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LA BÁMBOLA

Alfonso Ussía: ida y vuelta a Las Barraquillas

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 27 de julio de 2022, 19:31h

Segunda edición de la novela de Alfonso Ussía Junior: Vatio (Coba Fina). Su padre, bajo la dirección de Luis María Anson, fue peto y espaldar del gran periodismo literario español. Tropos del idioma, lenguaje lujoso, las mejores palabras en el mejor orden, la belleza entera de la palabra que produce en el lector un placer puro, inmediato y desinteresado. En una infancia de papá y mamá, calle García de Paredes, entre muchos libros y amplia curiosidad musical crece el joven. Joseph Conrad aroma la poética inicial del texto: “Creí que era una aventura y en realidad era la vida”.

Alfonsito Ussía Junior es la electricidad del ingenio, el hablar muy rápido, el pensar más allá, el moverse sin excusas, y todo ello le capacita como asistente musical de grandes multinacionales, el curro con el que se va de casa y comparte piso con amigos en radicales armas bohemias cruzadas. Pronto es la sombra de Polo Targo, en la novela, que parece ser Antonio Vega en realidad, según todas sus entrevistas. La novela funciona en dos direcciones: la caída de Targo a los infiernos de la droga (hacia abajo) y la lealtad completa de su asistente en las peores condiciones emocionales y económicas (hacia arriba). El lento peregrinar a Las Barranquillas en busca de base, cruda, jaco y caballo fumado, esnifado, es un completo viaje a los infiernos a veces pestilente.

Brilla lo supuesto desde el comienzo: ajustes de cuentas, malos pagos, deudas que acaban con la vida en suspenso o amenazada, el vertedero habitual de los submundos donde la adicción gobierna. Es el canto al creador atormentado, un poco niño a la hora de coleccionar mecanos o trenes eléctricos, que todavía vende discos y llena salas, por lo que la segunda novela sobre los anticipos musicales cubre unas cuantas páginas. Clamores, Galileo Galiei, tiendas musicales por Zurbano, el coche de mamá en García de Paredes para todos los entuertos, mucha Fanta naranja porque el maestro casi no bebe alcohol, muchas palomitas en bazares orientales porque el maestro dice que le dan fibra, baretos puncarras, desvelos o dobletes amarillos, moraos muy moraos, y una vida de estudio porque el maestro hace tiempo que renunció a una casa (aunque la tiene) para vivir entre cables y chutes, erizado por esos viajecitos a Mercamadrid, Vallecas, Las Barranquilas y etc.

El creador atormentado brilla bajo la noche de cielos o papel de plata, jeringuillas, mecheros, sopletes y exquisiteces de máquina barata (aceitunas, galletitas saladas). Alfonso Ussía, entre latas de birras y montaditos, jamás se descuelga del mecanismo, cumple su misión y sorprende a todos el becariado, el misionado, la asistencia, el secretariado o similares. Jamás contraría ni niega ni se distancia, siempre una sonrisa Es el buen discípulo, el sirviente ejemplar, el amigo inexcusable. Su admiración es rendida y su disposición máxima. Los jefazos, entre puros y vaqueros, siguen en lo de siempre, el dinero negro, la mafia de las radiofórmulas, el contado de los bolos, el bluf que ya empieza con los discos y, sí, tiro porque me toca. El libro sigue como un tiempo siempre visto por el retrovisor, antiguo, periclitado, una temperatura a M-40 que ya a pocos atrae.

Dice Ussía que no hay yonquis calvos, y así sigue el desfile de pelazos, cachorros flamencos con una pipa como una botella de agua en el cinto, clanes famosos de la farlopa/fariña negra, yonquis viejas por Chueca a las que el burro todavía no ha explotado las venas, futuras máquinas de líos, canción de retrete y mandanga, solo de violín bajo la uralita verde de los chabolos. Toda la novela es una adolescencia perpetua, fuego lejano tomando la dosis y quedándose allí mismo para pegarse el viaje, cundas con idéntico chófer. La novela consiste en enfriar (vida, música, alguna chorba por fotografía) y en calentar (vente para acá que nos bajamos en un plís, que nos subimos en un plás, mucha papela y descampado). Novela de pitillo apagado mientras sella los labios, y muchos ojos abiertos, y mucha Fanta naranja, y guitarras que son letras, cosas, futuro, pero también casa de empeños y guita justo encima del temblor azul.

Alfonso Ussía Jr. conoce su picaresca, el enchufe de la vida y el de los moduladores, estudios de hormigón opacos desde fuera, donde el infierno se destila lento, metálico, sabor acero. Vatio funciona desde la elegancia del descaro, donde el maestro es un mártir y se llega a pulir hasta mil quinientos euros diarios en corriente eléctrica que Las Barranquillas suministra a cualquier hora del día o la noche. El reloj lo marca todo: “La esperanza de vida en el poblado era más corta que en una mina, por lo que se pagaba al día y no a la semana”. Escapada de la ciudad por Méndez Álvaro, horizonte sucio e inmediato, vuelta a casa, viajes por España, oraciones laicas o velas encendidas sobre el papel por Larry Carlton, Moody Waters, Lennon. Malasaña, portales siniestros de Espíritu Santo, Colón, vida de “pipa”, malos rollos entre tarados y camellos, jefazos con mucho olor a puro y Brummel. La vida en el verano pegajoso: “A los yonquis no les gustan las piscinas y, en el poblado, algún que otro niño se bañaba en las piscinas de plástico que sus yayos les habían regalado”. Sonidos de aspas, ventiladores eléctricos, sudor, lentitud. Coches que, en un pestañeo, van y vienen. Polvo en el aire, tan distinto al comprado, pero también recuerdo.

Diego Medrano

Escritor

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