Dentro del valor ético más general “Respeto a la persona” -en mi jerga “Paz”- propongo como primer subvalor la “Igualdad”. Como espíritus pensantes y volentes, capaces del lenguaje y libres en sentido positivo, hombres y mujeres son enteramente iguales. A mi modo de ver, ésta es la substancia del verdadero feminismo. En consecuencia, los derechos respaldados por el valor ético “Igualdad” han de ser también iguales.
Sin embargo, el espíritu sólo puede actuar mediante el cuerpo. Y eso implica que el ejercicio de la moralidad empieza por respetar la Naturaleza, a la que pertenece el cuerpo humano no menos que el de los animales.
El ser humano es ante todo un espíritu que discierne valores propios -éticos, estéticos y religiosos-. Tiene ante sí la tarea de vivirlos. Son los fines de nuestra presencia en este mundo. Estamos aquí para realizarlos. La razón última de la igualdad entre personas consiste en que todos los espíritus humanos tienen ante sí el mismo arco de valores-fines.
Para alcanzar esos valores-fines, el espíritu necesita medios. Y el primer medio a su disposición es el cuerpo, nuestra vida corporal. El cuerpo tiene valor económico o derivado. Es el primer valor-medio. Los demás valores económicos -bienes y servicios disponibles en los mercados- surgen de la necesidad de conservar vivo y sano nuestro cuerpo.
La axiología parte de la concepción platónica del hombre. El espíritu, sujeto de la libertad positiva, se enfrenta con la tarea de vivir los valores-fines. Elegir los medios para lograr tales fines es el ámbito propio de la libertad negativa.
El cuerpo es condición necesaria para que el espíritu actúe. En consecuencia, el Respeto a la Naturaleza, de la que el cuerpo humano forma parte, condiciona también de modo necesario el Respeto a la persona en general, y en particular a la mujer como persona. Si no respetas “antes” a la Naturaleza, tampoco respetas a la Persona. Lo mismo en el sentido teórico que en el práctico de la palabra “antes”, el Respeto al cuerpo femenino y su sexo precede al Respeto a la mujer como persona.
La pasión por el valor “Igualdad” no debiera radicalizar al feminismo hasta el punto de atropellar teóricamente la Naturaleza. Pues en la práctica no conseguirá nunca anular la realidad de que el sexo femenino es parte de la Naturaleza. Abreviamos Respeto a la Naturaleza por “Fisiodulia”. La Fisiodulia es el valor más bajo y fuerte de todos. La Paz en cambio es un valor más alto y débil. La Paz sólo tiene sentido, si previamente se cumple con la Fisiodulia. Insistamos. Sólo se respeta a la mujer como persona, si previamente se respeta la Naturaleza, de la cual forma parte el sexo femenino.
Dicho esto, mi primera sugerencia consiste en pagar a las mujeres que llegan a ser madres de familia, y luego amas de casa cuando sus hijos llegan a la mayoría de edad, lo mismo que ganaría en 20 años de trabajo profesional un buen ingeniero, un buen abogado o un buen médico.
Y lo justifico así. La aportación que hace una mujer, cuando hace entrega a la sociedad de un nuevo miembro de ella, es equivalente “por lo menos” a lo que aporta a la sociedad un ingeniero, un médico o un abogado con 20 años de ejercicio como buen profesional. Mucho más si se trata de tres o cuatro hijos. Y pongo entre comillas “por lo menos”, porque en realidad un hombre, que trabajase eficazmente en su profesión u oficio hasta cumplir 90 años, nunca conseguiría enriquecer a la sociedad con una contribución equivalente a la que hace una buena madre, que cuida de sus hijos durante la infancia y la adolescencia.
Se echa en falta en las reclamaciones de las feministas exageradas o radicales esta elemental exigencia de un sueldo para las madres de familia y las amas de casa. En mi opinión, la razón última de esta ausencia viene de que se piensa en un Respeto a la Persona sin el requisito previo del Respeto a la Naturaleza. El llamado “feminismo radical” consiste justamente en defender a ultranza el Respeto a la mujer como persona pisoteando el valor previo del Respeto a la naturaleza. De hecho, si se toma a la letra la literatura feminista radical, se aprecia en ella una visión peyorativa, cuando no un declarado desprecio, de la mujer que dedica su vida a ser una buena madre de familia.
No diré que admiro más a Madame Curie porque fuera una buena madre de familia que por ganar dos veces el Premio Nobel. Eso iría contra la altura-fuerza de los valores. Lo que digo exactamente es que, si hubiera sido “antes” una mala madre, sus hazañas académicas perderían su ejemplaridad moral. Lo mismo que, si alguien deja una buena propina en la mesa del restaurante, pero se marcha sin pagar la cuenta, no es propiamente generoso. Eso es lo que exige la primera ley axiológica, según la cual los valores más bajos y fuertes han de ser vividos “antes”. Sólo entonces los más altos y débiles llegan a ser verdaderamente valiosos.
Dicho de otro modo. Admito que Madame Curie ganase el doble que una madre de familia corriente, en el venturoso supuesto de mi propuesta se convirtiese en realidad. Lo que me parece absurdo es que, como buena madre de familia, que en efecto fue, no percibió dinero alguno. La sociedad explota a las madres de familia en la medida en que la maternidad le sale gratis.
Una mujer tiene el mismo derecho a ser madre de familia que a ejercer la profesión que más le cuadre. Incluso más, pues la Fisiodulia precede a la Paz. La lucha feminista por la conquista de los mismos derechos que el hombre nunca debiera degenerar en menosprecio o desdén de la maternidad. El instinto maternal está inserto en la Naturaleza. Emilia Pardo Bazán dijo al respecto. “Sabed que no se puede formar a la madre. La madre es obra maestra del instinto natural, no sólo en la especie humana, sino también en las especies animales. La madre es la naturaleza misma” (Ponencia de 1892 “La educación del hombre y la mujer. Sus relaciones y diferencias”. En “Mujeres con alma”, libro dirigido por Cristina Hermida y editado por Dykinson en 2021, Pag. 154).
Para convencerse de que Dª Emilia da en el clavo, basta observar cómo un ternero está bajo la vigilancia de su madre mientras dura la lactancia. Si se pasea por un campo donde hay ganado vacuno, es aconsejable no acercarse demasiado a un ternero en esa situación. Su madre no estará lejos y puede embestir.
Así pues, la ahora tan alabada “ecología” exige el reconocimiento de la indiscutible realidad del instinto maternal. El primero de los derechos de la mujer tiene que ser el derecho a ser madre. Pero lo conseguido por el feminismo radical ha sido el derecho de una madre a matar a su hijo en determinadas circunstancias. Lo menos que cabe afirmar es que el feminismo radical no es ecológico.
Reconozco que la propuesta de un sueldo a la maternidad equivalente a 20 años de trabajo de un buen profesional es hoy por hoy una utopía. Mi segunda propuesta tiene más adherencia a la realidad.
Ahora muchas mujeres terminan una carrera universitaria, y están en condiciones de ejercerla, a los 20-25 años. Pero, si se dedican a trabajar, corren el riesgo de agostar su edad fértil, que termina cuando cumplen 40-45 años. Y por otra parte, si quieren formar una familia cuando tienen 20-25 años, se encontrarán luego con la enorme desventaja de buscar trabajo por primera vez y no poder alegar experiencia previa en su CV.
Propongo que se anule jurídica y/o económicamente esa desventaja. Esa compensación está justificada por el hecho de que una mujer ha dedicado su edad fértil a tener hijos, que serán los nuevos miembros de la sociedad.
Obviamente, me parecen absurdas soluciones como obligar al 50% de mujeres en los consejos de administración de las empresas, o medidas parecidas en que prescinde de la valía personal de las mujeres. Las hay tontas y listas, lo mismo que hay hombres tontos y listos. Por el contrario, la objetiva desventaja de la mujer que ha sido madre y empieza a ejercer su profesión a los 40-45 años justifica una también objetiva compensación.
En resumen, la maternidad no debiera salir gratis a la sociedad. De esto nunca habla el feminismo radical. En cambio, debería ser siempre la primera de todas las reivindicaciones de un feminismo que fuera ecológico, o conforme a los valores y su jerarquía. Curiosamente, el feminismo radical se queda corto. Pide sólo que las mujeres ganen igual que los hombres. El feminismo ecológico del que hablo es más ambicioso. Pide que las mujeres ganen más que los hombres.
Por otra parte, la tasa de natalidad en España es una de las más bajas del mundo. Una legislación en la línea de las dos sugerencias que aquí se hacen invertiría drásticamente esa letal tendencia.