Al lado de ese tropel de cables que pasa por los montes Torozos y que surte de electricidad a Castilla la Vieja empieza a generar cultura de un tiempo a esta parte la Casa Grande de la Fundación Godofredo Garabito Gregorio, en la localidad vallisoletana de La Mudarra. Y la llevan con mucho tino y dignidad dos colegas que le tienen pasión a este oficio: a saber, Guillermo Garabito, presidente de dicha institución e invitante a tan egregia posada, y su mano derecha y factótum, Jorge Francés. En el barroco de los salones tenues de la casona mesetaria y en el jardín de música y cóctel, nos hemos reunido unos cuantos del columnismo para discutir sobre nuestra influencia –o no– en los asuntos públicos, que se nos han polarizado, y de paso rendirle merecidísimo tributo al maestro Garci, al que se le ha hecho entrega de una preciosa escultura y se le ha nombrado patrono de honor. El cine de Garci no es sino un trozo glorioso de las cuatro últimas décadas, filmado con esa claridad del artista, y ver su cine es comprar un billete para el viaje de vuelta a nuestra historia.
Por qué entonces y ahora el periodismo y el columnismo tienen arraigo en nuestra región es algo que cada convocatoria tratan de descubrir nuestros amigos entre árboles que tocan el cielo castellano y las tardes lentísimas de palabras y recuerdos. Si es o no una religión, podría constituir un ulterior debate, pero lo que sí es el columnismo es una vocación y, si se ejerce como se debe, de corte imparcial e incluso diríase que liberal, mimbre de oro sobre el papel y ahora en digital, que lo es menos, aunque también. En esta otoñada, con sus dones y primeros fríos del invierno, así lo han rubricado David Summers, Ángel Antonio Herrera, Carmen Ro, Jesús García Calero, Juan Fernández Miranda, Ana Martín, José Peláez, Ramón Palomar, Javier Menéndez Flores, Jesús Úbeda, José María Nieto, Luis Herrero, Beatriz Manjón –mujer elegantísima y sosegada con la que tuvimos el gusto de debatir– o Carlos Aganzo –que además es poeta máximo y laureado–, entre otros artistas, plumillas y plumazas. En la Fundación Guillermo y Jorge nos explican, frente a unos vergeles y un puñado de flores y jarrillos, por qué la vida rural, digo, tan lejos aparentemente de la informática, va tomando cuerpo en nuestra tierra; con esta música de vidas tan azacaneadas como las de los periodistas que, insomnes, nos movemos entre el retrato y la crónica, laminados de mala-buena vida, intensos de trajines y hastiados de política. Ese es el arcano que planea, el entresijo y zarajo de esta vida social que en la Fundación levantan con ilusión, entre vírgenes antiguas y firmas modernas, fotos del abuelo Godofredo –poeta, académico y diputado provincial– vasijas ancestrales y copas de vino joven escanciado por los nietos, que son muchos. Algunos, a manera de primera necesidad, antes de los cócteles, nos refugiamos el sábado en Medina de Rioseco ante el avance de la noche insolente y las vaharadas de frío, a entrar en calor y a regalarnos con unas mollejas y unas chuletas de lechazo para reconfortar cuerpo y alma, en una de esas bodegas de luz vivísima, cumbre inversa de los gourmets de plato minimalista y mucha tarjeta de crédito.
La escritura en prensa, como las películas que hace Garci, acaso sea una forma de detener el tiempo, de inmortalizar el baile de máscaras de la gran ciudad y frenar de alguna manera la hemorragia posmoderna, plena de urgencias y tiranías del “clickbait”. Ver allí al cineasta y creador de Asignatura pendiente, Solos en la madrugada, Asignatura aprobada, El crack o Sesión continua, ganador del Óscar de la Academia de Hollywood por Volver a empezar, recordando la Seminci de antaño –y, las columnas de Alfonso Sánchez, Manuel Alcántara o David Gistau, pertenece al orden de los milagros, a toda esa verdad que iluminamos a la luz inversa de nuestras antorchas de tinta, renovando así esa condición de notarios de la realidad, tan incómoda para el Poder: animales de fondo agazapados tras ventanas y cortinas, en salones donde se cruzan alfanjes previsibles. Que se vengan muchas ediciones más de estas, en la llama verde de Castilla, donde el periodismo reflorece, donde empieza y acaba la melé de Delibes, por ejemplo. El transcurso de un fin de semana de fiesta así lo ha rubricado, a la conquista de la excelencia en esta profesión, que no es otra cosa que aunar voluntades, como rubrica el sabio lema de nuestros anfitriones.