Vivimos encima del infierno sin saberlo. El centro de la Tierra se encuentra a 6.000 kilómetros de la superficie con un perímetro de 3.000; su núcleo interno es sólido y está compuesto por hierro, níquel, azufre y oxígeno; el externo es líquido y alcanza una temperatura de 7.000 grados. Sería como la lava que vomita el volcán de La Palma. Por encima se encuentran unas zonas llamadas mantos, también ardientes, hasta llegar a la corteza, la piel del planeta, que en su mayor grosor no supera los 70 kilómetros. Caminamos sobre el fuego eterno.
No es de extrañar que la presión de la caldera infernal encuentre un resquicio, una fisura, agujeree esa piel y estalle por los cráteres que se extienden por todo el mundo. Los bruscos movimientos de las placas tectónicas suelen ser el motivo. Y, así, en la Cumbre Vieja, en la isla de La Palma ocurrió hace una semana. Desde entonces, no cesa de vomitar la lava asesina, de lanzar a kilómetros de altura millones de rocas de todos los tamaños, de escupir la ceniza que asfixia y nubla la luz.
Desde que hace una semana entró el volcán en erupción, unos diez mil habitantes de la isla han visto cómo sus casas se desmoronaban y, al instante, se incendiaban con el empujón de un enorme muro de magma ardiente. Como si fueran cajas de cartón. Esos diez mil canarios son, en realidad, los achicharrados por el infierno. Han perdido sus hogares con todas las pertenencias. Se han quedado en la ruina, en especial esa mayoría que vive de la agricultura. Buena parte de los campos de cultivo aparecen arrasados y ennegrecidos por una gruesa capa de ceniza. Durante muchos años no podrán volver a plantar. Esos diez mil canarios son los damnificados y hay que esperar que Pedro Sánchez cumpla su palabra y reciban las ayudas que necesitan.
En efecto, vivimos sobre el infierno inconscientemente. Por puro cinismo, estamos acostumbrados a contemplar los infiernos de las guerras, de las represiones políticas, de la pobreza que sufre nada menos que el 85 por ciento de la Humanidad. Pero olvidamos que pisamos un frágil cristal que en cualquier momento se resquebraja, estalla y nos abrasa con el fuego que se agita dentro. Porque ahí abajo, muy cerca, el infierno brama.
Es el baile de la vida y la muerte. Cuando se formó la Tierra, hace 4.5000 millones de años, nuestro planeta era puro fuego; los innumerables volcanes vomitaban sin parar y las incandescentes olas de los ríos de lava bañaban la superficie. Pero al enfriarse, esa inmensa hoguera, ya había esparcido los materiales que serían el origen de la vida. De hecho, dentro de años, la tierra que ahora aparece abrasada en la isla de La Palma contendrá los nutrientes para que sea mucho más fértil.
El hombre se siente el dueño del mundo. Y no es más que un minúsculo pelele que el Universo ha colocado hace apenas un millón de años en un planeta del sistema solar, en un rincón de una galaxia cualquiera, donde quien manda y siempre mandará es la Naturaleza, que un día nos mata y otro nos invita a disfrutar de este paraíso. Disfrutar, por ejemplo, de las auroras boreales, esas ondulaciones multicolores que bailan en el cielo cuando el campo magnético que irradia desde el núcleo de la Tierra es bombardeado por las partículas del viento solar. Porque la Naturaleza es capaz de crear belleza hasta con los soplidos de ese infierno que arde en el centro de la Tierra. Pero ahora es tiempo de amar y ayudar a los canarios golpeados por la ira de un volcán. Los que se encuentran atrapados en medio del perverso baile de la vida y la muerte.