Apartémonos unos instantes de las aflicciones, congojas, tribulaciones, confrontaciones y desavenencias que, cual envoltorio siniestro, recubren nuestra realidad cotidiana en este cierre del año 22 tan atrabancado; y centrémonos raudos y veloces, alegres y extasiados a contemplar la magnificencia que por esta marcada temporada navideña aflora siempre y por tal motivo, para fortuna de todos, con el ballet El Cascanueces.
Expurgando algunas ideas, hace una década escribí en el 120 aniversario, en esta su columna seguida en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico: “(estrenada) en la otrora capital de la Rusia zarista, la imperial San Petersburgo, cuyos destellos me son inolvidables al tratarse de un sitio con derroche de boato y poderío aúrico”. Añadí: “(tal portento) no es cualquier cosa, puesto que se trata de una entrañable obra clásica propia de las Navidades, apegada al cuento de Hoffmann y cuya melodiosa composición es un símbolo renovador de la alegría de vivir y del disfrute más auténtico del arte musical. A «El Cascanueces» lo descubrí casi por casualidad y, prendado de la singularísima pieza, no la he soltado”.
Y es que se cumplen 130 años del estreno, tanto de la afamada suite El Cascanueces, como de su consiguiente ballet, esa obra que acaso sea la más conocida y reconocida de Tchaikovsky, pese a que se afirma que nunca le agradó y los conocedores del mundo musical de su época no la recibieron con plácemes. Claro que ese “nunca” duró poco, ya que falleció el autor ruso al año siguiente del estreno, representándose por vez primera el aludido –para unos, el 17 y, para otros, el 18 de diciembre de 1892, en el teatro Mariinski de la poderosa San Petersburgo. Bajo un libreto estructurado por Ivan Vsevolozhsky, el encumbrado director de los teatros imperiales, en brillante mancuerna con el coreógrafo francés Marius Petipa guiando la ayudantía de su asistente Lev Ivanov y quien ya había colaborado con Tchaikovsky en el exitoso montaje de La Bella Durmiente.
Ahora leo y no sin asombro, que la obra se circunscribe al acercamiento franco-ruso de finales del siglo XIX, entre países unidos más por su antigermanismo que por el amor mutuo entre ambas potencias europeas, entonces ya tan recalcitrantemente opuestas, pero, ya se sabe, son cosas de eso que se llama los intereses imperiales. Eso explica los guiños de vestuario y musicales incorporados al famoso ballet que nos ocupa, aludiendo al gusto francés, mas solo en lo estrictamente necesario. También elucida porque se optó por basarse en el texto de Alejandro Dumas padre, su Historia de un cascanueces y no, directamente, recurriendo al Cascanueces del alemán Hoffmann, inspirador del primero.
Para Tchaikovsky fue su opus 71 y supuso ser el tercero de sus ballets. Encargado en 1891, tuvo una primera presentación como suite en marzo de 1892. Si una suite es definida por el Diccionario de la Real como “la composición instrumental integrada por movimientos muy variados, basados en una misma tonalidad”, luego entonces El Cascanueces per se, sí que lo es. Por supuesto que la pieza musical está recargada de episodios dancísticos donde llama poderosamente la atención, en mor de aludir al País de los Dulces y a la Tierra de la Nieve, la incorporación de la Danza española o del chocolate (que es de origen mexicano y no español), la Danza china o del té, la Árabe o del café y la denominada como Trepak o Danza rusa, que mi amigo Carlos Ábrego me ha contado que es posible que tal nombre evocara una simple onomatopeya por un taconazo o un simple golpe seco. Recuérdese el atrayente discurrir de los vistosos bailarines que la interpretan y es una inserción en claro homenaje al origen ruso de la obra compuesta en dos actos y tres escenas.
En un LP doble que mi padre me compró en el verano del 84, después de conocer Fantasía, de Disney, que habían repuesto en pantalla en el mes de abril anterior, y habiendo tenido así mi primer acercamiento con la obra en comento, destacaba por presentar completo el repertorio del ballet aquel, incluyendo la danza francesa o de los mirlitones y la italiana o de los polichinelas, entre tantas más. Tchaikovsky no dudó en incluir las flores y las plasmó en ese delicioso vals que las exalta y engalana melodiosamente y con una cadencia insuperable y que Disney supo atrapar estupendamente en Fantasía. No es el caso de su inclusión en la obra de Louis Clark, Atrapado en los Clásicos I, en el apartado de dedicado al compositor nacido en Votkinsk, mostrando su obra con menos gracia y arte. No me agrada. Quizá porque Clark no era Leopold Stokovski. Tal vez. Cosa muy distinta es el tratamiento que a la Danza rusa prodiga Luis Cobos en su Capricho Ruso. La incorpora magníficamente. Todo hay que decirlo.
Por su parte, me deja malamente sorprendido y patidifuso la versión de Maurice Béjart con su ballet fundado en Lausana, que rompe el esquema. Recuerdo al conductor que no pinta nada en el discurrir de la trama, reclamar que el compositor ruso omitió a la Francia en sus escarceos musicales. En desagravio, interrumpe la secuencia e introduce profano a la famosísima acordeonista francesa Yvette Horner (m. en 2018) para que se marque un aporte francés acompañada de unos bailarines que se montan un sofisticado bailable, olvidándose ya no solo de que mancilla la obra de Tchaikovsky, sino de que sí consideró, sí aludió a Francia en la danza de los mirlitones, que en algunas representaciones se baila con personas ataviadas atildadamente, muy a la francesa.
Este año en que casi he perdido la vida en un accidente automovilístico por causa de un borracho que no frenó cuando debía, envistiendo mi vehículo en octubre pasado, y cuyas secuelas aún perduran, me he montado mi árbol navideño acicalándolo con figurines alusivos a esta grandiosa obra musical. La decisión de así hacerlo es de antaño y no podía saber que en este emblemático año se produciría la miserable invasión de Rusia a Ucrania y recuerdo muy al inicio de tan infausta y devastadora guerra que alguien dijo ante la explicable cancelación de la cultura rusa en las universidades ucranianas, que Tchaikovsky no conoció a Putin. Y es verdad. Por eso he seguido adelante. Además, el afamado compositor ruso escribió su refulgente obra para la corte zarista, no para el PCUS y, menos aún, para el hoy odiado petersburgués. Peor se la pongo. Amén de montarse en distintos escenarios en México este año, tal y como ya es una luenga tradición
Pues bien, a lo largo de los años, reunidas piezas navideñas que aluden a la suite y al ballet, han encontrado estas Navidades, ocasión de lucirse como nunca. Así, mi árbol de Navidad está dedicado a la significativa obra celebrada y referida. De sus ramas de tono champaña cuelgan paramentándolo foquitos multicolores, espigadas bailarinas de ballet en sus clásicos pasos y atuendos, Cascanueces de cerámica de Delf o en hieráticas estructuras soldadescas que nos recuerdan lo feo que es el personaje, dicho sea y sin tapujos ni falsos pudores; copos de nieve cristalizados y dentellados o algunos aterciopelados en tono carmesí, con danzarines propios de las danzas más emblemáticas del ballet, la clave de Sol, el rey de los ratones, Fritz y Clara, el Hada de Azúcar, Madame Jengibre, Drosselmeier, caramelos, paletones de chochitos, helados y barquillos, todos estilosos; y huevos de Fabergé de pintorescos y garigoleados grabados y alucinantes colores homenajeando a Tchaikovsky en recuerdo de la corte zarista, ratones, piñas rosadas junto a bastoncillos con bonetillos de caramelitos finos. Ninfas con bellísimos faldones en forma de rosas en un derroche de encanto, lucimiento y remembranza por una de mis composiciones favoritas por Navidades. Frutas cristalizadas y coronas de engarzados caramelos de menta y otras de flores de Pascua enlazadas de apariencia gélida, se entremezclan con polichinelas de casacas rojas y atildados peluquines o con la reina del País de la Nieve o la del País de los Dulces, junto con el burgomaestre que cita Hoffmann, con regordetes cascabeles rematados de compuestas cintas anudando borlas, salpicándolo manzanitas fulgentes de hojas aterciopeladas verdes y tamborcillos junto a otros aderezos de órdago. La ilusión que nos depierta las Navidades, ya sabe.