Sucedió hace cien años al final de la Guerra Greco-turca (1919-1922) y se lo suele considerar el último episodio del Genocidio Armenio: el 13 de septiembre de 1922 soldados turcos prendieron fuego al perímetro del barrio armenio de Esmirna, que llevaba bajo control griego desde 1919. Su entrada en la ciudad desató una oleada de asesinatos de armenios por las calles. El incendio, por su parte, era una forma efectiva y terrible de destruir a la comunidad y sembrar el pánico. El fuego había servido para matar a las personas y arrasar los pueblos armenios en el imperio. Ahora serviría para acabar con los supervivientes. Durante nueve días, los barrios de griegos y armenios fueron pasto de las llamas.
Cien años después de las aterradoras imágenes del incendio, la sombra del genocidio se cierne de nuevo sobre los armenios. Primero la agresión de Azerbaiyán, estrechísimo aliado de la República de Turquía, en julio y en septiembre de 2020 contra los armenios de Nagorno-Karabaj, que en armenio se llama Artsaj. El ataque azerbaiyano de septiembre tiró por tierra veinte años de esfuerzos de la OSCE en el marco del Grupo de Minsk. Después, vino la violencia de “baja intensidad” contra los armenios que permanecen en la parte de Artsaj no controlada por Azerbaiyán. Desde 2020, la destrucción del patrimonio armenio en el área de Karabaj bajo control azerbaiyano ha sido constante. El último caso ha sido el de la iglesia de San Sargis, un tesoro del siglo XVIII en el pueblo de Mokhrenes, en la región de Hadrut, que fue arrasada por los azerbaiyanos junto con la mayor parte de los edificios de la localidad entre marzo y julio de este año.
Ahora Azerbaiyán ha atacado directamente el territorio de la República de Armenia. La noche del 12 de septiembre tropas azerbaiyanas bombardearon posiciones armenias en torno a las localidades de Sotk, Vardenís, Gorís, Kapán, Artanish e Ishjanasar. Se dirigieron no sólo contra objetivos militares, sino también contra infraestructuras civiles. La operación vino precedida de una intensa campaña de propaganda que acusaba a Armenia de haber roto las hostilidades. Al igual que hemos visto en otros muchos casos de la historia contemporánea, se emplea la desinformación y la propaganda para preparar la agresión. Recuerdo ahora, por ejemplo, el falso incidente de Gliwice de 1939 que la Alemania nazi utilizó como pretexto para la invasión de Polonia. Habría que citar, naturalmente, las acusaciones que se lanzaban contra los armenios del Imperio Otomano tanto en los años que precedieron al genocidio como durante el tiempo en que se perpetró.
Suelen describirse las relaciones entre turcos y azerbaiyanos como “una nación, dos estados”. Sin ir más lejos, Ankara fue la primera en reconocer la independencia de su vecino del mar Caspio en 1991. En junio de 2021, Recep Tayyip Erdoğan e Ilham Aliyev firmaron la Declaración de Susha, el nombre de la ciudad en azerbaiyano. En ella, enfatizaban que «las palabras del fundador de la República de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, y el líder nacional de pueblo azerbaiyano, Haydar Aliyev: “la alegría de Azerbaiyán es nuestra alegría y la pena de Azerbaiyán es nuestra también” y “una nación, dos estados” se consideran como herencia nacional y espiritual de nuestros pueblos». Cabría preguntarse si los crímenes de Azerbaiyán son también los crímenes de Turquía.
En efecto, la República de Turquía tiene un amigo que ha agredido, una vez más, a su vecino. De hecho, es inevitable pensar que Bakú lleva dos años atacando a los armenios porque confía en el apoyo de Ankara. Miembro de la OTAN y potencia regional económica, diplomática y militar, Turquía podría reconducir a Azerbaiyán a la negociación y la solución pacífica de las controversias. Por desgracia, le ha brindado hasta el momento un apoyo incondicional que ha agravado el conflicto y ha echado por tierra los esfuerzos de la comunidad internacional empezando por Francia, Rusia y los Estados Unidos, copresidentes del grupo de Minsk.
Hace cien años, los otomanos incendiaron Esmirna como etapa final de un genocidio contra una de las minorías cristianas del imperio y un pueblo que no suponía amenaza alguna. Después de las matanzas de 1896-1896 y 1909, después de las deportaciones a los desiertos y los asesinatos a manos de bandas de irregulares, paramilitares y “grupos especiales” a partir de 1915, después de la confiscación del patrimonio y la destrucción de sus pueblos, después de la invasión de Armenia Oriental en 1918, después de tantas otras cosas, los armenios volvieron a vivir la pesadilla de la muerte y las llamas en 1922.
La sombra del Genocidio Armenio no ha desaparecido. El mundo no puede, no debe permanecer en silencio ante esta nueva agresión de Azerbaiyán.
La historia no debe repetirse.