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TRIBUNA

Mi perro y yo

Juan José Vijuesca
miércoles 17 de agosto de 2022, 19:51h

A mi perro le veo bastante preocupado, me pregunto si será algo de la edad del pavo; lo cierto es que desde hace un tiempo me tiene algo descolocado. Ahora le ha dado por leer a los clásicos del Siglo de Oro español, al menos con ello parece haberse desenganchado del móvil porque vaya vicio que tiene desde que conoció a su amiga Galatea, una perrita Schanuzer del pueblo de al lado. Le tengo advertido que los perros de ciudad, como lo es él, no pueden competir con los lugareños rurales, más que nada porque los del campo acostumbran a salir sin hora, son más independientes y hacen más vida de calle, en resumidas cuentas que son, como dicen por aquí, unos correteros. Los de la capital se dejan llevar por otras costumbres. No es fácil de aceptar, pero es lo que hay.

Puedo parecer anticuado pero es que a mi perro debo protegerle de los decretos leyes de este gobierno. Sin ir más lejos el nuevo proyecto de ley de Ione Belarra, aprobado hace unos días por el Consejo de Ministros, por el que se prevé multar con entre 500 y 10.000 euros si tu perra se queda preñada. O sea, que los dueños de Galatea me pueden hacer responsable subsidiario por menos de cinco o mejor dicho por un alarde amoroso de mi perro en noche de Perseidas. Y es que la ministra de Podemos se ha marcado un ambigú sobre el mundo animal de compañía que ya la vale.

Es importante que el amor deba guardarse de corrosivas políticas populistas en cosa de instintos básicos cuando estos provengan de romances caninos. El frenesí se involucra en el arrebato recíproco y a no mucho que el amor sea honesto lo cierto es que ni Ione Belarra, ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, ni el sursum corda tiene potestad para impedir infringir la ley natural de los placeres carnales cuando un perro aúlla y este es correspondido con un whastsapp de idéntica naturaleza. Dueño soy de mi bichón maltés, más no por ello debo cortar la efemérides de su despertar amoroso y todo seguramente por haber leído a Quevedo: Después que te conocí,/todas las cosas me sobran:/ el sol para tener día,/abril para tener rosas.

Nada peor que una perra en celo soltando hormonas desde el pueblo de al lado sabiendo que un perro de ciudad, bien ungido en cuidados, además de leído y mejor traído al encantamiento de los frondosos bosques de Gredos, aunque el susodicho aún deambule en confusión que la pubertad atesora, no es disimulo para el influjo quevedesco: Por mi bien pueden tomar/otro oficio las auroras,/que yo conozco una luz/que sabe amanecer sombras.

Y en esas estamos mi perro y yo, inmersos en caída de una tarde hablando de cosas naturales, pues los políticos son fabricantes de acidez y en afán se guardan de dictar leyes sin menoscabo de ser alguien sin serlo, tan solo por la gracia de un don irreal que nombra a destajo cargos y ministerios al amparo de una agenda, más de colocaciones que de primera necesidad para el pueblo. No seré yo quien obre en pesares hacia el mundo animal, estoy en completo acuerdo con la norma si con ello acabamos con el maltrato, abandono y sacrificio de los animales, pero de mí no esperen que prive a mi perro de sus lances carnales. ¿Quién soy yo, y quien es nadie? ¡Poner multa por la preñez entre animales! ¡Vayan sus señorías al cuerno!

Sepan que la citada ley elimina la etiqueta de perro peligroso. El mío, por suerte no guarda tal etiquetado, pero eso sí, reconozco que es bastante puñetero con la clase política, salvo excepciones. Se acabaron, por tanto, los letreros avisando la existencia de “Perros peligrosos”, a lo sumo un rótulo de “Pase sin llamar, mi perro le atenderá lo antes posible”. Otra cosa es que luego te enseñe los dientes y a buen seguro que no lo hará por un casting para Colgate.

Si son propietarios caninos súmenle hacer un seguro de Responsabilidad Civil y además aprobar un curso de aptitudes para acreditar de manera oficial la condición de tenencia de perro de compañía. No lo digo, yo, lo dice la propia ley Belarra.

En fin, la edad del pavo o tal vez un flechazo típico veraniego. ¿A quién no le ha pasado algo parecido en esa etapa de la vida? Pregunto por tirar del hilo.

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