Es comprensible quedar enredado en la dimensión teórica o estrictamente filosófica de Ortega, que seguramente se representaba a sí mismo como un filósofo social, empeñado en la construcción de tipos o modelos, a la búsqueda de las claves de la evolución de las formas políticas e intelectuales de la Historia. Me parece, en cambio, que es preferible considerar a Ortega desde una perspectiva más modesta, como pensador, que puede ayudarnos a entender la sociedad concreta en la que vivió, la España de su época, y aun arrojar luz sobre la nuestra. Que conste que la necesidad de traspasar la fachada, llamativa por su brillo o la forma florida en que se presenta, de un autor, esto es, para hallar su verdadera aportación, mas modesta pero también más válida, no solo se da en el caso de Ortega. Así algunos acertadamente prefieren al Marx sistemático y abstracto de la teoría sobre el declinar de la tasa de beneficio en el capitalismo o la ineludibilidad de su destrucción, sus análisis ocasionales de la situación política en un determinado país, por ejemplo España. Ello sucede asimismo en su estudio sobre la revolución bonapartiana, donde Marx rectifica la idea del Estado como gerente de los intereses de la clase dominante que había acuñado en El Manifiesto.
Si se trata de entender la idea orteguiana de la política, habría que referirse a su idea de Constitución y su propuesta sobre la organización territorial del Estado. El marco mental en que se sitúan estas piezas es el raciovitalismo y el perspectivismo. La trascendencia del pensamiento político de Ortega radica en su activismo y optimismo. La noción de circunstancia es capital en Ortega: el hombre se realiza verdaderamente en su manejo de la circunstancia en que se encuentra. Pero esta no es una situación trágica, existencialmente hablando, ni se nos impone fatalmente. Ortega cree que está en manos de quien la entiende racionalmente hacerla frente y superarla. Si la retícula conceptual se aplica a un sujeto colectivo como es España, el resultado es la posibilidad de superar su situación presente de postración y atraso, que no hay que aceptar resignadamente, y de la que no se debe escapar en la melancolía estética de la añoranza o la asunción masoquista del malogro. Se ve claramente que son extraordinarias las potencialidades de la filosofía vital orteguiana a la hora de asumir la modernización española, evitando el conservadurismo reaccionario o la salvación del casticismo (Restauración y Generación del 98, respectivamente).
Por lo que hace al perspectivismo, como el otro vector importante de la filosofía de Ortega para comprender su pensamiento político, debemos destacar que el enfoque de los problemas desde diversos ángulos o perspectivas, de acuerdo con las exigencias del método seguido de conocimiento, determina dos importantes efectos. Primero, la moderación en el análisis, consecuencia de la interacción de los que lo llevan a cabo. Y en segundo lugar, si hablamos de la discusión política, la riqueza y complejidad del resultado final del examen , que aborrece del simplismo obligado de la unilateralidad. En una sociedad drásticamente escindida ideológicamente como la española, el realce del diálogo tenía una gran importancia, aunque no se reconociese ni antes ni inmediatamente después de la guerra civil .La ocasión se plantearía en la Transición cuando se pensó en un marco de convivencia entre los españoles aceptable para todos y que contemplase oportunidades de participación política generales, sin exclusiones de ningún tipo.
Decía que el pensamiento político de Ortega podía esquematizarse en torno a su idea de la Constitución y su propuesta de una organización territorial descentralizada. Si atendemos a lo que Ortega nos dice en La redención de las provincias,1927, la Constitución responde a la idea de la generación de la política en un determinado momento, en la ocasión constituyente. No cuesta, en primer lugar, integrar en esta visión de la Norma Fundamental, de un lado, un componente obligado, propio diríamos del esquema del constitucionalismo democrático del momento, esto es, derechos y división de poderes, que Ortega conoce perfectamente bien. De ello no nos cabe ninguna duda, pues en la constituyente o en la discusión del Estatuto de Cataluña, Ortega se refiere por ejemplo a Kelsen. Pero además hay otro componente, vamos a llamarle nacional, que es el propio de la ideología de la generación que hace la Constitución. Se trata de la parte valorativa de esta, correspondiente a la experiencia política histórica española, especialmente dinámica, e interpretable de diverso modo por las autoridades y ciudadanos que la han de aplicar. Tampoco cuesta nada anudar este pensamiento orteguiano con el arendtiano que subraya la importancia del momento de la fundación revolucionaria constituyente, en cuanto circunstancia en la que la vida política conoce su plenitud. Ortega con todo tiene muy claro que la Constitución es esencialmente una decisión sobre la soberanía, que no debe quedar sujeta a ningún momento normativo posterior o diferente que pueda cuestionarla. “La soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el poder que crea y anula los otros poderes cualquiera sean ellos. Soberanía significa pues la voluntad política de una colectividad”. Nada cabe que pueda amenazar la soberanía única; por ese camino se va rápidamente a la catástrofe nacional (Discurso en las Cortes constituyentes sobre el Estatuto de Cataluña, 13 de mayo de 1932).
En relación con la visión orteguiana del problema regional, la idea que tiene Ortega de su resolución se basa, primero, en la aceptación del pluralismo constitutivo de España: el ámbito en el que vive el español es la provincia. Lo acaba de reflejar muy bien Juan Pablo Fusi: “Ortega dijo en su día que el español medio estaba en las provincias”. La reorganización territorial de España, aunque Ortega abominaba de la utilización del término federal, responde a esta visión radical de la territorialidad y a su contribución a la modernización de España: “Organicemos a España en nueve o diez grandes comarcas”. La justificación de la descentralización, en segundo lugar, es técnica o funcional, no política. Para Ortega, el federalismo es antes un sistema de optimización de la democracia que una respuesta a las tensiones nacionalistas. Estas en lo posible se resuelven con un buen funcionamiento del Estado, organizado en áreas con su Asamblea y Gobierno, ocupados en los problemas no abstractos o generales, pero decisivos de los ciudadanos, los que determinan su felicidad y progreso. Ahí por lo demás, en esa arena política de lo inmediato, se formará la élite que nutrirá la clase política de la Nación.
Por último, Ortega, cuya insistencia en el rol de liderazgo de Castilla en la formación de España es bien discutible, lo que podríamos llamar su perfil castellanista(España invertebrada,1922), ofreció, según decimos, un fundamento no identitario, como había hecho Azaña, a la autonomía territorial, y captó la dimensión igualitaria de ésta, lo que le impelió a demandar su generalización. Además anotó el relieve emocional del problema regional español. El nacionalismo, así creo que debe entenderse su conocida tesis sobre la “conllevanza” del problema catalán, debía tratarse con cuidado y cierta actitud contenida, pues dada su actitud señerista, la insistencia en su integración puede dar lugar a una interpretación con designio de asimilación y así resultar contraproducente.