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TRIBUNA

Drama y belleza

Juan José Vijuesca
miércoles 29 de septiembre de 2021, 20:31h

El ser humano sabe llorar, pero solo cuando nos toca de cerca malversamos nuestra entereza y nos encontramos con la debilidad emocional más recóndita. El resto forma parte del espectáculo. Es así y lo seguirá siendo porque las desgracias de los demás son parte del pasatiempo y cuanto más tenebroso sea más atrae. En clave política se acentúa la hipocresía por aquello de la oficialidad de los actos. En eso la señora ministra Reyes Maroto ha caído en su propio disparate al decir que la erupción del volcán "Cumbre Vieja" de la Palma "es un espectáculo maravilloso" y por tanto un buen "reclamo turístico". A partir de ahí debería haber firmado el finiquito por fin de obra incompatible con el ejercicio de cualquier cargo público presente y futuro.

De manera que tras las explosiones y el fuego intestinal de la tierra hay que acatar los ambages verbales que utilizan ciertos políticos para disimular sus escasas capacidades de discernir. Es lo que tiene la falta de una formación sólida a la que tan acostumbrados estamos merced a este elenco dado en llamarse líderes. Ya sé que obligada habrá estado la señora ministra en retractarse de aquella manera, pero alguien debe enseñarla que es mucho más fácil anteponer la cordura de los sentimientos personales, que no políticos, cuando hay miles de damnificados de por medio.

Las imágenes de familias tratando de comprimir una vida entera, debiendo hacerlo en tan solo unos pocos minutos, nos aproximan a la desesperación al contemplar como tu propia historia no ha sido para tanto cuando apenas cabe en una bolsa de plástico de esas que reciclas para la basura. Y esa es la triste realidad. Entre tanta desolación la fiesta de luz y sonido que nos regala la Madre Tierra a la que no se niega lo atractivo que resulta, tanto por infrecuente como por vistoso, nos deja ver como la lava va sepultando las lágrimas negras de los palmeros.

Estas desgracias, por suerte de mayor repercusión material, no impide la sacudida interior del sentido de la vida. Caer en la oscuridad de una tragedia como lo es esta acarrea una tempestad emocional en los afectados que obliga a una rápida actuación del Estado en todas sus vertientes. No seré yo quien banalice sobre las ayudas que han de recibir los damnificados. Me conformo creyendo que éstas llegaran más pronto que tarde y que las “hojas de ruta” – ¡como odio esta definición!- sea de tal eficacia que no quede ningún damnificado sin la compensación debida. No basta una ayuda de esas que menoscaban la dignidad del que más lo necesita, sino la restitución completa de lo perdido en decencia e integridad material, económica y psicológica.

Respecto de la belleza, al margen del drama y con mis disculpas para cuantos sufren en primera persona esta tragedia, confieso que la erupción del volcán en todo su esplendor, tiene los componentes de la fascinación seductora. Hoy en día, y por lo general, el servicio que nos presta la televisión a base de programas sazonados de esperpentos vendiendo sus propios despojos más íntimos y además dando lecciones de la nueva ética social, hacen que el valor de la pequeña pantalla sea el de un simple objeto de adorno. Por eso, cuando las noticias cobran plasticidad en imágenes de fondo y además son presentadas por auténticos profesionales de la información, haciéndolo sin el “teleprónter” marcando el texto, es decir, “a porta gayola”, pero en medio del dolor envuelto en lava, cenizas y piedras, nos hace sentirnos más próximos al drama y a la belleza misma. Esa es la actualidad que a todos nos afecta y nos incumbe. Ese es la lección de humildad que debemos aprender cuando contemplas el dolor ajeno, aunque éste vaya acompañado de un trágico atractivo.

Mientras todo esto acontece nuestra condición humana, tan versátil ella, no solo nos incapacita para poner orden a tantas cuentas pendientes de resolver, sino que de un plumazo hacen desaparecer de nuestra agenda el parte diario de prevalencias asociadas a la calamidades existenciales, léase pandemia, el precio de la luz que no frena, pobreza energética y todo aquello que no pueda resolverse por sí solo, porque en definitiva eso es lo que resulta con las maldades políticas, que se extinguen porque ya están amortizadas, según parece. En fin, la ciudadanía siempre tan distraída y dispersa.
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