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TRIBUNA

Del Chagall a la provincia

martes 23 de agosto de 2022, 20:01h
Actualizado el: 29/08/2022 11:17h

Era un premio de capa caída. En la década anterior no había dado, a excepción de uno, nombres importantes. Sólo retrospectivamente, y gracias a algunas antologías de la época, sabemos que mi generalización es tal cosa y sí surgieron poetas que destacaron y continuaron su curso. Pero en 1980 del Adonáis no se esperaba nada. El prestigio, la atención, sí, ahí estaban para el siguiente galardonado. ¿Tendría relevancia? A saber. Mas es cierto, iba a ser el año del hito y la novedad.

Traían las páginas de cultura de El País del pasado julio una entrevista de Manuel Jabois a la poeta Blanca Andreu. Semblanza misteriosa y conversación realizada por teléfono. Tres fotografías, dos en blanco y negro, y espacio de página y media. Se habla de una vida alejada de los focos, prefiriendo desaparecer paulatinamente cuando pocas veces se ha dado una entrada tan sonora en un medio artístico, más en la poesía, de clima siempre extremado.

De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall es un libro conocido incluso por aquellos que recuerden vagamente títulos ―este, tan peculiar y localizable en un momento histórico― de las páginas de Literatura de la educación secundaria o el bachillerato. ¿Merece las pasiones que sigue levantando? La carrera de la autora se cimentó sobre él. Sus cuatro siguientes fueron transparencias con desigual alcance. ¿Qué tenían, pues, poeta y poemario para justificar sombras tan alargadas?

Cuando le fue otorgado el Adonáis, Andreu contaba con veinte años. La estudiante de Filología Hispánica pasó a ser la cabeza de una generación, los denominados por Luis Antonio de Villena ‘postnovísimos’, e inauguró los diez años siguientes que traerían a su vez numerosas aportaciones y variaciones y rupturas respecto a los diez anteriores. En el caso de Blanca Andreu, el surrealismo desaforado y enmarañado, escupido en versos e hiriente para el que no lo viera venir; vociferante y culto y sibilino. Los adjetivos no son tanto de admiración sino por las sensaciones inmediatas que despiertan ahora―y seguramente en otros antes, entonces― tras una atenta lectura, tanto de De una niña de provincias… como de los que después vinieron.

Era evidente: tras años de calma, el fogonazo no se hizo esperar. La juventud y el chisporroteo lírico se cogieron del brazo. Las entrevistas y declaraciones llamativas, la sobreexposición, las buenas ventas y otros premios añadidos hicieron el resto. Su imagen de aquellos años, entre 1980 y 1982, los de su máximo apogeo, ayudó. Presencia de ‘chica pálida, delgada y guapa’ en el texto de Jabois, consagrada a la actividad poética desde su adolescencia; una voz susurrante acorde a las oscuridades que escribía. Lo curioso: había relegado al fondo de la papelera todos esos poemas integrantes del libro laureado, pero un amigo, previo permiso, los rescató y los mandó al jurado, rubricados con el pimpante título. El foco de la fama estaba ansioso por encenderse.

Según leemos la entrevista de Jabois, lo primero que frena y devuelve a algo mencionado es la imagen. En el periódico, las fotografías que se usan tienen veintisiete una y cuarenta años las otras dos. ‘De ninguna manera, no insistas. […] No me obsesiona la pérdida de la juventud o de la belleza, yo por dentro tengo 17 años. Pero vamos, que no quiero foto, de ninguna manera’, aclara. ¿En qué quedamos? ¿No debería acompañar al titular un retrato actual en vez de uno de la entrega del premio del año ochenta? ¿Irrelevancia hacia su imagen o pura vanidad?

La actitud de Andreu, sea por esta entrevista u otras que se quieran rastrear en las hemerotecas de papel o digitales, es la de esa arrogancia educada que, si bien estuvo siempre allí, se agravó a cada paso dado, no digamos al de los años. ¿Se puede disculpar ese carácter cuando la obra es buena? Sí, no tengo ningún problema en separar al autor de su producción artística. Pero en su caso, tantos aires no hacen sino conducir a la hiperventilación. La suya es una obra que busca la ovación, reverencia, bis, vuelta a empezar. ¿Ha sobrevivido De una niña de provincias… porque ‘está escrito con sangre’? Nada más lejos. Lo ha hecho por no tener pies ni cabeza. Llama su rareza. Es surrealista, no podemos buscarle anclajes que permitan pensarlo o sacarle explicaciones. Eso es maravilloso siempre que no se tome en serio, que es el talón de Aquiles de cualquier vanguardia. Cuando se quiere dotar de profundidad un juego, este y sus reglas placenteras pasan a ser religión y dogmas. Además, sus libros, llenos de imágenes potentes y estelas dejadas tras el sueño alucinado, no dan más de sí. Son eso: acelerados descensos, vertiginosas subidas, ¿pero poso literario? Más bien mareo.

Su vida privada fomentó esa aura en la que mullen sus principios los venidos a menos, pero no hace falta ser tratada aquí. Más relevante me parece otra característica distintiva de esos escritores comidos por su egotismo.

Al igual que Kundera ―Milan Kundera: de la broma a la insignificancia, un documental de Milos Smídmajer visto recientemente ayuda a pensarlo―, Blanca Andreu hizo del apartamiento voluntario un modo de vida. Es verdad que la popularidad fue de altos vuelos, que si ésta no es pedida pueden ser horribles las consecuencias. Pero uno, en esa posición de centro o desde los márgenes, ha de ser honesto y consecuente. Hay que dar la cara, independientemente de la gloria que se nos atribuya, que es cosa intangible. Si se está dentro del medio al que se aspira, han de llevarse las ganancias y vaivenes con misma distinción y cabeza. Aceptar las alegrías y no perder cierto esplín. Hablo desde mi margen, por supuesto, conociendo a medias esas situaciones que tantos monstruos han creado. Pero ciñéndome a la parte de interactuación con el personal que tiene la literatura, la grisura del trato, pienso, es la mejor medida. Ni circo ni cueva. No hace falta crearse un personaje que acabe afectando a lo que se escriba―algo de lo que se puede pecar en juventud y madurez― ni dar la espalda al público para quien, mal o bien que nos pese, acabamos dando lo sacado de tantas horas solitarias de trabajo.

En Kundera, eso de todo está en la obra, yo no hago falta, es una idiotez como un templo (y mucho de esto tiene, erigiéndose él sacerdote supremo de su silencio).En Andreu, que una periodista catalana se pusiera en contacto con ella y de la sorpresa le dijese que la creía muerta, no veo motivo alguno de sentirlo un halago. Vanidades, repito, bastante necrosadas.

No obstante, si no podemos cargar con ese peso y verdaderamente es necesario cambiar la forma de vivir, tampoco conviene hacer un retablo trágico del ostracismo elegido. A la poeta no le importa dar a conocer la localidad en la que reside, pero cuando entramos en su día a día o si continúa escribiendo, salta la rana y olé.

¿Volverá a publicar alguna vez?, pregunta Jabois. ‘Pensar en publicar un libro y ponerme en manos de la crítica, me repele’, responde Andreu. En poesía: ‘Tengo inéditos. Quizá a título póstumo salgan. Yo tenía a alguien que me daba la perspectiva. Se necesita un espejo antes de salir a la calle, y yo no lo tengo’.

Hay que tener cuajo para esperar a estar bajo tierra y publicar. De la garantía lectora, vivo o muerto, poco te puedes fiar. Y dudo mucho no pueda encontrar a alguien que sepa hacerle una lectura valorativa de sus escritos, más cuando uno de los dos que perdió y hacía las veces de tal bloqueó creativamente su carrera durante años.

Aunque parezca mentira tras todo lo puesto en entredicho, uno no tiene nada en contra de Blanca Andreu. No es mi lectura ideal, desde luego, pero su lugar en la historia se ha hecho. Incluso por estrofas o versos sueltos la he disfrutado. Lo que no me parece de recibo es que los escritores, y esto se puede extrapolar a cualquier otro artista, se crean su papel. Sobre todo cuando la obra no puede aguantar la hipertrofia del creador que poco empeño parece dedicarle, con veinte o sesentaidós años. Ahí, todo lo que diga, su mundo e inquietudes, pasan a sonar enloquecidos como las jarcias al viento. ‘Un escritor lleva dentro de sí la pasión por el lenguaje desde siempre, aunque se decida a escribir muy tarde’, dice al final. Lo más cabal que le he leído.

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