Lleva razón Lynn Hunt en su reseña del libro de Olivier Zunz, “El hombre que entendió la democracia: la vida de Alexis Tocqueville”,(The man who understood Democracy : The life of Alexis De Tocqueville) que acaba de aparecer en la New York Review of Books: poco material tan apetitoso, rico, y contradictorio, para una biografía como la figura de Alexis de Tocqueville: un aristócrata francés que dio la bienvenida a la democracia, mostrando a los Estados Unidos como su ejemplo; un cosmopolita casado con una inglesa en el mundo anglosajón que era un ferviente nacionalista; un antiesclavista que defendió la colonización francesa de Argelia a pesar de sus métodos, y cuyo colaborador principal fue Gobinau, el adalid de la supremacía blanca; y un hombre de constitución débil capaz de intricarse a lomos de caballo en el norte de Michigan para ver a los nativos americanos y los nuevos colonos por sí mismo. Añadamos su condición de testigo de los sucesos revolucionarios de 1848, su breve experiencia como ministro de exteriores y parlamentario. Murio joven a los 53 años de tuberculosis.Tocqueville vivió su corta vida, señala Olivier Zunz, entre dos grandes tragedias que no presenció personalmente: el terror revolucionario en Francia que diezmó su familia aristocrática y la guerra civil americana que casi acaba con la República americana que había tomado por modelo. Si hubiese vivido una docena más de años habría presenciado, como Marx, la guerra de clases de 1871 que temió pudiese devastar a Francia en 1848. Estos sucesos no harían sino certificar lo difícil de la reconciliación de la democracia, o de la igualdad en su vocabulario, y la libertad.
Seguramente la obra de Tocqueville no se entiende sin su consideración bajo el prisma nacionalista. El nacionalismo explica el motor de su escritura, también algunos de sus defectos como su defensa sin matices del colonialismo. Sin duda la contribución más importante a la sociología de Tocqueville en La democracia en América puede consistir en la reflexión que lleva a cabo sobre las bases de la nación democrática y constitucional. La Sociedad en la que piensa recaba la contribución participativa de cada ciudadano: un proyecto, dice Zunz, revitalizado y fortalecido en sus instituciones sin cesar. La democracia no puede nunca darse por sentada.
El sistema americano, del que el solo pretendía estudiar el modelo carcelario junto a su colega, el asimismo joven magistrado Gustave de Beaumont, dejó atónito a Tocqueville.¿Cómo se las habían arreglado los americanos para hacer una revolución que estableció un gobierno constitucional libre y estable, cuando los franceses llevaban 41 años pasando de la monarquía absoluta a la monarquía constitucional, de la declaración de la República al terror y el asesinato en masa; para después añadir de la autocracia napoleónica a la restauración de los Borbones, luego otra revolución y la instalación de la monarquía constitucional orleanista?.
¿Por qué los americanos pudieron y los franceses no?. La disposición al orden y la cooperación en el caso americano, no se daba en el caso francés, cuya formación nacional reposaba en el papel de la monarquía centralizadora con una aristocracia venal , decorativa, y opresora de los campesinos. En Francia la aristocracia carecía de utilidad, pues para incrementar su autoridad el monarca había reducido la nobleza a la impotencia política. Para compensarla le había permitido retener e incrementar sus privilegios financieros y ejercer un opresivo poder sobre el campesinado. Esta Sociedad apática y resentida solo estaba presta para admitir la sumisión o protagonizar la anarquía. América, en cambio, es una sociedad igualitaria, participativa, activa y responsable, identificada con sus instituciones políticas, compartiendo los mismos valores que la fundan. Desde sus comienzos, muchas cosas, se trate de la frontera abierta o la ausencia del feudalismo, o el pluralismo religioso de las primeras colonias, conformaron las actitudes y crearon las capacidades que permitieron hacer a los americanos su propia revolución sin caer en la anarquía.
Tocqueville levanta acta de la sociedad que ve, de sus principios, valores e instituciones, aceptados en un obvio fondo cultural nacional. La igualdad que contempla no es igualitarismo. La igualdad de condición no equivalía a la igualdad de ingresos, educación o cualquier aspecto en particular, consistía en la ausencia de obstáculos sociales a cualesquiera ambiciones que un americano pudiese albergar (Ryan). La democracia ofrecía en América el acceso a posiciones de autoridad-incluidos los jueces- para todos sin que hubiera cargos reservados a una minoría o casta. La reducción del ámbito político territorial, facilitaba la participación: federalismo y vida local fuerte. Democracia de detalle, resumiría Azaola. El pluralismo de confesiones animaba el ejercicio de determinados derechos como era la libertad de expresión o el derecho de reunión. Tocqueville llamaba la atención sobre la existencia de una opinión pública como factor de control y legitimación de los órganos e instituciones políticas. Se sorprendía de la importancia del derecho en la comunidad y la riqueza del tejido asociativo de la misma. El resultado final era la implicación de los ciudadanos en la vida institucional, cuyas bases espirituales compartían mediante su adecuada socialización a través de la escuela y la familia.
Concluyamos con tres apuntes. Primero, la sociedad americana integra en un conjunto, culminado por la Constitución, un plano institucional y un soporte cultural, perfectamente armonizados. Se lleva a sus últimas consecuencias la reflexión sobre la cultura política, les moeurs, tan querido al pensamiento francés, desde Bodino, Montesquieu o Guizot.
Segundo, aunque la Democracia en América se pueda considerar la mejor introducción al sistema social americano, estamos ante un libro cuyo propósito es entender, por contraste, la estructura nacional de Francia. Esto no nos lo pueden ocultar gestos como el del gobierno francés regalando en el centenario del libro en 1935 un busto del autor a Franklin D. Roosevelt, según nos relata Lynn Hunt en el comentario de la NYRB que seguimos.
Tercero, la Democracia en América es un gran libro no solo porque presenta el análisis completo y sagaz de las instituciones nacionales de una democracia en auge, sino porque tiene el hálito indiscutible del autor: “He escrito una obra, escribió Tocqueville, en la que van juntos el corazón y la cabeza; y he mostrado en este trabajo un sentimiento profundamente grabado en mi corazón de amor a la libertad. Así queda expresada una idea que me obsesiona y que es el progreso irresistible de la democracia”.