No voy a frivolizar mezclando maneras de sufrir a costa de la guerra de Ucrania y de los canallas que la patrocinan por mucho que el sufrimiento forme parte de nuestra condición como especie desde el momento en que venimos a este mundo. Creo que lo de sufrir desde una cómoda y envidiable posición de observador en este desastre humano nada tiene que ver con reflexionar y sí mucho con actuar mediante nuestro apoyo humanitario. A partir de ahí, que sin ser nada del otro mundo, al menos uno tiene la sensación de estar a la altura de una situación que mañana bien pude ser la nuestra; lo demás habría que cargárselo al destino, ese algo inalcanzable donde la suerte, para bien o para mal, unas veces nos trata de tú y otras de usted.
Cierto es que la vida está inventada desde hace tiempo aunque le falten algunos ajustes para mejorarla, pero es que cada vez hay mayor escasez de mano de obra cualificada. Por eso nos invaden los miedos ante situaciones como la guerra de Ucrania cuyas culpas han de recaer en unos gobiernos incapaces de remediar lo que en cabal responsabilidad les compete evitar. Es lo mínimo y para eso se les vota y se les paga.
Llegado a este punto no tengo por más que hacerme eco de lo manifestado por doña Irene Montero, rutilante ministra de Igualdad, que ha criticado el envío de armas a Ucrania porque las mujeres “sufren más” que los hombres en las guerras. Verá señora ministra, una cosa es lo del feminismo y la igualdad de género, que aplaudo y defiendo por convencimiento y buena educación recibida, y otra muy diferente es hacer apología sobre los niveles de sufrimiento que experimenta el ser humano allá donde las bombas cercenan la paz sin distinción de condición, raza, color, religión o tendencia sexual. Así pues, doña Irene, me sorprende usted por tal aseveración sin estar en primera línea de fuego para constatar el nivel de amargura de cada una de las personas afectadas por esta o cualquier otra guerra planetaria.
Entrar en genocidios es un tema que requiere máxima seriedad. Es decir, cuando la diplomacia no alcanza su objetivo nunca hay que despreciar la falta de cordura del contrincante. Todo se vuelve oscuro y la única luz que resplandece es la de la locura del bárbaro causante. A partir de ahí lo ya sabido, el destino se pone del lado del canalla que en esta guerra tiene el nombre de Putin. Hacer apología del feminismo utilizando la parte cómoda de esta sinrazón me parece tratar de combatir al enemigo disparándole lacasitos o gominolas y eso, doña Irene, llegado el caso que nos ocupa sería preferible que usted, en su condición de ministra de Igualdad del Gobierno de España, junto a su homóloga Ione Belarra, ministra de Derechos Sociales, estaría bien visto que las dos se desplazaran a la zona del conflicto usando la diplomacia que ostentan para convencer a su camarada Putin que deje de arruinar la vida de millones de hombres, mujeres y niños: “Compañero Vladimir, somos ministras del gobierno de España , estamos aquí para que depongas las armas porque las mujeres sufrimos más que los hombres en las guerras y esto tiene que acabar de inmediato”. Sería todo un puntazo, con perdón.
Señoras ministras, el valor no tiene género y prueba de ello es que la lucha en armas contra Rusia resulta que también es feminista. Según parece hay al menos 57.000 mujeres en el ejército de Ucrania que están dando la vida por su país, por los suyos, por la libertad y por los ovarios bien puestos. A esto pónganle nombre desde sus bien acomodados y subvencionados ministerios porque un servidor se considera incapaz de hacerlo. Por supuesto que las mujeres son gente de paz, como lo somos los hombres y todo ser humano bien nacido que se precie, pero hay que saber disociar la libertad de la autocracia allá donde cualquier representante de la especie humana, independiente de su género, alimente odio, destrucción y crímenes de lesa humanidad. Todo lo demás en relación a esta devastadora guerra, como a las demás, es pancartitis aguda. Alguien dijo que era más fácil ser comunista en un país libre, que ser libre en un país comunista.
Ojalá no tengamos que lamentar la falta de escrúpulos por dejar de llamar a las cosas por su nombre. Diplomacia sí, por supuesto, pero cuando la locura no atiende a razones no cabe otra que cortar la gangrena y evitar que Europa en general, por la absoluta incompetencia de algunos cargos públicos, se convierta en pasto de un total sufrimiento para todos, todas y todes.