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TRIBUNA

Maquiavelo nunca tuvo que ir al supermercado

jueves 13 de abril de 2023, 19:58h

Una vez que, desde finales del siglo XV y principios del siglo XVI, surgieran los primeros ejemplos de Estado-nación, se consolidaran las estructuras primigenias de los gobiernos modernos y comenzara a constituirse la visión antropocéntrica renacentista en sustitución de la concepción teocéntrica de la Edad Media, probablemente fue inevitable la aparición de una figura como la de Nicolás Maquiavelo, quien, lejos de la simplificación de que, para él, en política, el fin justificaba los medios (cualquier medio), lo que vino a argumentar fue algo ligeramente más sutil: la conquista y la conservación del poder era un arte que podía sustentarse de forma lógica y racional y, desde la reflexión fría y libre de condicionamientos apriorísticos, en muchas ocasiones, los medios que habían demostrado ser útiles para conseguir el control de los estados no eran los que encajaban precisamente en el marco de un canon moral básico. Evidentemente, un gobernante podía optar en sus acciones por el cumplimiento escrupuloso de los principios morales esenciales pero ello no le garantizaba de ningún modo que pudiera mantener el control del país que dirigía. Ese era el dilema al que se tenían que enfrentar reyes, príncipes y caudillos.

Desde entonces, con todos los matices que podamos realizar, la Ciencia Política se ha centrado en analizar qué medios, qué recursos y qué estrategias se han desarrollado y se deben desarrollar para alcanzar el poder, adaptando, eso sí, sus análisis al hecho de que la democracia liberal se ha convertido en una forma de gobierno habitual en la mayoría de los países (con las limitaciones y condicionantes múltiples que puedan existir) y que, por tanto, en la actualidad, el acceso a los gobiernos debe pasar por el trámite previo de un proceso electoral, algo en principio más pacífico que las guerras civiles, los golpes de Estado y las conjuras palaciegas que eran frecuentes en la época de los Borgia y los Médici. Sea por el origen de la moderna politicología, por los hábitos adquiridos y arraigados en los políticos profesionales o por alguna especie de peculiar “síndrome de Estocolmo” que afecta a todos los informadores que deben estar, en función de su trabajo, continuamente pegados a las esferas del poder, todos ellos suelen incurrir en la misma creencia común: los políticos despliegan sus planes en relación a unos ciudadanos que tan solo somos agentes perfectamente pasivos que responden a discursos, propuestas y mensajes del mismo modo que la serpiente al sonido de la flauta del faquir o las ovejas a las voces e indicaciones del pastor y su perro guardián. Pero yo, que apenas he tenido contacto con el mundo de la política, que solo soy un ciudadano de a pie, no puedo evitar el hacerme unas preguntas simples en la medida en que tomo como punto de partida el hecho de que vivimos en un régimen democrático: ¿es que acaso los ciudadanos no podemos tener un papel mucho más activo en la configuración de la política y el poder, más allá de echar una papeleta en una urna cada cuatro años?¿Es que acaso no deberíamos recibir con agudo sentido crítico los programas electorales y, yendo mucho más allá, actuar de forma organizada en el período entre elecciones para mostrar nuestras inquietudes y preocupaciones y exigir actitudes y comportamientos a la altura de la gravedad de las circunstancias que se pueden dar en determinadas situaciones?

Esta cuestión, que sería deseable en todo momento y todo lugar, se vuelve absolutamente urgente y perentoria cuando, en contextos críticos y problemáticos, las fuerzas políticas en pugna parecen no prestar atención a los colosales desafíos a los que se enfrentan sus naciones y solo parecen preocuparse en hablar de ensoñaciones alejadas de la realidad que, de ser escuchadas y atendidas, solo podrían sumergir a la ciudadanía en una anestesia engañosamente dulce y falsamente reconfortante. En estos momentos, y sin llegar a profundizar en muchos de los aspectos que nos pueden acabar afectando, nos encontramos con uno de esos goznes o bisagras que cada cincuenta años la Historia suele ofrecernos, de modo que, según como procedamos, podemos terminar obteniendo una posición favorable dentro del alud de cambios que se avecinan, salir relativamente poco chamuscados del trance o, en el peor de los casos, haber sabido jugar tan mal nuestras cartas que podemos experimentar un retroceso dramático en nuestros niveles de libertad, prosperidad y márgenes futuros de maniobra. Se está produciendo un reajuste a nivel mundial de los posicionamientos de las diferentes potencias, Estados Unidos y China principalmente, y ello puede dar lugar a realineamientos inesperados y alianzas impensadas con implicaciones que serán adversas y perjudiciales para muchos países. Las sociedades occidentales se enfrentan a un enconamiento creciente de las opciones ideológicas en liza con una división creciente en el seno de las mismas y sin que se aprecien visos de una mínima unidad de cara a los retos a los que deben enfrentarse. Los problemas y las incertidumbres económicas se acumulan sin que existan planteamientos serios para combatirlos: caídas crónicas en las tasas de natalidad, envejecimiento creciente de la población, flujos migratorios incontrolados, tensiones en los mercados de materias primas, inseguridad y dudas sobre los suministros energéticos futuros, elevados y crecientes niveles de deuda pública, altos grados de especulación en los mercados financieros, peso cada vez mayor de los paraísos fiscales, consecuencias sociales de los grandes cambios que van a suponer la digitalización y la robotización en nuestros sistemas productivos…

En función de la realidad descrita, produce escalofríos el observar la inanidad de las propuestas con que los diferentes partidos pretenden convencernos para que les demos su confianza en el año electoral que se avecina y la absoluta ausencia en ellas de cualquier referencia a la delicada tesitura en la que España va a tener que desenvolverse en los próximos diez años, de modo que podríamos llegar a pensar que lo que pretenden es que sirvan para alcanzar o mantener el poder trasladando a los ciudadanos a un metaverso ficticio, desconectado de los hechos reales, que solo podrá mantenerse en pie hasta que esos mismos hechos acaben imponiendo su amargo e inexorable dominio. Se dice que los bizantinos discutían sobre cuál era el sexo de los ángeles mientras los otomanos estaban ya a las puertas de Constantinopla. Mientras que sucede todo lo que he expuesto en el párrafo anterior, en España lo sucedido con Ana Obregón copa titulares en los medios de comunicación y el tiempo de nuestros responsables políticos. No creamos que hay tanta diferencia entre uno y otro caso. Tras contemplar la forma de actuación de nuestra partitocracia a lo largo de las últimas décadas, pocas expectativas podemos tener que de ella surgirá la actitud de enfrentarse a los problemas y no eludirlos con irresponsable desidia. Creo que solamente una fuerte corriente de opinión nacida de la misma ciudadanía y que exigiera con intensidad propuestas serias y discursos rigurosos podría reconducir la actual situación de delirante ceguera e indolente negligencia. ¿Cómo podría articularse esa corriente de opinión logrando superar los obstáculos de todo tipo que esa partitocracia tiene colocados para, precisamente, impedir que un hecho de tal naturaleza ocurra? Ese debería ser el siguiente paso de la reflexión. Pero, viendo las oportunidades que actualmente ofrecen los medios digitales y las redes sociales, posiblemente ahí resida la gran oportunidad que pueda salvarnos del precipicio. Sepamos aprovecharla.

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