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TRIBUNA

Varsovia, por ejemplo

domingo 06 de noviembre de 2022, 19:22h

Cae la nieve. La conversación ha de cambiarse por tanto. Lo que se estaba diciendo desaparece para centrarse en los copos que se deslizan al otro lado de los cristales, en el patio de un edificio céntrico. La tierra de los maceteros va disfrazándose de armiño. Surge la risa por lo inadvertido; qué menos, se ha ido todo al traste. De fondo musical, algo jocoso, como Dizzy Gillespie, si no resulta demasiado esnob. Mueven las cámaras de sitio y el documental continúa. El escritor barcelonés se coloca de espaldas a las ventanas que reclaman se las mire incondicionalmente, y haciendo gala de sus gustos pasaventeros, cuenta sobre un viaje a Polonia. El telón de acero. Un hijo de Lenin que se ganaba la vida dando charlas en las cárceles, diciendo que la libertad estaba allí dentro y los de fuera eran los presos; en los sanatorios mentales, diciendo que la cordura estaba a salvo entre esas paredes, al contrario que en el exterior, ese loco mundo. Ganarse la vida diciendo lo que la gente quería oír y sin que nadie oliera el cuerno quemado. Digno de aplauso. Una nota de saxo se revuelve y da volatines en la partitura que tras el monólogo prosigue. El escritor habla pero lo centelleante ya ha pasado. Cambiemos de nuevo.

Una invitación a varios escritores, con los gastos pagados por el gobierno, para unas estancias en varias ciudades polacas. Invierno, así seguimos, y con más escritores en este caso. Los egos se echan a temblar igual que las fascinaciones por las ciudades. El que nos concierne, de origen navarro en este caso, habla de su estupefacción por verse incluido en la nómina y tardar catorce años en ocurrirle un viaje parecido. Uno de sus acompañantes presumía de tener una tarjeta en la que rezaba travel writer. En la calle Florianska compró un millefiori, obsesión desde la infancia; su belleza lo demuestra y justifica. Era un ambiente raro, nos dice, con mucha gente de aquí para allá con bolsas de plástico en la mano, vendiendo, comprando o apañando. Vodka que se buscaba pero te ofrecían sellos. Algo de caviar también hubo, regalado en una ‘noche chunga’. Silencio, más nieve.

La parada última, terminus de esta remembranza viajera sin salir de los límites de la hoja de papel. En un programa de radio, hace varios meses, la entrevista a un integrante de la orquesta filarmónica nacional. Fue diferente la intimidad que se creó en el estudio, en la retransmisión y en uno que escuchaba atento. La música clásica, que es el repertorio habitual y pocas veces interrumpido salvo por las informaciones que se dan de las piezas, dio paso a unos testimonios de aquel músico español en el conjunto polaco. La voz era de agradecimiento por permitirle hablar de ello a los oyentes y más por cerciorarse a cada palabra dicha de su suerte, por su oficio y situación en ese país, en el hecho de formar parte de ese organismo artístico y la tradición que representa a nivel mundial. Pero lo global nada importaba mientras hablaba ―era tal mi grado de abstracción que nada me hacía pensar se estuviera dirigiendo a otros tantos como uno, en el mismo acto de prestarle atención―. El triunfo de esa intimidad estaba en él relatando escenas callejeras de la ciudad, de sus costumbres, de la historia y la dedicación de esa orquesta. La música, que era un elemento más del tejido urbano y del sentimental de sus habitantes. Pocas esquinas, pocos actos, que no recordasen que esa era la villa de Chopin. Notas de piano en la memoria de tantas gentes. No duró mucho ese inciso. El programa volvió enseguida a su cauce. Pero algo no siguió del mismo modo. Quizá ese retazo de vida, como los nombrados en las líneas anteriores, era de los que hace cuestionarte si la propia no esté siendo vivida debidamente. Dudas que deja el lado turbio de la belleza. Pasan rápido. Miras a otro lado y cambias, una vez más, de tema. Cae la nieve.

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