Comenzaron un 10 de febrero de 1940 en la Polonia ocupada por los soviéticos. Sus tropas llevaban allí desde septiembre de 1939 cuando, 16 días después de la invasión alemana, el Ejército Rojo invadió a su vecino atrapándolo en una pinza terrible: por un lado, los ejércitos del Reich y, por otro, los de la URSS. Las potencias occidentales, que habían dado garantías a Polonia, fueron incapaces de acudir en su auxilio. Desde entonces, el pueblo polaco sufría y resistía en silencio.
Para controlar el territorio conquistado, los efectivos del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos -el temible NKVD- se desplegaron por toda la Polonia ocupada en busca de potenciales opositores: políticos, intelectuales, funcionarios, propietarios de tierras… Los mismos “enemigos del pueblo” que habían sufrido persecución en la URSS eran ahora carne de presidio en Polonia. El NKVD tuvo que abrir nuevas cárceles para encerrar a quienes podían inspirar la resistencia nacional o dificultar la labor de los comunistas polacos. El odio de clase formaba parte de la doctrina oficial. Jan Karski (1914-2000), el heroico enlace entre la resistencia y el gobierno en el exilio, contaba en “Historia de un Estado clandestino” (Acantilado, 2011) que, cuando lo capturaron al inicio de la guerra y lo enviaron a Rusia prisionero, una campesina rusa lo increpó diciendo que “aquí en Rusia aprenderéis a trabajar, polacos fascistas, aristócratas! ¡Aquí seréis fuertes para trabajar, pero débiles para oprimir a los pobres!”. Karski logró huir, pero miles de soldados y oficiales no vivieron para contarlo. Entre marzo y mayo de aquel fatídico año 1940, a casi 22 000 de ellos los matarían en las prisiones de Kalinin y Járkov y los enterrarían en fosas comunes excavadas en el bosque de Katyn.
Sin embargo, el NKVD no se limitó a los campos de prisioneros, las cárceles y las matanzas. Recurrió también a las deportaciones masivas al interior de la URSS. El 10 de febrero de 1940 comenzaron los traslados forzosos de polacos. Las imágenes se han convertido en iconos del horror de los totalitarismos: los guardias armados, los trenes, las familias cuyo destino era por completo incierto, el desarraigo, la pérdida y el miedo. El destino final eran campos de trabajo del sistema concentracionario soviético -el Gulag- y poblados en Siberia y otras áreas del interior de la URSS. En febrero de 1940, los soviéticos deportaron unos 140 000 polacos. A la altura de junio de 1941, los deportados rondaban el millón doscientas mil personas. Era aproximadamente uno de cada trece polacos de la zona ocupada por los soviéticos. Las deportaciones vinieron acompañadas de robos, confiscaciones, nacionalizaciones y colectivizaciones. Familias enteras lo perdieron todo.
Aquel mismo año, por cierto, Estonia, Letonia y Lituania correrían destinos similares. Anexionadas mediante una combinación de política, coacción y violencia, los soviéticos instalaron gobiernos comunistas en las tres repúblicas bálticas sostenidos por el Ejército Rojo. Los tres pueblos bálticos sufrieron también traslados forzados de población. No faltaron los robos, las confiscaciones ni las nacionalizaciones. Había un “modus operandi” que la invasión soviética de Polonia había anticipado. El 14 de junio de 1941 se practicaron deportaciones simultáneas en las tres repúblicas. Cuenta Andres Kasekamp en su “Historia de los Estados bálticos” (Bellaterra, 2016), que “quienes figuraban en la lista del NKVD fueron despertados en mitad de la noche y apenas tuvieron dos horas para hacer la maleta”. Añade poco más adelante que a la mayoría de los hombres los condenaron por “actividad contrarrevolucionaria” a veinticinco años de prisión y que “pocos sobrevivieron más de uno o dos años en las condiciones inhumanas del Gulag soviético”.
Después del verano de 1941, la URSS se unió a los aliados occidentales en la lucha contra el III Reich. Fue una alianza problemática y difícil que los británicos y los estadounidenses trataron de mantener en pro de la derrota de Hitler. Sobre las acciones de los soviéticos en la Polonia ocupada entre 1939 y 1941 se alzó un muro de silencio. La fraternidad de armas parecía imponerse a la justicia, pero los polacos sabían lo que vendría después. El Alzamiento de Varsovia de 1944 dio buena prueba de ello: los soviéticos contemplaron desde la distancia cómo las tropas alemanas reducían Varsovia a ruinas.
Para aquellos deportados, como para tantos millones de polacos, el fin de la guerra no significó la llegada de la libertad. Hoy esta columna recuerda su historia.