¿Cuál es la organización ideal para la Europa actual, enfrentada como está con el problema de las futuras incorporaciones de estados, ellos a su vez, procedentes de antiguas uniones en aquella otra alejada mitad oriental continental?
Para responder a ello partiremos de una premisa fundamental dual: pensar en el interés transnacional, que ese era el ambicioso propósito inicial de la Unión Europea cuando se constituyó y a la vez adoptar una difícil perspectiva capaz de reequilibrar estados existentes separados y los futuros incorporados. El mecanismo afecta, pues, al ente receptor como a los candidatos a entrar por igual.
La Unión Europea acaba de invitar a diecisiete estados, geográficamente europeos aunque alejados del núcleo central, a una reunión a primeros de octubre que va a celebrar el Consejo Europeo, un organismo que se dota a sí mismo de mucha flexibilidad, y en donde antes siquiera de empezar tienen ya un problema y es que no saben muy bien cómo van a llamar al acontecimiento, si plataforma, si foro o si estructura sin más.
El caso es que pretenden juntar partes diversas que están dentro y están fuera y como después de reunirse con tanta informalidad tampoco habrá, según fuentes europeas, explicaciones pertinentes, nos quedaremos tal cual para poder vislumbrar algo que nos pueda orientar.
De la misma manera que cuando se intentó la primera vez en 1953 formar una comunidad política en Europa occidental y se dudaba acerca de la denominación, entonces entre federación y confederación, ahora también se duda pero se ha rebajado bastante la opción, que ha quedado en una cuestión menor de organización.
La comunidad política europea no se planteó entonces tampoco directamente como tal sino que iba incluida dentro de una comunidad de defensa, para la cual en el tratado redactado al efecto que luego no fue ratificado, se introdujo un artículo intruso como su núcleo originario, pero como fracasó la de fuera también la de dentro decayó.
El susodicho artículo 38º decía que estudiaría la constitución de una asamblea democrática, los poderes que se le concederían y las modificaciones que se harían en el resto de las instituciones. Tal comunidad se inspiraría en unos principios consistentes en que la organización definitiva que sustituiría a la provisional se concebiría de manera que sería una estructura federal o confederal con separación de poderes. Igualmente añadía que estudiaría los problemas de coexistencia entre los organismos de cooperación presentes o futuros.
Ahora en 2022, según la idea original formulada por Francia, la comunidad política estaría centrada en valores pero ocupando ámbitos mayores, respetaría la geografía y mantendría un equilibrio entre unidad e integración. Dice concretamente Macron que “permitiría a las naciones democráticas europeas que suscriben nuestros valores básicos compartidos encontrar un espacio nuevo para la cooperación política, de seguridad. con la energía, el transporte, las inversiones, las infraestructuras, el libre movimiento de personas (..) Y unirse no prejuzgaría necesariamente la futura accesión a la Unión Europea (..) Reuniría nuestra Europa, respetando su verdadera geografía sobre la base de sus valores democráticos con el deseo de mantener la unidad del continente y preservar la fuerza y ambición de nuestra integración.”
Según dice Aldous Huxley en “Fines y Medios”, lo ideal opera como condición previa de la comprensión de lo real y si lo primero faltase, o fuera simplemente nominal, lo segundo se transformaría en justificación sin más.
El origen de la Unión Europea fue el fracaso de la organización común de defensa, y de rebote de la comunidad política embebida en ella. En un mundo feliz las cosas funcionan de reverso: la planificación lleva al caos y el caos al acuerdo.