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DESDE ULTRAMAR

Ucrania, un año después

Marcos Marín Amezcua
jueves 23 de febrero de 2023, 19:18h

Y se llegó el primer aniversario de esta guerra que es más que una invasión y que deja tantas lecciones, moralejas y aprendizajes acumulados en 365 días. Más que las fátuas propuestas rusas de alcanzar la paz solo si Ucrania le cede territorios. Una franja ambicionada que alcanza a Crimea y, de suceder, reduce la costa ucraniana a casi nada. Pero, acaso, es en ello donde al final, estriba el punto clave del conflicto, amén de todo lo demás pretextado por Putin.

Esta guerra nos recuerda el error de origen: las negociaciones fronterizas al disolverse la Unión Soviética que, quizás, quizás, efectuadas de otra manera hubieran evitado esta conflagración. Una Ucrania rusa desde el inicio, por ejemplo. O una Crimea rusa desde el principio. Nos recuerda que el imperialismo ruso no ha muerto. Que existió aún en la era soviética, no obstante que lo negaban los soviéticos y sus simpatizantes bajo el peregrino e insostenible argumentillo de que el marxismo desestimaba el imperialismo. Por favor. Nos recuerda que, pese a tener el país más extenso de la Tierra, los rusos no se hartan y quieren más terreno. También es verdad. Y el error ucraniano de nunca haberse unido ni a la UE ni a la OTAN. Ucrania es lo que llaman el rival más débil y es víctima del imperialismo ruso de siempre, ese que añora al soviético y reanexar tantos países a su antigua égida. Y que se desató otra vez en Crimea y hace un año, violando pactos al amparo de la tregua olímpica, como se reveló en algún momento.

Nos recuerda que Zelensky, el comediante metido a gobernante, llevó a su país a la guerra por su impericia y su evidente incapacidad; mas siendo el invadido, pasará a la Historia no por todo ello, sino por cómo, bien que mal, se ha fajado manteniendo la esperanza de su pueblo. Eso es loable. Ucrania se ha mostrado implacable e invencible. Nos recuerda esta guerra que ha durado ya un incalculado año y no el breve tiempo que alguien mal calculó; que Putin ha amenazado al mundo con volverla nuclear; que los chinos por estar entre indecisos, alcahuetes y querer llevarse agua a su molino, se pueden llevar un susto —además, por andarle jugando al globero misterioso– y aun recibiendo solo bravuconadas como las que les lanza Washington, cuya inoperatividad también es relumbrante y vergonzosa. Una mala jugada china puede costarles caro en Pekín. Vamos, sí, aunque Biden tampoco vende piñas y está ausente en materia de liderazgo. Luce más decrépito que campeador, no nos engañemos.

Nos evidencia que la Unión Europea ha hecho el más rotundo ridículo, exactamente como la OTAN –una suerte de Línea Maginot 2022– recordándole la UE al mundo su dependencia de la OTAN, precisamente, lo que siempre hemos sabido, y que, amañadamente, olvidan algunos que se piensan que Bruselas lo puede todo, y no, no lo puede todo y eso abarca lo militar, que ni juntos ni por separado los 27 han conseguido paliar esa carencia y esta guerra lo demostró otra vez: la vulnerabilidad de su unión. Qué sí, que es muy demócrata, pero es débil.

Nos recuerda que palmaditas en la espalda a los ucranianos y decirles una y otra vez que ya pronto estarán dentro de la Unión Europea o de la OTAN, ante los estólidos pedimentos de Zelesky que no ceja en solicitar auxilios antes que membresías, son jugarretas vendidas como anhelo inalcanzable al final de cuentas, visto lo visto; mientras, les escamotean a los ucranianos ayuda militar, de esa de altura, la necesaria, y que a la causa ucraniana ayuda nada invitando a Ucrania a cuánto festival y certamen haya para visibilizar su tragedia. Aunque no lo parezca así y gane Eurovisión sin poder ser la sede siguiente por consiguiente, como correspondería. Y que los crímenes de guerra rusos no se ve para cuándo paguen. Nos recuerda la guerra el costo monetario del conflicto armado, cifra soltada este miércoles 22 de febrero en Naciones Unidas, 3.8 trillones de dólares, como reveló el embajador mexicano Juan Ramón de la Fuente, que son resultantes de una lucha que solo agrava la realidad mundial de por sí precaria, derivada de la pandemia.

Nos recuerda esta guerra que los rusos han sido más listos que la Von der Leyen y sus frases de artificio, con ardides calendáricos usando su carta del invierno para doblegar a la UE, mientras exhiben su propio lado flaco (el ruso), el militar ni más ni menos por extraño que parezca, cambiando Putin a generales y estrategas ante un conflicto bélico que se prolonga de manera ya insondable hacia el futuro. Y los agoreros que proclamaban la caída o abatimiento ruso han fallado hasta hoy. Que falta poco, aseguran de nuevo. Para creerles. Y lo reitero: qué hipócrita ha sido la UE “descubriéndose” como clienta del gas de los autócratas rusos. Por favor. Ser demócrata no le alcanza a la UE para salvar esa mentira de no saber, a semejante embuste, jugándole a que “descubrió” que era su cliente. Qué pifia.

La guerra de Ucrania confrontó a rusos y ucranianos en todos los frentes y escenarios posibles, incluido el cisma religioso con el patriarcado de Moscú bendiciendo esta contienda; y atrajo el boicot o el aislamiento de Rusia y el etiquetar a sus medios de propagandistas de su gobierno. No es que sea falso, es que los medios occidentales tampoco son trigo limpio en muchos casos. Podemos jugarle al demócrata y congeniar con los valores democráticos, pero no nos olvidemos de lo otro. No cabe el cinismo y jugarle al “no me entero” en la materia.

Nos recuerda un año de desplazados, 15 millones, y de refugiados, de personas que regresaron a sus países de origen amparados en pasaportes y dobles nacionalidades, para guarecerse del conflicto armado. Del drama de los que se quedaron, de la destrucción inclemente de la infraestructura ucraniana –incluido el patrimonio cultural– que costará décadas reponer y millones a gastarse en ello. Esos millones que no tiene Ucrania y que Occidente parece prestar visualizando y montando un gran negocio financiero a futuro. Inyectar dinero a Ucrania en plena guerra es un pozo sin fondo hasta que los ucranianos se cansen de pagarlo en el futuro. Por cierto, las mujeres mexicanas casadas con ucranianos, se quedaron. Los varones mexicanos, se regresaron a México. Y sí, los hay al revés, pero menos.

Nos recuerda un año de grandes anuncios de ayuda, titubeos diplomáticos, expulsión de directores rusos de orquestas o de escuelas, de cancelar invitaciones a Rusia o abiertos bloqueos y, en definitiva, un año de horrores, de un conflicto que no promete acabarse pronto ni bien. De paso, el repudio académico ucraniano a la cultura rusa. La guerra, inevitablemente, lo envuelve a todo y así ha sido siempre. Es difícil sustraer un solo tema de la relación Ucrania-Rusia. Un año de golpear la economía mundial por el ataque a uno de los graneros del mundo. De un repudio sostenido y mayoritario al ataque ruso, aunque algunos se limiten a criticarlo, alegando los rusofílicos con notable y errática torpeza que denunciar a Rusia es simple rusofobia. Qué tontería y decirla omite las causas del conflicto. Y eso es también inadmisible, por mucho que admiren a Rusia.

Un año de complicidades, de traiciones, de desesperanza. Me quedo con las imágenes de los refugiados, los crímenes cometidos, la destrucción de Odessa, de los ucranianos echados de frente de la embajada rusa en Ciudad de México a punta de bocinazos con música a todo volumen desde la legación, del atenazado Occidente y las amenazas nucleares de Putin. Y con esa foto nocturna de la NASA sobre Europa, mostrando a una Ucrania a oscuras por su infraestructura destruida. Una desgraciadez en toda regla. Y así se fue un año amargo, un año de sinsabores, de recordar que esta segunda Guerra Fría a tres bandas que algunos aún niegan o minimizan su arribo, ha tenido un escenario donde las potencias han medido sus fuerzas y que ha confirmado una sospecha: cómo las alianzas militares pueden ser tan inútiles en el momento decisivo, como inversamente proporcionales son las oportundiades de que se desborde un conflicto, escalando su intensidad y extesión.

A los ucranianos, mi solidaridad y al resto mi desprecio por tanta palabrería y tanta sinrazón. Excuso decirle que intenté conseguir un testimonio desde Ucrania, pero de momento no fue posible. No se obtuvo la respuesta para constatarnos en primera persona, cómo se vive adentro el conflicto. Lo lamento y se lo comunico a usted, amigo lector en ambos mundos, el Viejo y el Nuevo. Quizás más adelante corramos con la grandísima suerte de obtenerlo.

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