A los 26 años, en su primer discurso como Reina de la Gran Bretaña, Isabel II afirmó...
A los 26 años, en su primer discurso como Reina de la Gran Bretaña, Isabel II afirmó que dedicaría “toda su vida, corta o larga, al servicio del pueblo británico”. Durante setenta años ha cumplido lo que prometió y su último acto público, cuando se moría a chorros, fue recibir a la representante del Partido Conservador, Liz Truss, y encargarle que formara Gobierno. Antes lo había hecho en otras quince ocasiones, empezando por Winston Churchill, el europeo más importante del siglo XX.
Durante mi juventud, Londres era la meca de la modernidad y la vanguardia. Paraíso de las libertades, Carnaby Street se había convertido en el epicentro de las nuevas generaciones de toda Europa, y desde la gran explosión de los Beatles hasta las atractivas minifaldas de Mary Quant, pasando por cien manifestaciones artísticas, literarias, teatrales y culturales, la Monarquía británica figuraba entre las naciones políticamente más libres del mundo, socialmente más justas, económicamente más desarrolladas, culturalmente más progresistas. La Falange de Franco, que había desencadenado una feroz campaña antimonárquica, proscribiendo la Monarquía como una institución anacrónica, se tropezaba con la realidad de las Monarquías democráticas: Inglaterra, Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Japón…
Con Isabel II se va un siglo de presencia histórica. Calificada como “Reina perfecta”, supo conjugar tradición y modernidad, y fue un ejemplo personal de responsabilidad política, de honradez y de eficacia. Trabajadora incansable, seria, con un gran sentido del humor, se ganó el respeto, primero, y el cariño, después, de la inmensa mayoría de su pueblo y también de las quince naciones en las que figuraba como Reina y del resto de las que formaban la Commonwealth.
Isabel II se mantuvo siempre preocupada por los avatares familiares y puso a la Institución por encima de las personas, porque no se puede convertir a la Monarquía en un problema más. La Institución es una plataforma para que, sobre ella y con respeto a la continuidad histórica, se solucionen los problemas de la nación. Si la Monarquía se convierte en un problema, en lugar de ser una solución, no tiene razón de permanecer porque habrá dejado de resultar útil.
Con motivo del matrimonio astillado de Carlos y Diana, empalidecidos los días de lujo y rosas, abrumado él por las heridas de la Historia todavía sin cicatrizar, encendidos en ella los ojos de cierva azul y engañada, las cenizas sexuales se derramaron sobre la Monarquía más firme del mundo, que sufrió algunas fisuras. La serenidad de Isabel II, y su sentido de la responsabilidad, consiguieron que la Corona no se desvinculara del sentimiento popular. La televisión, que ha trasformado la política de los últimos cincuenta años, condiciona también la imagen de la Monarquía. La Familia Real, lo mismo en Inglaterra que en España o Noruega, es o debe ser, en cierta manera, la familia de todos los ciudadanos. Las hilanderas de la Historia en el siglo XXI no pueden tejer otros tapices que los de la voluntad popular, porque, como siempre defendió Isabel II, el Rey o la Reina están para el pueblo, no el pueblo para el Rey o la Reina. “Que el Reinar es tarea -escribió Quevedo- que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.