¿Y si, algún día, impactara de verdad un misil adverso en territorio OTAN? ¿Y si los efectos de una explosión nuclear u otro tipo de actuación bélica –no propia- alcanzaran, de uno u otro modo, ámbito aliado? ¿Tendríamos que responder, ya fuera deliberado o accidental este daño, y… cómo? Acaso, salir al paso de ciertas agresiones reclama poner en marcha una dinámica bélica de determinada naturaleza o alcance. Pero ¿no es preferible soportarlas a caer en la provocación?
Estos días, ante el temor a ciertos sucesos, muchos nos hemos preguntado cómo se debería reaccionar. Ahora bien, las preguntas mencionadas comportan un nivel de reflexión filosófico. La filosofía puede, entonces, aportar algo concreto en esto.
Filosofar ayuda, socrática y mayéuticamente, a que nos formulemos las preguntas pertinentes. Y no cualquiera de estas, sino las que cabe estimar como de mayor calado o relevancia. Así, la prudencia, tan recomendada por pensadores como nuestro discreto Gracián, nos invita, ante estas situaciones de tensión, primero, a interrogarnos en torno a las consecuencias de una determinada acción. También, nos mueve a articular una respuesta que integre entre sí los diversos principios en juego -como la legítima defensa, la mutua contención, la proporción en el uso de la fuerza o la no intervención para la evitación de escaladas en los conflictos-. Sin embargo, la filosofía no se contenta con esto, y levanta cuestiones de gravedad y fondo; por ejemplo, las relativas a las implicaciones humanitarias, morales y sociales de toda actuación.
Durante mi formación filosófica aprendí -de pensadores como Marco Aurelio, Séneca o Boecio- que, cuanto más nos apremian las circunstancias, cuando lo impulsivo se apodera de las personas a lomos de unos acontecimientos desbocados, más necesario se hace el cultivo de la serenidad. A López Quintás le escuché que, en situaciones de crisis, lo que debemos procurar es pensar con alcance y hondura, desde la pausa y la cautela, antes de desplegar cualquier reacción. Nos advertía que el propio término “crisis” –lo que se vive sucesos de esta clase- emparenta con “cribar” -a través de la raíz indoeuropea de “kri”-, y que esto conecta con los verbos de juzgar, evaluar, discernir. Así pues, en las crisis, hay que ponderar y meditar, forjarse una visión –a lo orteguiano- de perspectiva y conjunto o global.
Dado que ejerzo como profesor de filosofía, se entenderá que recoja aquí estos interrogantes y consejos. Sabio se juzga el prepararse ante lo posible, mediante la reflexión, y una reflexión profunda. Por eso, invito a todos a la práctica y la formación filosóficas. No abogo solo en favor de esa máxima de la prudencia consistente en pararse a pensar antes de actuar. También me atrevo a recomendar una formación filosófica para los integrantes de nuestras fuerzas de defensa y seguridad. Porque está bien pensarse las cosas dos veces al decidir, pero más necesario es hacerlo con proyección, no coyunturalmente o para salir del paso. Y esto, nunca es fácil ni se improvisa, requiere formación, y formación filosófica. Esta es la que mejor adiestra en el pensar con un criterio maduro (Balmes). La capacidad –competencia- filosófica no ha de ser, claro, exclusiva de quienes son responsables de nuestra defensa, sino que debe alcanzar al conjunto de la ciudadanía en una democracia. Pero, inexcusablemente, una cultura de defensa fecunda, para decirlo sin tapujos, ha de implicar también el aspecto filosófico y humanístico. ¿Cuentan con ella o no nuestros militares y profesionales de la seguridad?
Hoy, las principales organizaciones empresariales y culturales proclaman apreciar lo filosófico (como en el libro: Si Aristóteles dirigiera la General Motors). Vivimos tiempos en los que la complejidad e interdependencia exigen madurez reflexiva. Rodríguez-Arnáiz subraya nuestra inherente condición ética o responsable. La formación ética enriquece a los profesionales como personas, pero también mejora sus equipos y su cooperación e inter-acción. Tal vez sorprenda, pero ahí va la pregunta: ¿quiénes nos defienden tienen una formación ética robusta?, ¿conocen o no qué une y que distingue a los seres humanos? Aquel que no conoce a los hombres, no puede aspirar a protegerlos ni a enfrentarse a ellos adecuadamente cuando procede. La inteligencia militar no es un oxímoron, sino algo imprescindible que comienza por conocer certeramente la humana condición (personal, relacional, vulnerable).
Hoy, más que nunca en la historia, precisamos de guardianes-filósofos, según anheló Platón. Aristóteles formó a Alejandro, y este encarnó el que todo estratega ha de tener algo de filósofo. Los pujantes orientales nunca lo han ignorado, y Sun Tzu lo recalca en su Arte de la guerra. Pues bien, en este tiempo, el arte de la guerra va unido al de la paz, la comunicación y la inteligencia. Todas estas artes crecen al incorporar lo filosófico.