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TRIBUNA

'Iván el terrible', de S.M. Eisenstein: ¿Anatomía del poder en Rusia?

miércoles 19 de octubre de 2022, 19:19h
Actualizado el: 19/10/2022 19:28h

Tras haber realizado La huelga (1925), El acorazado Potemkin (1925), Octubre (1927) y La línea general (1929), Serguéi Mijáilovich Eisenstein se convirtió en el gran director de prestigio del régimen soviético, el creador de una nueva forma de entender el cine que fuera en paralelo a esa construcción del “hombre nuevo” que los bolcheviques pretendían realizar. Sin embargo, tras marchar, en el período 1930-1932, primero a Europa, a Estados Unidos después y, finalmente, a México (donde estuvo trabajando en un ambicioso proyecto, titulado ¡Que viva México!, que tuvo que abandonar sin concluir y del que solo nos han llegado montajes no realizados por el director), su regreso a la Unión Soviética estuvo marcado por una aguda desconfianza hacia él por parte de las autoridades, la cual dificultó enormemente todo su trabajo posterior. Le impidieron terminar el rodaje de El prado de Bezhin y no puedo evitar el pesar que lo ocurrido posteriormente con Alexander Nevski (1938) llegara a inspirar algunos de los pasajes de 1984 de George Orwell. Estrenada el 1 de de diciembre de 1938 en su país, su trama narraba cómo el héroe protagonista lograba derrotar en el siglo XIII a los Caballeros Teutónicos del Sacro Imperio Romano Germánico, quienes intentaron invadir la República de Nóvgorod, siendo muy difícil no interpretar el film como una metáfora de los afanes expansionistas del régimen nazi. La firma del pacto de no agresión germano-soviético el 24 de agosto de 1939 convirtió la película en una obra altamente inoportuna y solo la posterior invasión alemana el 22 de junio de 1941 provocó un giro de ciento ochenta grados e hizo que se convirtiera en un ejemplo de film patriótico que pudiera servir para levantar la moral bélica del país y, por ello, fue ampliamente divulgado. Pero fue con la realización de Iván el terrible cuando Eisenstein se vio realmente sometido a unos desconcertantes y brutales bandazos debido a la ambivalente percepción, entre la rendida admiración y el punzante recelo, que los jerarcas del régimen tenían de su figura.

En principio, Iván el terrible (cuya primera parte fue rodada entre 1942 y 1944 en Kazajistán) no tenía por qué ofrecer muchos problemas para las autoridades: contar la historia de Iván IV de Rusia (1530-1584), quien batalló contra la aristocracia feudal dominante (los boyardos), centralizó el poder ruso en Moscú y amplió en varias contiendas bélicas las fronteras del país, podía ser presentada al público como la alabanza a un personaje histórico de referencia que podía servir de ejemplo en la guerra en que la URSS estaba inmersa con Alemania. Sin embargo, si el guion se ajustaba perfectamente a dicha idea, el tratamiento visual añadía una inquietante dimensión adicional que matizaba enormemente este punto de partida. Porque, conforme avanzaba el metraje del film, la imagen del protagonista se iba transformando para reflejar los progresivos deterioro, degradación y envilecimiento que el monarca iba sufriendo a la par que estaba llevando a cabo sus sangrientas batallas políticas, a la vez que el dibujo de su perfil iba convirtiéndose, poco a poco, en el de una inequívoca ave rapaz. Si, en principio, se podía equiparar la figura del heroico zar Iván con la de Stalin como defensores de la nación en trances históricos complicados, la evolución visual del personaje que trazaba el director convertía esa equiparación en un arma de doble filo que podía derivar en interpretaciones muy incómodas para el poder establecido. Aunque la película recibió premios y distinciones oficiales, la segunda parte del film (titulada La conjura de los boyardos) se rodó entre 1944 y 1946 pero fue prohibida por las autoridades (a Stalin no le gustó en absoluto el retrato que en ella se hacía del zar) y Eisenstein no pudo verla proyectada en vida ya que falleció en 1948 y la película no llegó a estrenarse hasta 1958 (es decir, dato importante, dos años después de que Nikita Khruschev leyera ante el XX Congreso del PCUS el famoso informe denunciando los abusos cometidos por Stalin). La tercera parte que cerraría la trilogía comenzó a filmarse pero el rodaje fue interrumpido y solo ha logrado sobrevivir una única secuencia, la cual, por cierto, fue restaurada en el año 2017 por el realizador de origen valenciano afincado en Málaga Fran Kapilla.

Si en los años posteriores se tendió a interpretar el díptico formado por las dos partes de Iván el terrible como una metáfora velada y retorcida del estalinismo, lo que al espectador actual le sorprenderá es que las palabras y proclamas del monarca protagonista guardan un desasosegante paralelismo con los discursos que Vladimir Putin ha solido brindarnos en los veintidós años que lleva ejerciendo como máximo mandatario de Rusia. Iván el Terrible, en su ceremonia de coronación, afirma: “¡Que la tierra rusa sea una a partir de ahora! (…) Pero para mantener la tierra rusa bajo un poder único, debemos ser fuertes. (…) Necesitamos un poder fuerte, para doblegar a los que se oponen a la unidad del estado ruso. Pues solo un estado fuerte en el interior puede también ser sólido en el exterior. Porque la tierra de nuestros padres tiene los miembros partidos por los codos y las rodillas. Los cursos superiores del Volga, del Dvina, del Volkhov nos pertenecen (lo dice con lágrimas en los ojos). Pero en sus desembocaduras reinan extranjeros. Unas tierras que siempre pertenecieron a nuestros padres, han sido separadas de nuestra tierra. Recibimos la corona para reinar también sobre esas tierras rusas que por ahora están sometidas a otros estados. Ya han caído dos Romas, la tercera, Moscú, sigue en pie. ¡Y no habrá cuarta!”. Todas las frases (pronunciadas en inamovible posición vertical, tan solo moviendo los ojos a izquierda y derecha para sopesar la reacción a las mismas) guardan una más que íntima conexión con las doctrinas de los principales filósofos de cabecera del actual régimen de Moscú tales como Iván Ilyín o Alexánder Duguin y sus ideas sobre la creación de un fuerte poder central alejado de las concepciones democráticas occidentales, las amenazas constantes al país provenientes del exterior y el destino histórico de Rusia como nación líder de la cristiandad. “No puede haber imperio sin terror. Como montar un caballo sin riendas, es un reino sin terror” dice el zar en otro momento de la película, máxima que podría servir de retrato descriptivo de la realidad rusa de las dos últimas décadas sin cambiar una sola coma. Ya al final de La conjura de los boyardos, cuando Iván IV ha acabado con todos sus opositores, sus palabras no dejan lugar a la duda: “Los enemigos de la unidad de la tierra rusa han sido vencidos. ¡Nuestras manos son libres! A partir de ahora, la espada de la justicia resplandecerá contra los que dañan desde el exterior la grandeza del estado ruso. ¡Protegeremos Rusia!”. Una vez liquidada toda oposición en el interior, el siguiente paso es la expansión exterior con el argumento de que lo que se está haciendo, en realidad, es proteger al país. Ni más ni menos, ese es el argumento que ha empleado Putin a la hora de invadir Ucrania.

Podemos imaginar que, de cara a la construcción de la historia, Eisenstein se permitió ciertas libertades formales con el fin de adaptar el estilo de la oratoria del protagonista a la mentalidad imperante en el momento de realización de su película. Pero lo que resulta verdaderamente llamativo es que las ideas que dejó reflejadas en boca del monarca dejan traslucir una ideología que coincide con la que domina en el actual régimen ruso. Podemos pensar que dichas ideas son las que se desprenden de la actuación de Iván IV, son las que guiaron la actuación de Stalin y las que, en los momentos actuales, rigen la acción política de Putin. Es decir, en cinco siglos habría una preocupante línea de continuidad en la que cambian los modos de expresión pero apenas los principios que articulan la acción política. Las implicaciones de ello son trascendentales. Si creemos que las civilizaciones pueden cambiar con el tiempo y converger en unos principios comunes que les lleve a una convivencia sin guerras ni enfrentamientos, podríamos pensar que Immanuel Kant podía llevar razón en lo que afirmaba en Sobre la paz perpetua. Si, en cambio, concluimos que las civilizaciones se rigen por directrices difícilmente modificables con el paso del tiempo, a quien, al final, habría que escuchar es a Samuel P. Huntington y su Choque de civilizaciones. La evolución de la coyuntura internacional, por desgracia, parece apuntar a la segunda de las posiciones. La invasión de Ucrania, las tensiones en torno a Taiwán y el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán son los primeros signos de esta alarmante deriva.

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