Dante, Dante Alighieri ha cumplido siete siglos de su fallecimiento. Es la referencia obligada de la lengua italiana, el exiliado florentino que brilló con sus letras bajo tal condición y cuyo nombre ostenta la Sociedad homónima difusora de su idioma evolucionado y de la cultura que lo soporta. Puede ser menos o tan famoso como su obra cumbre La Divina Comedia y ello ha sido motivo suficiente para aludirlo, no obstante que su aniversario luctuoso la refiere más a ella que a él y a ella nos aprestamos a evocarla, so pretexto de este séptimo centenario. Sí, a La Comedia a secas, como algunos la nombran. He visto un magnífico logotipo alusivo a las centurias transcurridas que es verdaderamente de rica y elegante hechura, como suele ser lo italiano. Contundente y descriptivo del suceso y del susodicho personaje, tan rotundo y elocuente como él. Traza su quintaesencia con un 700.
Siempre me ha significado que puede seguírsele a tal opus como Comedia y quedar servido. Me acerqué a ella a los 13 años por la mera curiosidad de conocer a todos los enlistados que colocó en el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, después de oírla mentar en mi clase de español. Pedí un ejemplar a una vecina cuyo librero guardaba verdaderos tesoros y de los cuales me quedó alguno el día en que se mudó de casa. Otros, como el tesoro de Tutankamón, se me fue. Comprenderá usted que era mucho pedírselo cuando ya me obsequiaba otro texto de órdago. El libro prestado era para adultos, no una versión edulcorada, resumida o tijereteada “para niños” con las evocadoras y excelsas ilustraciones de Doré. ¿Qué no ilustró magistralmente el grabador francés? y leyéndolo comprendí desilusionado que me desconocía a la gran mayoría de los catalogados. Claro, también saltan nombres famosos entre sus persuasivos renglones, empero otros pareciera que se limitan a ser del alcance y entendimiento del afamado autor y de los estudiosos a fondo de su ingente disquisición; que sus razones tendría para colocar a cada cual donde lo ubicó. Y algo está claro: su flamígera pluma no dejó títere con cabeza, facundo conocedor de todos. Y no pergeñó, testificó lo palmario.
Sí, amén de la distribución que hace del Hades, de la consumada descripción del momento supremo en que se produjo el descenso de Cristo a los infiernos –que por supuesto develaba en estruendosa narración su conocimiento pormenorizado no solo de la historia sacra, sino del dogma y derrochaba propensión a externar la fe de manera sublime, considero– Dante pone sonido a su creación desplegando erudición y sobrentendimiento encomiables. Calaba en mi ánimo, me despertaba un interés mayúsculo al paso de las páginas, porque algo posee La Comedia: una composición que atrapa y te envuelve, así tuviera yo 13 años y sin duda que me habré dejado tantas cosas por percibir, reflexionar o asimilar, que no se crea usted que era yo una persona superdotaba ni mucho menos, para hincar los codos leyéndola y como para enfrentarme solicito a ese magno envite. ¿Un ológrafo en sí mismo? Tal vez. Ya le expresé porqué la leí asiduamente.
Dante, personificado las más de las veces con su lauréola, hierático al tiempo que humano –y por ende, con sensibilidad y, acaso, con compunción– evocado con su adjetivado nombre (dantesco) que es adecuado y puntual por la soltura de sus descripciones del orco; y siendo un protagonista blasón inspirando a tantos, como a Miguel Ángel ante la Capilla Sixtina –no cabe duda de que está bosquejado su reconocible perfil– siempre fue mencionado su nombre, sobreviviente hasta la actualidad, que todavía es capaz de atraerlo la memoria infundiendo los más diversos sentimientos al repasar su deslumbrante realización, de tal suerte que resulta ser tan vigente como sugestivo. Eso no lo consigue cualquier literato ni cualquier escrito por muy elogiado o reconocido u opugnado que lo sea, alcanzando a traspasar los siglos y a continuar despertando la admiración por su originalidad, riqueza y expectante narrativa; y a él como su destinatario actuando en primera persona. Es él quien se coloca en su poema épico invitando a mirarlo palmo a palmo con ánimo huroneo y sin demeritarle su cierto cariz religioso.
Acaso obedezca el peculiar sabor de su composición al sentido bucólico que en mi opinión le imprime Doré, o acaso es que tal embocadura la posee de suyo con solo imaginar detalladamente lo bosquejado, alejándonos así de columbrar cada panorama planteado; y ayuda a atraparlo el que a diferencia de otros trabajos del renombrado ilustrador galo, su dantismo va plasmado en láminas que compaginan y calzan perfectamente y de manera insuperable con el sentimiento prodigado por Dante en cada apartado de su multicitada relación de eminencia superlativa. Son aquellas su banda sonora sabiendo respetar portentosamente cada escena. Porque es verdad que tales estampas provocan nuestra cambiante sensación sobre cada paraje, de uno a otro, del enaltecido testimonio supuestamente concluido por Dante poco antes de fallecer. Soberbio. Pero a mí el Paraíso sí me pareció soso en la forma descrita y no me subyugaba con el mismo fervor atendiendo al Infierno, aunque el poeta se esmeró en glorificar al Paraíso tanto como detalló al otro, acaso sabiéndose bajo la mirada cancerbera de la Iglesia.
Dante ya desvela podredumbre y putrefacción de esta vida en sus ensortijadas líneas. ¿Acaso es una denuncia? Nada nuevo bajo el sol, después de todo. No es que extasíe que sitúe en el Infierno a varios romanos pontífices por causas diversas que habrían motivado su atrevimiento no exento de prístina sensatez ribeteada de sagacidad. Envilecimientos aparte, cierto es que la efemérides ha propiciado recordar que los Papas han cobijado a Dante. Sobre todo prohijándolo en la última centuria. Nada menos que el papa Francisco lo ha hecho de nuevo el 25 de marzo de este año al publicar Candor lucis aeternae exaltando que el citado relato dantista remarca un camino de cambio y reconversión siempre posibles.
Así como reparo en la sapiencia de Dante, que igual atrae a sí a Virgilio que transita por cada estado del más allá sin impedimento y contemplándolos como espectador –finalmente, nunca sabremos dónde yace su alma– conduce a estudiarlo, a valorarlo, a reinterpretarlo si se desea, porque siempre está ahí, incólume como su Comedia, aguardándonos inmarcesible e inmutable igual que a sí mismo se dibuja en su singularísima narrativa, como si hubiera sido consciente de que trascendería y siete siglos después persistiríamos admirando su forma de manuscribir, su manera de introducir mensajes y su estilo para abordar los grados de la atormentada existencia humana que delineó reflejada en distintos niveles y desdoblamientos. Mas no deja de ser un prohombre extraño, excepcional, que incita a hurgar y a ponderarlo al tiempo que comparece ante nos con un semblante acucioso, impávido y que aunque no del todo imperturbable, retiene una sosegada ¿impasibilidad? aun ante los esperpénticos escenarios y aturdidores encuentros con que se topa en su atípico y proverbial itinerario de tripartita singladura, si cabe designarla así. Dante no es taumatúrgico, pero quizá encierra cierta taciturnidad sin sortilegios y cual espectador transita con naturaleza que no parece finita, después de todo absorta a lo que ve, cosa en lo que no suele repararse mucho al abordarlo. Se pinta a sí mismo tan ajeno a todo cuanto mira, sea cual sea el asunto y aun ante su amada Beatriz. Que no nos engañen sus reacciones.
Termino el periplo. ¿Dante advierte a los simples mortales de los destinos que les aguardan, según y cómo se comporten en esta vida? ¿demanda atención a la fragilidad de nuestras existencias? ¿de la debilidad de la carne, la decadencia de su tiempo y de todos los tiempos a uno? ¿es posible que no lo pretendiera? o ¿qué sus palabras se quedasen en el solo afán de ser leídas? No lo sabemos. Desentraña cierta morbosidad por saber del más allá, presentándolo con apoyo en la razón, bruñida de una fe compatible con aquella. Por todo eso es magno el sujeto y tal vez por ello, también es imperecedera su herencia y apesadumbrada su percha. Al final, el séptimo centenario luctuoso abarca a él y a su Comedia.