He vuelto a hacer el paseo de muchos veranos. Bajo desde mi casa junto a San Nicolás en la parte alta de Algorta, y, atravesando el barrio de pescadores, bordeo la playa de Ereaga y llego hasta el final del dique, hasta el mismo faro. Me paro aquí y descanso en las escaleras. Saco el teléfono y llamo a Patxo. Patxo estoy en el muelle, le digo para darle envidia. El se ha quedado al mando, como quien dice, del País. Sólo de guardia, precisa: pero está a todo lo que salta, que no solo es la columna semanal política, sustituyendo a Javier Pradera.
Esta conversación en el puerto prolonga las muchas que solemos tener durante el curso, normalmente tratando de precisar un detalle o ponderar un argumento. El problema es que con Patxo es muy difícil discutir, no digamos discrepar, pues sus planteamientos son siempre inobjetables: se trate de la exigencia de absoluta limpieza en la lucha del Estado frente al terrorismo; de la pertinencia general del Estado autonómico, con su modelo de autogobierno generalizado, con una correcta idea de las singularidades, que no privilegios, en el caso vasco. Imposible no compartir asimismo su juicio sobre el rebasamiento inconstitucional del Plan Ibarretxe o la improcedencia de la revuelta institucional catalana y las secuelas del procés. Ocurría a menudo que, al día siguiente de nuestra conversación, en el editorial del periódico o en su columna quincenal, encontraba un eco perfeccionado y más completo de lo que se podía haber suscitado en nuestro diálogo. Téngase en cuenta que Unzueta vivía para sus escritos, a los que se entregaba sin desmayo, obsesivamente: aprovechaba sus lecturas, los ejemplos de política o derecho comparado que encontraba, las estadísticas o monografías disponibles: todo engrosaba sus legendarias carpetas con recortes y anotaciones de las que se nutrían indefectiblemente sus artículos, que realmente resultaban imbatibles, en punto a solidez o solvencia. El desarrollo de la Transición quedaba avalado por la línea editorial del País, sin duda; pero ésta debía mucho, como queda dicho, entre otras contribuciones, al seguimiento que de la aventura autonómica, en concreto, hizo durante tantos años Patxo Unzueta.
Ya está apuntado donde queda el pensamiento político de Patxo Unzueta: en los periódicos. Pero su actitud ante la vida, su pensamiento personal está en su libro Bilbao, la gran guía literaria de la ciudad vasca que salió publicada en Ediciones Destino en 1990: colección de sitios y tipos, descritos por un cronista divertido y curioso al que no se escapa nada. El libro es un ejemplo del periodismo que Unzueta admira y que practicaba Julián Zugazagoitia, poseedor de un estilo, nos dice el amigo, “sin aspavientos”, y cuya única norma “es tratar de expresarse con claridad y lo más rápidamente posible”. Los libros que vamos leyendo conforman la circunstancia en que vivimos y al final reflejan quienes somos. De La vida nueva de Pedrito Andía de Rafael Sánchez Mazas, que Patxo Unzueta leyó fragmentariamente en el Colegio y después en la primavera de 1973 en la cárcel de Bayona, le conmueve el propósito del protagonista de vivir, apunta Patxo, regresando a la armonía de la infancia. Se trata de una utopía regresiva, el vivir conforme a la nostalgia del pasado, que Unzueta practica en este libro de memorias. El hilo de la vida es el mantenimiento de los ideales del grupo de amigos del colegio, al que el destino sacude inmisericorde.
Como escribir es inventar, Unzueta puede decidir apuntarse como ideal a la utopía del bilbainismo universal, con su admirado Unamuno. “Hermanos somos todos los humanos/el mundo entero es un Bilbao más grande”. Y elegir, entre los posibles pasados de Bilbao, su versión más liberal e ilustrada. Foco de modernidad frente a la sociedad circundante, fue Bilbao, especialmente a partir del siglo XVIII, ejemplo de sociabilidad, de apertura al exterior, de ciudadanía. “Nunca fue la villa plaza fuerte militar, ni tampoco, hasta fechas recientes, predio eclesiástico de importancia (ni obispo tuvo hasta 1955)”. Como señalaba anteriormente por el libro aparecen personajes memorables, así Pepe Gorriti, que tenía una librería en la Plaza Nueva. Patxo recuerda que en ella adquirió Los condenados de la Tierra. Yo me provisioné con la Historia de la Literatura vasca de Luis de Michelena, publicada en la editorial Minotauro. Menciona a Gregorio San Juan, erudito local a quien yo también visité en su domicilio. Debía impresionar a Patxo recordar con quien se acompañaba en su visita: Txabi Etxebarrieta. Sale también, algo distorsionado, Blas de Otero. Una vez cenando en el Restaurante Gorbea, encima de la cafetería Ochote en la calle Jardines, a Blas de Otero no le sirvieron el postre que había pedido, tarta, por lo que dijo, apunta malicioso Patxo, “me han dejado destartalado”.
Hablando de tipos en el libro, Patxo cuenta que Indalecio Prieto a su llegada Bilbao por no tener acreditada su vecindad en la villa, sería admitido en el Colegio de la Sociedad Bíblica de Londres en la calle San Francisco. Unzueta recoge el agudo comentario de don Indalecio de este incidente muchos años después. “Nunca me adscribí al protestantismo, pero allí formé mi convicción de que es casi imposible liberalizar un país donde no haya religiones disidentes con hondas raíces “. Como no puede ser de otro modo, dada su idolatría hacia el exrector de Salamanca, hay diversos lances en el libro protagonizados por Unamuno. Por ejemplo, el relato del concurso nacional que Unzueta ganó en la Facultad de Sarriko en 1964, lo cual no deja de ser meritorio, dice, teniendo en cuenta que el certamen participaban aspirantes de toda España. También es curiosa la tesis que Unzueta se atrevió a apuntar sobre el filo nacionalismo de Unamuno, que este abandonó ante los extravíos contumaces de Sabino Arana. Pero el misterio que Patxo Unzueta, aun contando con la consulta a su admirado Jon Juaristi, no logra desvelar en el libro es la deriva reaccionaria de los integrantes de la tertulia del Café del Lion d´Or (Sánchez Mazas, Mourlane, Lequerica y quanti).
De todos modos, qué no habría dado Unzueta por acompañar también a don José Miguel de Azaola, cuando adolescente divisaba desde el balcón de su casa en la Gran Vía, nº 8, la entrada en el café citado de sus ilustres contertulios…