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ORIENT EXPRESS

"El comunismo es una prisión"

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 10 de noviembre de 2019, 19:10h

Este año, en que se conmemora el 30º aniversario de la caída del Muro de Berlín, es un momento propicio para recordar la naturaleza del comunismo. En Tallin, capital de Estonia, la prisión de Patarei acoge la exposición “El Comunismo es una prisión”, que resume de forma magistral el fondo totalitario y tiránico de esta ideología. En efecto, el comunismo sólo puede sobrevivir mediante cárceles, campos de trabajo, fosas comunes, propaganda y adoctrinamiento. Hay un camino inexorable que va desde las formulaciones teóricas de Marx hasta el Gulag. El terror soviético no fue una perversión del comunismo, sino su obra más acabada. Ya advirtió Benedito XVI, al analizar el pensamiento marxista, que “esta primacía de la praxis y de la política significaba, ante todo, que a Dios hay que considerarlo como algo nada «práctico». La «realidad», de la que había ahora que ocuparse, era exclusivamente la realidad material de los hechos históricos, a la cual habría que analizar y transformar hacia las metas correctas con los medios adecuados para ello, entre los que ineludiblemente está la violencia”.

Esa violencia azotó Europa durante más de setenta años -podría ampliarse mucho ese periodo si incluimos el terrorismo de las organizaciones de extrema izquierda- y no ha dejado de hacerlo en otros lugares del mundo. Reconvertida y reformulada con distintas denominaciones -ahí están el chavismo y el madurismo, hijos predilectos del comunismo de corte cubano- la ideología que más muertos ha causado en la Historia sigue gozando de prestigio y de simpatías en los ambientes intelectuales de Europa. Quien se declara nazi sufre un justo reproche social que contrasta con el aplauso que reciben actores, escritores y políticos que presumen de ser comunistas. Es uno de los síntomas más graves de la confusión moral que padece nuestro continente.

El Memorial a las Víctimas del Comunismo (1940-1991) que se levanta en Tallin, en un promontorio frente al mar Báltico, recuerda al visitante el horror de lo que el comunismo hace a los pueblos. Los estonios sufrieron dos ocupaciones soviéticas (1940-1941 y 1944-1991). Es difícil exagerar el sufrimiento que el comunismo causó en Estonia. Como indica Andres Kasekamp en su “Historia de los Estados bálticos”, “la característica predominante del estalinismo fue el terror. Su instrumento principal fue el NKVD (el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), que incluía a la temida policía secreta del régimen con sus vastos poderes de vigilancia, arrestos y detenciones […] El terror alcanzó su clímax en las primeras horas del 14 de junio de 1941, cuando se perpetraron deportaciones en masa simultáneas en los tres países [Estonia, Letonia y Lituania]”. Diez mil estonios, quince mil letones y dieciocho mil lituanos fueron conducidos al Gulag, el sistema de campos de trabajo soviético, en aplicación del art. 58 del Código Penal soviético, que se aplicaba con carácter retroactivo a toda actividad considerada contrarrevolucionaria desde 1918. No fue la única deportación. Terminada ya la guerra, en el marco de una política de «colectivización» no exenta del plan para destruir a los estonios como nación, los soviéticos ejecutaron la operación Priboi (Oleaje) la noche del 24 al 25 de marzo de 1949. 21.000 estonios -además de 42.000 letones y 32.000 lituanos- fueron deportados a Siberia. Los resistentes estonios -los grupos llamados “Hermanos del bosque”- trataron de combatir hasta mediados de los años 50 contra un enemigo que no conocía límites en su capacidad de reprimir.

Las fotografías de las fosas comunes y los expedientes de los presos evocan la actividad de los comunistas durante la II República Española (1931-1939) y la Guerra Civil (1936-1939). La persecución de la Iglesia católica en España -las iglesias y conventos quemados en 1931, los más de cincuenta edificios religiosos incendiados durante la Revolución de Asturias, el acoso a las órdenes religiosas- era un anticipo de los fusilamientos como el de Paracuellos del Jarama y el terror de las checas. En España operaron cuatro servicios de inteligencia soviéticos: el militar del Ejército Rojo, el de la Marina, el del NKVD y el de la Komintern. Ni diplomáticos y “asesores” soviéticos ni comunistas españoles fueron ajenos a estos crímenes. Ya se habla poco de esto en España -hoy parece de mal gusto recordar que la II República Española comenzó con iglesias en llamas- pero es un recordatorio de que también España conoció el horror del comunismo y comparte, así, este terrible episodio de la memoria de Europa. España no conoció el terror del KGB, pero sí el de su antecesor, el NKVD, de quien resultó directo heredero.

A treinta años de la caída del Muro de Berlín, recordar los crímenes que el comunismo provocó en todo el continente, España incluida, es un imperativo moral de nuestro tiempo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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