España huele a ceniza, a leña recién consumida, a político quemado, a fogata de legislatura… Dicen los expertos que el incendio de este año iniciado en Losacio (Zamora) es el mayor del siglo, con 31.000 hectáreas afectadas: se le acerca el desastre ecológico de 2004 en Berrocal (Huelva), con 29.687 hectáreas chamuscadas, y el de Cortes de Pallás (Valencia), donde el fuego devoró en 2012 28.879 hectáreas. En este magnicidio vegetal y animal, los hombres mueren apagando fuegos provocados por otros (pirómanos, incendiarios y psicópatas): comprábamos un rato de felicidad con veinte euros de gasolina y nos íbamos al pinar con la nevera, y olía entonces a campo, a arada y a labriego, que en eso consistía la comunión semanal con la naturaleza, cuando la ciudad no era aún tan cruel.
El bosque español, ahora que ha ardido casi todo y por los cuatro costados, de Castilla y León a Tenerife, acaso –queremos creer– se salve todavía en el ecologismo lógico del aldeano, en la educación forestal de los niños, en el sentido común de las familias… Muchas reforestaciones han sido un fracaso de ética y de conducta, porque las políticas medioambientales de los políticos de alcornoque no han podido, no han sabido, no han querido. Sí han surgido de las cenizas los matorrales y las jaras, pero no hay ya encinas centenarias, según comunica el portavoz de la plataforma Fuegos Nunca Más, Juan Romero. Los sotos y las malezas –espinos, enebros, quejigos, romeros y escaramujos– por sí solos no hacen selva ni son alimenticios: miles de familias vivían de la explotación sostenible de la floresta, que es el SEPE pastoral, y ahora ni eso. Las consecuencias económicas y sociológicas se irán notando, pues el ejido, el verde, es como el alma bendita de todas las ciudades, donde los alcaldes plantan uno o dos entre tres avenidas principales para poder respirar un poco y que no se note la tala en el resto de plazas, calles y bulevares. Hay una tragedia de árboles que transcurre silente e imparable de puertas para adentro de la urbe.
En Ecologistas en Acción aseguran que la falta de seguimiento de los responsables de las reforestaciones han conducido al fracaso del 60% y la ausencia de ayudas de la Unión Europea, el Gobierno y las comunidades autónomas han hecho el resto. Se entera uno de esto y sale el consejero de Medio Ambiente de Castilla y León y dice que la culpa de este infierno estival es de los ecologistas. España tiene ya color de pavesa y polvillo, pero también una lectura política. Y entonces al incendio más incendio, pues, en estas medidas mezquinas, la fauna y la flora son lo de menos, y el castellano viejo abuchea a los presidentes post-incendio que van a hacerse foto de rescoldo y selfi con aldeano luctuoso, que vende mucho, que siempre están las agencias al quite.
Hay una vieja amalgama entre la floresta y el lugareño, que es quien verdaderamente limpiaba el monte. Pero los pueblos están hechos ya de caseríos fantasmas y el éxodo urbano a las villas, aquel arrebato bucólico durante la pandemia fue solo amago, porque el asfalto se ha vuelto a repoblar de urbanitas enloquecidos. Los españoles anhelábamos el boscaje y moríamos por irnos a la espesura, al menos los románticos, y ahí están las casas a medio hacer, para fingir que habíamos entendido el mensaje de la tierra. El campo, bien mirado, tiene mucho de recordatorio nacional adonde viene a llorar nuestra mala conciencia ecológica, porque siempre nos ha recordado el origen provinciano, y siempre nos siembra la duda de si no seremos más que unos parias del monte que siguen buscando su patria, sin reconocer que la tienen a unos pocos kilómetros de la otra jungla, la de asfalto, donde el verano ya es siempre incendio.