En la vida de Isabel II, reina de Inglaterra hay varios momentos decisivos. Uno es sin duda en el que es consciente de que por la renuncia al trono de su tio David, duque de Windsor, para casarse con Wallis Simpson, su padre tuvo que reinar y al morir él, fue ella la que debió asumir una responsabilidad, que en principio no estaba prevista: ser reina. Por eso, en una de las muchas decisiones importantes que tuvo que tomar, hay una que explica alguna de las peculiaridades de su personalidad y que según; Ana Polo, la autora de La Reina viene reflejada en la página. 257: “…hacía responsable de la muerte de su padre, el rey Jorge VI. Eso explica que se negara a seguir pagándole la sustanciosa suma de dinero -en otro pasaje del libro se cita que 25.000 libras al año- que la Corona pasaba al Duque de Windsor, e hizo que le dejaran claro que bajo ningún concepto iba a ser invitado a su coronación”. Tenía entonces solo 26 años y acababa de tener que ejercer de reina, pero ya Winston Churchill, intuyendo que aquella niña sería una de las reinas más importantes de la historia del Reino Unido, afirmó que “…ya de pequeña, la princesa Isabel tenía “un aire de autoridad y reflexividad asombroso en una niña”.
El libro de Ana Polo se titula La Reina y en verdad es un extensa y muy bien documentada biografia de Isabel II, pero bien podría haberse titulado La Corona, porque se ofrece un notable recorrido por la trayectoria de la Corona británica y las vicisitudes por las que en los últimos años ha pasado uno de los más relevantes símbolos de la Historia. La decisión que he relatado de dejar sin asignación a su tío, es la primera de las muchas que tuvo que tomar en su día y que fue provocada, inducida y causada por un miembro de su familia y no por ella misma, ya que como reina, tuvo que “padecer” y “gestionar” el amor imposible de su hermana Margarita con el atractivo Peter Townsend, hombre divorciado, lo que desagradaba entonces a los políticos conservadores y a la Iglesia de Inglaterra; el traumático matrimonio de su hijo Carlos con la caótica personalidad de su nuera Diana, causante del mayor desgaste de la Corona en sus muchos años de historia y hábil manipuladora de los medios de comunicación que fueron sus cómplices en fabricar “una princesa del pueblo” y finalmente también sus verdugos.
Isabel tuvo que lidiar con las locuras de su hijo Andrés, y la excesiva y exuberante condición de Sarah Ferguson, las debilidades de sus nietos Guillermo y sobre todo Harry, seducido por el atractivo de la actriz Meghan Markle. Sus hijos Ana y Eduardo no le han causado mayores conflictos. Es decir, sus decisiones o inhibiciones han estado determinadas por la vida privada y pública de otros miembros de su familia.
Isabel se convirtió en reina en febrero de 1952 y su coronación fue uno de los más hermosos acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX por la belleza de sus imágenes, la grandiosidad del escenario y la impresión que producía ver a una joven, destinada a gestionar la pesada corona de la historia de un pueblo. Su llegada al reino está bien relatado en varios capítulos y especialmente el momento en 1936 en el que el proceso sucesorio se precipitó al morir el rey Jorge V y le sucedió su hijo mayor David como Eduardo VIII, pero que en diciembre de ese mismo año abdicó en su hermano menor, que se convirtió en el nuevo rey con el nombre de Jorge VI. Esto dejaba a sus sobrinas Isabel y Margarita como primera y segunda en la línea de sucesión, respectivamente.
La autora relata con precisión la adolescencia de “Lilibet”-como la llaman en la intimidad su marido y familiares más próximos- influida por su participación en la Segunda Guerra Mundial en el Servicio Territorial Auxiliar, rama femenina del ejército, que se ocupaba principalmente de los vehículos. Compartió así el sufrimiento del Reino Unido por los bombardeos de la aviación alemana sobre Londres. Y la precisión se hace milimétrica al relatar detalles de la vida del duque de Windsor y de su relación con su amante oficial, la divorciada norteamericana Wallis Simpson, por la cual renunció al trono, y que merecería cientos de páginas de otro libro.
La autora ofrece detalles poco conocidos de su matrimonio con Felipe, duque de Edimburgo, durante casi 75 años hasta que este falleció en abril de 2021 a pocos meses de cumplir 100 años y de la inevitable distancia en la crianza de sus cuatro hijos, Carlos, Ana, Andrés y Eduardo. También relata con objetividad y gran fluidez los episodios más relevantes de sus setenta años de reinado en los que ha pasado de todo: algunas colonias del Imperio Británico se independizaron, y en los que ha conocido a dieciséis primeros ministros: el gran Winston Churchill, los laboristas Harold Wilson y Tony Blair, la severa Margaret Thatcher, el estrafalario Boris Johnson, y la reciente Teresa May. Con habilidad, Ana Polo nos revela las afinidades de la Reina con alguno de ellos, su casi absoluta neutralidad y sus también apreciables disgustos o rechazos por alguna de las decisiones que ellos tomaron en el ejercicio de su gobierno. Y ya mayor, con casi noventa años ha sido testigo de la salida del Reino Unido de la Unión Europa.
Ana Polo argumenta con fundamento las decisiones que debió asumir por los desvaríos y locuras, de muchos miembros de su familia, especialmente el relativo a su reacción ante la muerte trágica de Diana de Gales, a la que la novedosa visión de la moral habían convertido en un símbolo de generosidad, a costa de su intimidad con periodistas, a los que nutria de material de primera categoría en detrimento de la honorabilidad de la Corona, de la propia Reina, y desde luego de su esposo, el príncipe Carlos, a quienes ha costado mucho recuperar su imagen pública y, en el caso de la Reina, el reproche popular estaba inspirado en la aparente frialdad de su reacción ante la muerte de Lady D. Isabel II justificó siempre que su deseo fue proteger a sus dos nietos, Guillermo y Harry de su presencia en los actos luctuosos. En cuanto a Carlos, ha tenido que morir la Reina para percibir cierto apego de los súbditos.
Y es que, la reina Isabel II fue criticada por aparentar distancia y atenerse en muchos momentos a su papel de reina y jefa de Estado. Son escasas las ocasiones en las que se ha dejado llevar por la emoción y se ha conocido su opinión. Afortunadamente, la pelicula The Queen y la serie de televisión The Crown han sido dos muy importantes revulsivos de su imagen pública, y así lo subraya Ana Polo, que acredita la gratitud que la Corona y la Reina tienen por la interpretación de la excelente actriz Helen Mirren, que vino a paliar la crítica a la Corona y la progresiva injerencia de los medios de comunicación, que en numerosas ocasiones se entrometieron en la vida privada de los miembros reales, especialmente el año en 1992, capítulo que la autora ha bautizado “Annus Horribilis” -como lo hizo la propia Isabel- por el descenso de su popularidad.
En este sentido, para evitar esa imagen de distancia y exclusividad, la Reina y sus asesores tomaron decisiones como la de pagar impuestos sobre sus bienes e ingresos, dar un tono popular y familiar a las celebraciones de la Corona, visitar a las víctimas de actos terroristas, que dieron su frutos hasta hacer olvidar y hasta perdonar las conductas y hechos de los años 90. Los disgustos causados por sus nietos Guillermo y especialmente por Harry al casarse con la actriz Meghan Markle, y abandonar la vinculación con la Casa Real, se produjeron cuando ya la Reina rozaba los ochenta años y en su tratamiento pudo contar con el apoyo del padre de ellos, Carlos, que al morir la soberana en 2022, reina como Carlos III.
La lectura de este libro, se beneficia de la magnífica agilidad narrativa de Ana Polo, de su imponente trabajo de documentación, y sin duda de la extraordinaria peripecia vital de una de las mujeres más importantes del siglo XX.