Cuando en un país gobierna la mentira, pronto se instala el desorden, el enredo y también la confusión. En España se ha instalado el caos merced al elenco que dirige nuestro destino, dicho sea, algo cada vez más incierto y más fuera de control. Qué Pedro Sánchez y sus acólitos se amamantan de la falsedad no es nada nuevo, ahora bien, cuando sus promesas incumplidas afectan a los niños, aunque lo sea a uno solo, aquí es cuando la miseria existencial sobresale para vergüenza nacional.
Don Pedro hace unos días dijo ante el Congreso que la Constitución había que cumplirla “de pe a pa” en todos sus artículos. Y ahí quedó ese afarolado al igual que el resto de sus trolas. Ahora permitan que extraiga uno de esos “pe a pa” de la propia Carta Magna tan traída por el presidente: “Artículo 3 El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”.
Me refiero al escrache contra un niño de cinco años residente en Canet de Mar (Barcelona) cuyos padres han pedido a la dirección del colegio en el que estudia su hijo que cumplan la sentencia del Tribunal Supremo obligando al centro escolar a impartir el 25% de las clases en castellano. Cosa que se les niega porque el ADN independentista ha vuelto a saciar su sedienta rebeldía contra España y contra la propia Constitución, la misma que “de pe a pa” don Pedro refiere que seamos cumplidores, unos más que otros, claro está. Ni que decir tiene que la máquina nacionalista ha cargado contra esta pequeña criatura y contra sus padres acosando e incitando con vehemencia el apedrear la casa familiar poniendo así de manifiesto la inquina contra aquellos que reclaman el derecho que les asiste a utilizar y recibir enseñanza en español -idioma cooficial en Cataluña- Mala cosa cuando la razón se politiza hasta el extremo de crear el apartheid de un niño cercenándole la infancia en un país como el nuestro y en pleno siglo XXI.
Ahora permitan que les cuente la siguiente historia que, por analogía con lo de este niño de Canet, viene al caso. Retrocedamos 60 años situándonos en Nueva Orleans cuando Ruby Nell Hall se convierte en la primera niña afroamericana en asistir a una escuela de “blancos”. Ruby nació el mismo año que la Corte Suprema dio el veredicto para el caso Brown V/s Junta Escolar, donde se declaró que las leyes que establecían una separación de colegios por raza negaban la igualdad de oportunidades educativas. Esto fue clave para que Ruby, unos pocos años después, tuviera la posibilidad de entrar en la William Frantz School, eso sí, escoltada por agentes federales y ante una furiosa muchedumbre que la increpaban y amenazaban de muerte al ver como una afroamericana entraba por vez primera a un colegio de blancos.
Hoy, 60 años después, aunque parezca mentira, en Cataluña se persigue, se difama, se agrede y se odia a quienes no se someten a la supremacía establecida, merced a esa preeminencia consentida por cuantos han desfilado por Moncloa. Y en esta ocasión ha tenido que ser a costa de un niño catalán y español, no por el color de su piel como el caso de la niña Ruby, sino por querer ser educado en bilingüe entendimiento. El nacionalismo extremo es eso y mucho más mientras existan gobernantes de medio pelo que lo toleren. Ni una sola institución del Estado ha tenido las agallas suficientes para alzar la voz ante flagrante y perverso caso de vulneración de derechos civiles, tan solo esa verborrea que todo lo encubre pretende, una vez más, convertir el vómito en una ligera indigestión para no romper los idilios partidistas. El episodio de Canet es fiel reflejo de la hispanofobia sistemática cuyos ataques no reparan en la condición de sus víctimas. En esta ocasión la inocencia de un niño es ultrajada y uno se pregunta: ¿dónde están los colectivos tan progres que defienden los derechos de los niños? ¿Por donde andan esos ministerios que tratan de igualar, cuidar y proteger a la infancia y su desarrollo? ¿Dónde se ocultan esas mareas que vociferan y todo lo solucionan llenando las calles?
La diferencia entre Canet de Mar y Nueva Orleans está en que en el caso de la niña Ruby intervinieron los agentes federales por orden presidencial. En efecto, Eisenhower, aunque no era un luchador antirracista, llevó la defensa de los principios constitucionales y de las sentencias del Tribunal Supremo hasta el punto de ordenar la intervención de tropas federales contra la segregación racial en las escuelas de Arkansas y demás lugares de Estados Unidos donde existiera el problema. Con dos pelotas he ahí la igualdad, mientras aquí “de pe a pa” porque yo lo valgo. Pues eso.