Amor Towles (Boston, 1964) ha señalado que el viaje es fundamental en las letras de Occidente, empezando por la literatura clásica con la Odisea de Homero. Precisamente un viaje es el que se desarrolla en la última novela del autor norteamericano quien, tras dedicarse a las finanzas durante más de una década, decidió cambiar de rumbo, empezar el “viaje” de la literatura. Y su decisión fue muy acertada a tenor del éxito obtenido con sus dos novelas anteriores, Normas de cortesía y Un caballero en Moscú. Con La autopista Lincoln lleva el mismo camino, lo que no es de extrañar pues nos sirve una obra de indudable atractivo.
Si el periplo de Ulises de regreso a Ítaca dura diez años, diez son también, aunque en este caso días, el tiempo del viaje desde Nebraska hasta Nueva York que, en junio de 1954, emprenden cuatro muchachos sin padres ni apenas familia. Uno de ellos, Billy Watson, sueña con ser un Ulises o un Simbad modernos. Su madre está desaparecida, su padre ha muerto, y la casa va a caer en manos del banco. Llevaba tiempo pensando en la gran escapada, y ahora le llega la oportunidad. Su hermano mayor Emmet regresa después de haber estado internado por cometer un crimen no intencionado, pero por el que ha tenido que pagar, como le explica el alcaide al acompañarle a su casa: “—Lo que quiero decirte, Emmett, es que tú no eres uno de ellos. No hace mucho que nos conocemos, pero por el tiempo que llevamos juntos sé que la muerte de ese chico supone una pesada carga en tu conciencia. Nadie piensa que lo que sucedió aquella noche sea el reflejo de una maldad intrínseca o una expresión de tu personalidad. No fue más que un horrible producto del azar. Aun así, como sociedad civilizada, exigimos que incluso aquellos que han participado de manera involuntaria en el infortunio de otros paguen algún tipo de castigo. Como es lógico, el cumplimiento del castigo sirve, en parte, para satisfacer a quienes han sufrido el embate del infortunio, como es el caso de la familia de ese chico. Pero también exigimos que se cumpla por el bien del joven que fue agente del infortunio. Porque, al tener la oportunidad de saldar su deuda, él también puede hallar consuelo, cierta sensación de redención, y así iniciar el proceso de renovación. ¿Me comprendes, Emmett?”.
Así, Billy y Emmett, a bordo de un destartalado Studebaker Land Cruise, tomarán la larguísima autopista Lincoln que pasa por más de setecientas ciudades. Pero no irán solos. Se les unen inesperadamente Duches y Woolly, conocidos de Emmett. Y en el viaje irán apareciendo más personajes tan variopintos como singulares y numerosas historias.
Un Bildungsroman viajero, cargado de no pocas sorpresas, en el que sus protagonistas descubrirán muchas cosas, quizá la más importante, a sí mismos. Amor Towles narra con nervio y precisión.