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TRIBUNA

¿Hablan los animales?

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
lunes 25 de octubre de 2021, 20:17h

En español decimos que el perro ladra, el gato maulla, el cuervo grazna, el caballo relincha, el burro rebuzna, el león ruge, etc. Y en todos los idiomas del mundo hay también palabras específicas para los sonidos que emiten los diferentes animales. El sentido común, que ha construido el lenguaje ordinario, ha considerado siempre que los animales no hablan. Sólo para los humanos es adecuado el verbo hablar.

Por desgracia, las películas de dibujos animados nos han engañado en nuestra infancia, haciéndonos creer que los animales hablan igual que los humanos. Y esta deformación mental quizá es más grave de lo que a primera vista parece. Por si fuera poco, muchos científicos, de indiscutible autoridad en sus variadas disciplinas, escriben cosas tan absurdas como la que sigue.

Chimpancés y gorilas sólo pueden usar 300 a 400 palabras, y eso requiere un especial esfuerzo y comunicación gestual, pues sus lenguas y faringes no producen sonidos comparables con los nuestros. El vocabulario de un ser humano medio es al menos diez o veinte veces más grande, y puede llegar a 100.000 palabras o más. Los grandes monos pueden usar símbolos para indicar cosas simples, pero sólo pueden entender estos símbolos cuando alguien habla el lenguaje artificial construido por los investigadores que hacen estos notables experimentos (Luigi Luca Cavalli-Sforza, “Genes, Peoples and Languages”, Penguin Books, 2001, Pag. 59).

Según esto, tanto los animales como los humanos hablan. Sólo varía el número de palabras que usan. La diferencia sería sólo de cantidad, no de calidad. ¿Cómo es posible que los científicos se pongan al nivel de los niños y vayan contra el más elemental sentido común?

La explicación es su ignorancia de la lógica. Desconocen hasta la existencia y el funcionamiento del primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. Un ejemplo lo aclara enseguida. Un perrito casero ladra triste, si su amo lo deja solo en casa, y ladra alegre cuando vuelve. Cualquiera que oiga los ladridos se da cuenta de lo que ocurre, aunque no vea la escena. Los ladridos suenan completamente distintos, exteriorizando los dos sentimientos, que sin duda experimenta el perrito, tristeza y alegría.

Los ladridos se convertirían en palabras, si el perrito fuese capaz de ladrar al revés, o sea, alegre cuando su amo le deja solo en casa y triste cuando vuelve su amo. Entones poseería el negador lógico. Sería capaz de mentir, y también de engañar al que a distancia oye sus ladridos. Entonces poseería el lenguaje y hablaría como los humanos. Pero nadie ha visto nunca a un perrito casero que ladre al revés. No dispone del negador.

De un modo impropio y forzado podría suponerse que el perrito posee al menos la mitad del primero de los operadores lógicos, o sea, el afirmador. Poseería en consecuencia la mitad del lenguaje.

Pero también esta conclusión es falsa. Pongamos otro ejemplo clarificador. Un humano y un gato ven pasar un ratón. El humano piensa en su mente la frase el ratón corre. El gato en cambio no piensa nada, sino que da un salto para cazar al ratón. Ya los griegos distinguieron entre lenguaje apofántico y lenguaje parenético. El apofántico trata de describir la realidad, como en la frase el ratón corre. El parenético exterioriza los sentimientos, sin usar siquiera los operadores lógicos. Es lo que se oye en las manifestaciones: ¡Viva A! ¡Abajo B!

Si el humano en cuestión fuese una mujer, probablemente daría un grito de susto a la vista del ratón. Aunque corro el riesgo de ser acusado de machismo o violencia de género por decir esto. En todo caso, hay aparentemente un cierto parecido entre el grito de la mujer y el salto del gato. Ambos son la respuesta psicológica a estímulos externos.

La diferencia está en que la mujer puede además hablar con lenguaje apofántico, pero el gato no puede hacerlo. La mujer posee el afirmador-negador completo. Tiene el lenguaje, aunque en ese momento del grito no lo haya usado, y su reacción fuese meramente psicológica, simple prolongación externa del susto interno. En rigor, la expresión lenguaje parenético es engañosa. Los gritos en las manifestaciones no son propiamente palabras. Sólo lo parecen. Ni siquiera intervienen los operadores lógicos.

Por otra parte, el gato no tiene la supuesta mitad del lenguaje. Si no se puede negar, tampoco se puede afirmar. La mujer hubiera podido controlarse y ahogar su grito. En cambio, el gato jamás podría renunciar a la caza del ratón. En resumen, el lenguaje es un todo o nada. O se tiene del todo o no se tiene en absoluto. No existe la mitad del lenguaje. La mujer lo tiene entero, aunque no lo haya ejercido en ese momento preciso. En cambio, el gato no lo ha tenido nunca, ni lo tendrá jamás.

Volvamos a la cita de Cavalli-Sforza. Las palabras materiales -no las formales u operadores lógicos- denotan algo, y pueden consistir en fonemas o en gestos. Adán y Eva no disponían al principio más que de los tres o cuatro sonidos distintos que ahora puede emitir un chimpancé o un gorila. Hizo falta la friolera de dos millones de años para que nuestros canales hipoglosales, por donde van los nervios que controlan el aparato fónico, alcanzaran la anchura necesaria para permitir la emisión de los treinta fonemas que aproximadamente tiene todo lenguaje actual.

Así pues, el primer lenguaje humano, y por dos millones de años, tuvo que fundamentalmente gestual. El episodio de la Torre de Babel refleja el tránsito desde el lenguaje gestual y único para todos los humanos hasta la multitud de lenguajes fónicos actuales. Sin embargo, Adán y Eva poseyeron los operadores lógicos desde el principio, y por eso sus gestos eran verdaderas palabras materiales. Lo mismo que ahora indicamos con la mano algún objeto en vez de pronunciar su nombre.

Los tres o cuatro sonidos que emite un mono actual no son palabras materiales. Tampoco lo son sus respuestas a los estímulos con que artificialmente les provoquen los que hacen los experimentos a que se refiere Cavalli-Sforza. Todo eso queda en el ámbito de la psique. No hay pensamiento ni lenguaje. Sólo son reacciones regidas por el instinto, y están en el mismo nivel que el salto del gato a la caza del ratón.

También se pisotea la lógica cuando se habla del lenguaje de las abejas. Con sus movimientos al volar avisan a sus compañeras que han encontrado flores. Pero eso no son palabras ni frases, ni los operadores lógicos aparecen por ninguna parte. Todo ocurre dentro de lo que llamo mundo de la naturaleza causal. Sólo que aquí lo instintivo se nos hace patente en un grupo, en vez de en un individuo aislado. La comunicación entre las abejas se parece externamente a un mensaje entre humanos, pero no lo es.

En rigor, el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, divide de entrada la entera realidad de lo existente en dos mundos bien distintos, el mundo de la naturaleza causal y el mundo opuesto de los valores y la libertad. En vez de confundirlos, como hacen habitualmente los científicos ignorantes de la lógica, debiéramos tenerlos bien separados desde el principio. Y razonar siempre a partir de esa sólida base.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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