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TRIBUNA

Símbolos en el lugar de trabajo

Javier Barraca Mairal
viernes 10 de febrero de 2023, 19:03h

En mi lugar de trabajo, han tenido la inmensa generosidad de asignarme una mesa propia. Está en un despacho compartido con tres insignes colegas: un dogmático nietzscheano, un intelectual socialmente comprometido y una tercera persona a la que cabría describir como una hacendosa espiritualista. Yo respeto sus firmes convicciones; pero ninguna me inspira demasiada envidia o ánimo de emulación. Por otro lado, los tres se confiesan terriblemente escépticos con respecto a las creencias… ajenas.

El primero no constituye lo que se empeña en ser; pues jamás ha criticado a Nietzsche ni tolera que esto se haga con alegría en su presencia sin ponerse oscuramente serio. Por lo que, en el fondo, nunca le ha comprendido, si bien lo reverencia como a un sagrado diosecillo de una nueva religión atea y tiene hasta un busto del teutón muy solemne con la inscripción “Dios ha muerto”. Así testimonia que no hay nadie menos nietzscheano que un especialista en Nietzsche.

El segundo insiste en que debemos ser solidarios y tomar partido por los menos favorecidos, aunque a él no se le conoce un solo gesto de ayuda a otro compañero. Esto, a pesar de su flamante foto de mesa como voluntario entre los miembros de una tribu indígena. Eso sí: suele mostrarse hiper-crítico con la sociedad consumista. Pero pocos hay que vayan tan a lo suyo como este individuo, por lo que nadie alcanza a trabajar seria y duraderamente en equipo con él. Resulta incluso huraño.

La tercera es una mujer muy laboriosa y metódica, sobre cuya mesa se ven un montón de objetos que evocan lo espiritual -como amuletos varios, minerales presuntamente sanadores, velas odoríficas, imágenes de monjes orientales y chamanes, etc.- Ella dice que no practica ninguna religión, que solo acumula tales cosas a causa de que le transmiten energía positiva y paz. Mas, luego, salta como una fiera en cuanto se la contradice en lo más mínimo y, enseguida, se le nota la obsesión por su propio beneficio económico. Pienso que cultiva un cierto utilitarismo, una instrumentalización de lo espiritual.

Ante este panorama, una pregunta aguijonea mi conciencia: “Y tú ¿qué? ¿No vas a “posicionarte”, decorativamente, en pro de tus ideas? ¿Acaso no te atreves a ejercer tu libertad de conciencia, expresión o cátedra, y situar en tu mesa algo concreto que exponga tus valores, igual que hacen los demás, aunque denuncie a la vez tus propias incoherencias?

Pues bien, lo cierto es que acabo de estrenar espacio y todavía no he tenido tiempo para que mi rinconcito personal de labor deje de permanecer “neutro” o virgen ideológicamente. No se descubre en él, aun, otra cosa que meros útiles de trabajo. Aunque esta ascética desnudez suya responde, hoy, más a un acto de legítima defensa por mi parte. De forma que, a modo de auto-afirmación, no he aceptado ninguna de las ofertas que me han hecho presurosos mis tres colegas: ni el talismán ni la copia del busto de Nietzsche en miniatura, ambos a un módico precio, ni la estatuilla de ébano que se me quiere re-vender a toda costa y coste como ejemplo de comercio justo.

Dada mi función de profesor de antropología, intuyo que acabaré depositando sobre mi mesa algún objeto representativo de mis ideas, más tarde o más temprano. Cassirer –les cuento a mis alumnos- insistió en que el humano es simbólico por naturaleza y su cultura con él. Como cristiano, aunque muy mediocre, he pensado en traerme una felicitación navideña que incluye un cuadro con un sencillo portal de Belén. Pero me preocupa cierta práctica hoy generalizada –que algunos pretenden convertir incluso en normativa de estricto cumplimiento-. Esta consiste en excluir cualquier símbolo cristiano del lugar de trabajo, en nuestra tolerante y laica Europa, ya que hay quien puede sentirse ofendido por su presencia. Además, todos repiten que, en la enseñanza, hay que desterrar cualquier signo de adoctrinamiento y que la ciencia se opone a la fe o religiosidad. Vaya tolerancia más intolerante, se me ha ocurrido pensar a mí, y qué profundamente nostálgicos de lo religioso resultan tantos escépticos sin confesarlo.

Javier Barraca Mairal

Profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos

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