguien embargado por un espíritu autoritario, que disfruta con someter a órdenes gratuitas y reprimendas ofensivas a un subordinado suyo mejor preparado que él? ¿Ninguno de nosotros recuerda el caso de un aspirante a autócrata de estas características que antes de obtener el mando –por el método que sea-, parecía una persona humilde y respetuosa? La risa señala el mal, de ayer y de hoy, indicando a su vez, con el ridículo, la respuesta moral que merece.

Resulta obvio que la carcajada no prende jamás en el auditorio sin el trabajo gestual de los intérpretes, sincronizados entre sí con una precisión de cronómetro, pues cualquier descuido en el ritmo o la coordinación resulta siempre venenoso contra la risa. La exactitud de mecanismo de relojería es orquestada con mano maestra por el joven director de escena Daniel Alonso, ya fogueado como actor de comedias del Siglo de Oro en la Joven de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. La fuerza humorística del Paso se alimenta, asimismo, con la extraordinaria vis cómica de Carolina Rubio, el compás frenético de Kevin de la Rosa y la irresistible comicidad explosiva de Eduardo Tovar, quien viene triunfando en los últimos años con comedias clásicas de la Compañía Morboria, protagonizando con un histrionismo de la mejor ley la quinta pieza de este montaje: “Escuela de ladrones”. José Luis Alonso de Santos no ha querido que esta escena desemboque en el desenlace luctuoso de la pieza original, consecuencia de la cerril ignorancia de estos criados entrometidos en la profesión médica -a fin de cuentas, les impulsa el hambre-, dándole otro final más festivo y sarcástico en relación con los colofones más previsibles en las comedias tradicionales.
Mayor intrusión hace el autor en el siguiente Paso que Leandro Fernández de Moratín bautizó con un título rotundo y definitivo: “Cornudo y contento”. Martín busca un facultativo, pero ahora Alonso de Santos le hace considerar que, siendo tan bruto como es, también le puede valer un veterinario. Aquí quien arma la comedia dentro de la comedia es su esposa Bárbara, quien finge estar enferma para acoger en su casa a su amante, que entra en calidad de “primo” don Jerónimo, quien le aminora sus imaginarios dolores metiéndose con ella en la cama. Compadecido, el esposo, Martín, no deja de ir de continuo a la botica, mandado por su mujer, para adquirir remedios que la sanen. Jerónimo, ducho en latines, le razona que si no recuerda cómo en la boda el sacerdote les dijo que “ya estaban unidos en una misma carne”. Verdad incontrovertible por la cual Martín se traga todas las purgas prescritas para su esposa, pues el efecto que le hacen a él le hará por igual a la misma carne de su cónyuge, de modo que este se pasa las noches en la letrina mientras la sufrida Bárbara se amanceba con don Jerónimo en la alcoba. En su comentario elogioso a la obra, Moratín concluía, no obstante, con cierta reticencia, al sentenciar sobre ella: “Argumento cómico, buena prosa, perniciosa moral”. Algo similar debe pensar el autor de La cena de los generales, pues en esta Fiesta de los farsantes, la boticaria ya no vuelve a prescribir a Martín otra purga que ingerida en sus tripas, sane a la embustera, sino que ahora le receta por el contrario…. ¡un descomunal garrote con el que Martín vuelve a casa! El cambio de medicina produce un resultado curativo bien distinto al que imaginó Lope de Rueda. Si bien, en todas las ocasiones, al final de cada Paso, los actores cantan al público con melodías de hoy las verdades eternas que extraer de las sucesivas historias, aquí el autor, con la estaca de Martín, subraya su opinión sobre qué medicina resulta más efectiva para recobrar la salud.
La secuencia prosigue con “El mal de ojo”, adaptación de “El ensalmo”, que Lope de Rueda había insertado en su comedia Armelina, y acto continúo con una reelaboración tan insólita como hilarante del Paso que Moratín nombró como “La tierra de Jauja”. Llegados a este punto, la selección, ordenación y hábiles revisiones de los Pasos revelan un propósito común que avanza como hilo conductor del montaje. En todos ellos, ciudadanos desamparados a quienes les aqueja un mal perentorio, acuden a alguien que les dé una solución maravillosa y repentina. Y siempre encuentran a un impostor –más bien varios impostores cómplices-, dispuesto a embaucarles con una farsa a través de la cual estafarles, aprovechado su padecimiento, su credulidad y sus cortas luces. El autor los ha escalonado de forma descendente: médico, suplantado por un falso doctor -o “mier.dico”, como se autodenomina el propio protagonista-, después veterinario o boticaria, finalmente la bruja de "El mal de ojo". A ella, Guadalupe acude aquejado con un mal y el remedio del conjuro se lo soluciona, pero a costa de causar un mal mayor. Promesas simples y fáciles, y remedios delirantes que ocultan una sencilla estafa. ¿Nos suena esto, a los espectadores de hoy, a algo conocido, ahora de modo preferente a través de los medios de comunicación?

Con “El casamiento engañoso” se alcanza una auténtica apoteosis de todo este planteamiento. El esquema general proviene del Paso “La tierra de Jauja”. En la pieza original, el labrador llamado, no sin motivos, Mendrugo lleva una cazuela con comida para su esposa. En el camino, dos espabilados traban conversación con él para explicarle las maravillas que encontrará en la fantástica “Tierra de Jauja”, donde proliferan prodigios sin fin. Fluyen ríos de leche y miel, los troncos de los árboles son de tocino, los puentes de mantequilla y los pasteles y manjares más deliciosos se hallan gratis a la vuelta de cualquier esquina. Y mientras Mendrugo se emboba imaginando tantísimos beneficios sin hacer ningún esfuerzo, los farsantes van metiendo la mano en la cazuela hasta dejarla limpia. José Luis Alonso de Santos nos sorprende cambiando ese cebo del "País de Jauja" por otro señuelo mucho más carnal, con el que se multiplica la comicidad de la pieza. En ella, Jorge Cremades en el papel de Mendrugo, encarna a uno de los majaderos más simples, silenciosos y descacharrantes que hayan pisado los escenarios. Se confirma la sospecha inicial: el mundo es un tablado donde los farsantes más avispados se dedican a beneficiarse a costa de los más bobos e incautos.
Alguien ha dejado caer que en el espectáculo se hacen “guiños” a la actualidad. ¿Guiños? ¿Cómo que guiños? En absoluto el autor nos pica el ojo o nos hace simples visajes cómplices. ¡Habría que estar muy ciego para no darnos cuenta de que estamos en la plena realidad del presente! ¿O es que hoy hay algún miembro entre el público al que no le hayan vendido el País de Jauja que está a punto de arribar, si se le hace caso al charlatán de turno, mientras mete mano en nuestra... llámase cazuela, bolsillo, factura, o cualquier otra denominación que venga al caso? ¿O es que no nos prometen un día sí y otro también que muy pronto, a la vuelta de la esquina, seremos todos más ricos trabajando menos? ¿Qué cuánto menor esfuerzo hagamos, más crecerán, mágicamente, nuestros bienes? A más reducidas jornadas de brega, más maravillas en el "País de Jauja". Si se tiene, obvio, ese secreto ensalmo que el farsante de turno esconce por el bien de todos.
¿Nadie ha constatado cómo ante evidentes males, han intervenido supuestos especialistas con soluciones donde el remedio era infinitamente peor que la enfermedad? Abramos la prensa del día, nos encontramos con noticias recurrentes, por ejemplo la continua alza del precio de la luz. ¿Pero alguien ha escuchado un diagnóstico o una solución que no se parezca al galimatías del conjuro de una hechicera o un chamán? Pues estamos en el Paso de “El mal de ojo”, es decir, en la más rabiosa actualidad. Lo más triste es pensar quién ejerce ahora mismo, en esta premaravillosa sociedad, el papel de Mendrugo.
Con el fin de conjurar ese amago de tristeza, José Luis Alonso de Santos ha creado un Paso nuevo, de su propia cosecha aunque repleto de ecos de la literatura dramática más popular. Se trata de un taller para corruptos, timadores y mangantes titulado: ”Escuela de ladrones”, donde Eduardo Tovar, como exultante preceptor, brilla con la hilaridad más explosiva. Implica al público, haciéndole recitar el célebre refrán: “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Con lo que no sabemos a ciencia cierta si estamos ante un acto de justicia, o muy al contrario, ante un espíritu de estafa instalado en un ámbito colectivo. Las carcajadas aumentan al mismo tiempo que las desdichas de estos singulares maleantes. Pues se trata de chorizos incompetentes, ya que a pesar de su excelente predisposición como saqueadores, no logran robar nada. De modo que el taller se va transformando en el más jocoso grupo de autoayuda y superación para malhechores ineptos.

Con esta feliz invención, a José Luis Alonso de Santos no le queda más que rendir homenaje al Paso de Lope de Rueda considerado el punto de origen de nuestra comedia: “Las aceitunas”, e idear un final donde se da una alegre mezcla del Paso “Pagar y no pagar” con el desenlace de la obra del autor sevillano Medora, a lo que se suman unos inocentes enamorados, muy peculiares de su propio universo creativo. Los actores cantan, bailan, nos embelesan y nos tronchan de risa. Todo con la intención de lograr que los males no originen desesperanza o pesimismo, pues aquí las hilarantes carcajadas son ya una toma de conciencia, que es siempre el primer escalón -o debería serlo- para afrontar un auténtico remedio.
Contaba taciturno Leandro Fernández de Moratín cómo la gloria de Lope de Rueda fue tal que, tras los elogios de Cervantes y los aplausos multitudinarios, consiguió a su muerte romper los prejuicios contra los actores al lograr que el Cabildo de la catedral de Córdoba decidiese enterrarle en su nave principal, entre los dos coros. Pero, como podía temerse, esa estimación tenía los días contados, pues “la posteridad, más injusta, ha dejado perecer y olvidar el depósito de sus cenizas, que ocupan ya desconocido y común sepulcro”, se lamenta Moratín. Pues bien, cada vez que suben a escena sus Pasos, esos despojos cobran vida. Con Fiesta de farsantes, José Luis Alonso de Santos nos trae esas extraviadas cenizas de Lope de Rueda, les da cuerpo, las eleva, las hace danzar, entonar tonadillas, modular disparates colmados de grandes verdades y presentarle a un público de una era tecnológica y científica, donde el afán y el engaño por conseguir panes y cazuelas simplemente adopta ahora nuevas apariencias que solo encubren los resortes del fraude de siempre.