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Superaremos a Francia

José Varela Ortega
jueves 09 de octubre de 2008, 00:26h
En renta per capita en tres o cuatro años y, a pesar de que esto no lo quiere ni oír mi amigo Sarkozy, es así –declamó ufano el Presidente del Gobierno español ante una audiencia de empresarios y financieros en Nueva York. El esperpéntico chascarrillo me trajo a la memoria una anécdota histórica, desprendida de alguna de las biografías de Mussolini, pero ilustrativa a los efectos. Al parecer, cuando el Duce declaró la guerra a los EE.UU., en Diciembre del 41, un diplomático italiano, profesional, experimentado y, sobre todo, viajado, exclamó, entre espantado y desconcertado: pero este hombre, ¿no habrá visto nunca una guía de “Páginas Amarillas” de Nueva York?. Tan plúmbeo ricino no parece bálsamo adecuado para las carencias que sufre el señor Zapatero. Pero, en cualquier caso, nuestro Presidente no precisa de tal mamotreto para reubicarse en la realidad de un mundo que se extiende un poquito más allá del Reino de León. Para empezar –causa sofoco tener que recordar algo tan elemental- ese tipo de comentarios de adolescente no se hacen ante un público profesional y esas comparaciones no se formulan porque carecen de todo sentido –entre otros, de sentido económico. Y, si se pretende que tengan alguna efectividad, debe desprenderse como conclusión de la audiencia, resultado de una exposición seria y sobria del presentador.

Con todo, el asunto está en la brabuconada de la desmesurada comparación. Alguien debió explicarle en sazón al señor Zapatero que los financieros a los que se dirigió en Nueva York son criaturas –ni mejores ni peores pero- de diferente condición a las de un casino de provincia. Afortunadamente, a la bochornosa reunión sólo acudieron dos Presidentes de las numerosas empresas invitadas –en algún caso porque habían desaparecido, como Lehman Brothers, en la mayoría porque la cita se había concertado tarde mal y nunca. Pero, incluso los directores del área internacional, son gentes que si algo conocen de Europa –además de Inglaterra y Alemania, claro es- son países como Italia y, sobre todo, Francia. Y no sólo por razones de oficio, que también. La fascinación que tienen los americanos de cierto nivel por Francia y París es conocida: “los americanos buenos, cuando mueren –ironizaba Oliver Wendell Holmes, hace cosa de un siglo- van a París”. Y, en efecto, el americano de posibles es parte del paisaje urbano parisino desde tiempo inmemorial: frecuentan el Hotel Bristol o el Meurice, se les ve cenando en L’Espadon o en Lucas Carton, en alguna representación en l’Operá Garnier, comprando antigüedades en el Carrefour du Louvre o pujando en alguna subasta del Druhot, al punto que el número de americanos que visita el Louvre es mayor que el de franceses. Cifras que sorprenden menos tras la antológica exposición que organizó el MOMA hace pocos años, Americans in Paris, 1860-1900 –cuyo patrocinio viene al caso porque corrió a cargo del Bank of America. Desde el delicioso recorrido de Henry James por la Francia provinciana de la III República o el popular musical de Hollywood, Un americano en París, los viajeros americanos –y los financieros de ese nivel suelen serlo- conocen bien el lugar y, fuera de diferencias políticas, profesan por el mismo una admiración quizá exagerada pero que ahí está. Desde Benjamín Franklin, Jefferson o Thomas Paine, pues, las comparaciones que se proponen sobre el país vecino ante americanos del Este deben hacerse con algunas precauciones –salvo que uno quiera provocar, como fue el caso, las sonrisas apenas disimuladas de la audiencia de los ajenos y el sofoco de la de los propios.

Especialmente, cuando los términos de comparación son los que son en la realidad de los hechos, siempre menos caprichosa que la virtualidad de los sondeos. Basta con mirar un poco, señor Presidente. No hace falta alejarse mucho de la frontera para darse cuenta que los campos de maíz, incluso antes de llegar a Burdeos, son cosa distinta de los del valle del Órbigo, la arquitectura civil, las bibliotecas de los pueblos y los libros que se custodian en tantas casas francesas, otra cosa que lo que puede encontrarse en el Bierzo. De modo tal, que la cuestión no está en unos cuantos miles de dólares per capita. La diferencia es cosa de dos siglos en que nos ensimismamos y despistamos un poco: casi todo el XVII y tres cuartos del XIX. A los efectos, haga vd. una sencilla prueba de contraste, señor Presidente. Compare el género de objetos que se vende en los anticuarios de algún pueblo de su provincia. Con frecuencia, los regentan gitanos con la misma capacidad con que, hace poco menos de medio siglo, traficaban mulas y asnos. Un progreso evidente. Pero la mayoría de las piezas que se comercian –independientemente de su valor e interés, que lo tienen- son de naturaleza religiosa y remota, mientras que lo que se encuentra en un brocante de un pueblo francés equivalente son objetos que reflejan una vida urbanizada rica entre el seiscientos y el novecientos. No me tengo por un adorador acrítico del país vecino y hay pocas cosas que me resulten más irritantes que un francés en vena pedagógica, con el dedito levantado e impartiendo lecciones no solicitadas sin distinguir lo racional de lo razonable. Pero el mayor progreso consiste en reconocer la realidad. Y la de Francia es de otro nivel: juegan en otra liga, donde rigen políticas serias de Estado, sin retórica de “civilizaciones” –que Levi Strauss llamaba con propiedad “culturas”- ni onegés.

Tras los disparates y desastres heredados que todos tenemos in mente, aquí, señor Presidente, hemos hecho buena letra y avances prodigiosos en el último medio siglo, precisamente porque hemos manejado con cierta mesura y buen sentido nuestro fracaso colectivo. De esta suerte, si queremos seguir progresando, en las cifras y en la imagen que proyectemos en el extranjero, deberíamos porfiar en la senda del sentido común, del perfil bajo y de la discreción, alejándonos de l’espagnolade y la rodomontade: la caricatura ridícula del Capitán Araña español en el teatro clásico francés, fanfarroneando con la espada enmohecida y la capa raída. Sobre todo, viniendo de un país como España, que desde los tiempos remotos del “Gentelman’s Tour” del Dr. Johnson, no tiene una imagen particularmente seria y progresiva -fuera de la sangre en la arena y en la Guerra Civil.

Cada cliente tiene su venta. Y, en un escenario falto de confianza y liquidez, en la venta económica de España –que, a juzgar por nuestro défit comercial, necesita angustiosamente atraer capital exterior- sobran bromas y arrogancias. Más bien se precisa sosiego, modestia y prudencia. Y cautela, mucha cautela. El viajar –advertía Cervantes en el Persiles- hace a los hombres discretos. Y, como los presidentes también son hombres, quizá fuera rentable para la suerte de los ciudadanos que se destinara una partida del presupuesto para pasear a nuestros políticos antes de asumir sus cargos. Pero, al revés del Japón Meiji, no tanto para ver e imitar, cuanto viajes –sin coche ni avión oficial- como escuela de futuros presidentes.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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