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DESDE ULTRAMAR

La singularidad de coronar a un rey de Inglaterra

Marcos Marín Amezcua
viernes 05 de mayo de 2023, 19:43h

No sucede a diario y eso lo torna en un hecho histórico, relevante, de una peculiaridad irrepetiblemente llamativa. Y lo es por duplicado, porque yo aún no he visto una coronación de tal así, en directo. No me satisface mirar el vídeo de 1953 alusivo a la anterior de Isabel II. Sobre todo, ya que el acto todavía conserva, si todo sale como ha sido siempre, el despliegue propio de la monarquía británica y promete no decepcionar al popolo. A propios y a extraños. Merece verse. Y quede la anécdota aquella de decirse que en el año 2000 restarían en Europa solo 5 reyes: los de la baraja y la reina británica, ya que, al menos, vamos en el año 23 y hay varios más, si bien no tantas testas coronadas como en 1900, sin duda. Y arriba el día marcado para legitimarse ante la realeza, la nobleza y la gentilidad.

Lo he dicho en broma y un poco en serio: qué buen gusto ha mostrado Carlos III del Reino Unido escogiendo el 6 de mayo como fecha insigne para su coronación, porque empata estupendo con el día de mi cumple. Fecha más mayestática no se me ocurre. Y sí, hay otro 6 de mayo, el de 1910, cuando murió Eduardo VII, tatarabuelo del monarca, amante de la bisabuela de Camilla. Tal relación fue la carta de presentación de ella con el heredero de Isabel II. Fue audaz, atrabancada y poco recatada, sin duda. Cosas de familia, supongo. Y Camilla llegó más lejos que su antepasada, claro. Figúrate si no. Y echo en falta a Diana. Otro gallo…

La coronación de un rey en la abadía de Westminster no es cualquier cosa ni frecuente. Es tan especial y un acto revestido de un protocolo antiquísimo, milenario en algunos aspectos y es tan distintivo, irrepetible, tan único como puede ser una aclamación del Habemus Papam o encender el pebetero olímpico. Y afortunados quienes podemos atestiguar ese momento singular. Si me limito a aludir al título regio más recurrente de “rey de Inglaterra”, sépase que alertaba mucho menos riqueza y significado que ser duque de Normandía. Y cómo es la Historia y las vueltas que da la vida. Entronizar al nuevo monarca, el 41 de la extensa lista y el vigésimo sexto que acudirá a coronarse a tan representativo sitio, sugiere que tal título porta más solera y raigambre para Su Majestad Británica –como alude su otrora tratamiento protocolario– que solo serlo del Reino Unido.

Todo indicaría que la fecha se escogió para después de Semana Santa, pero antes de llegar al cumpleaños oficial del monarca a celebrarse a inicios en junio y no en abril, como otrora fue también el de su augusta madre y el propio, en noviembre. Apenas consiguió fecha, Carlos, heredero de Alfredo el Grande y Enrique VIII, sin descender directamente de ellos. También es verdad que Isabel II, en cambio, dejó pasar para la ceremonia casi año y medio después de la muerte de su bien recordado padre y todavía en duelo por el intempestivo óbito de su abuela, la reina María, acaecido en marzo de 1953. Victoria dejó transcurrir un año 8 días desde el deceso de Guillermo IV y a su vez, su nieto, Jorge V, un año y casi dos meses luego del fallecimiento de su predecesor, Eduardo VII; con lo cual, la coronación de Carlos III –cuyo rubicundo rostro mucho me recuerda a Jorge IV– es muy cercana a la muerte de su amadísima madre, como se refirió a ella desde el primer momento en que se convirtió en rey, 8 meses atrás. Y Camilla, reina…

Se reclama o eso se espera, que sea un coronamiento más breve y menos costoso que el de su predecesora, que sea incluyente de la variedad racial del país y otorgue un lugar prominente a la Mancomunidad británica. Después de todo, no recibe un imperio en descomposición como su antecesora y no sabemos de países que compartiendo su cetro, lo hayan repudiado en estos meses. Y qué bueno que visite Escocia. Santo que no es visto, no es adorado. Mas ¿cómo se consigue el equilibrio buscado entre crisis económica, con los compromisos adquiridos, con la tradición y el fuste antimonárquico? Eso es lo que nos alimenta la curiosidad. ¿Se puede mantener el fasto, el boato, el derroche y ser, al unísono, sobrios y discretos? Evito debatir si la monarquía tiene sentido en el siglo XXI. Si a los británicos les funciona idiosincrásica como hasta hoy, ahí está la respuesta. El acontecimiento generará una derrama cuantiosa, siendo otra respuesta a la pregunta de si tiene alguna utilidad. Carlos III no es Isabel II y no se sabe que tenga pretensiones de serlo, como nadie las tuvo respecto a sus predecesores. ¿Rey de transición? hay ejemplos como los de León XIII y Benedicto XVI que diciéndose eso de ambos, fueron todo, menos una transición. Por ello, no hago cábalas con eso. Capaz de Carlos III nos entierra a todos. No sería la primera vez.

La pléyade de datos alusivos, desde el menú, las invitaciones, los ensayos de regimientos y coros en los días previos y la verificación minuciosa de protocolos, hasta la reunión y pulcritud de los aditamentos, adminículos y objetos aderezados que giran en torno a este acaecimiento singularísimo, como lo es la coronación de un rey de Inglaterra, nos adelantan su impacto, significado y trascendencia histórica. Ecos de otros siglos tan distintos al nuestro. Lucimientos y referencias propias de centurias finiquitadas que advierten grandeza y poderío pervivientes. Es curioso que nos mueve más a llamarlo rey de Inglaterra que como lo es, del Reino Unido, y que todavía retenga ese título semilargo que ha heredado de Isabel II y que no ha modificado, con aquello de Defensor de la fe, Cabeza de la Iglesia anglicana y tal. Sí, puede haber un discursillo que reclame sobriedad, pero no nos engañemos: lo hay por igual que quiere despliegue y todo apunta a que lo obtendrá. Y es lo que toca, pese a todo. Y, al menos, yo lo tengo claro: de la monarquía me agrada más su estética que su ética, como aquí en El Imparcial escribiera un colega columnista hace varios años. La regalía es lo que es.

En estos meses hemos presenciado el ascenso del Duque de Cambridge al rango de Príncipe de Gales, el cumplimiento de la voluntad de la finada reina de adjudicar el título de duque de Edimburgo a su vástago, el Conde de Wessex, a quien junto con su bellísima esposa le ha cambiado el rostro (la asignación pecuniaria no ha de ser menor, se entiende) mientras se defenestra a Andrés. Ya el culebrón de Harry termina en su presencia en solitario y aún falta por ver. Y eso que otro 6 de mayo (2019) nació su segundo hijo, Archie. ¿Sabrá su estirpe? Como sea, es nieto de quién es. Menudo destino. Suena novelesco ¿verdad?

Y en efecto, el nombre “Carlos” ha sido de mal fario en la historia británica. El primero de ellos, decapitado y, el segundo, ensombrecido por la permanente crisis de legitimidad ligada al catolicismo que abrazó de últimas recibiendo la extremaunción. ¿Qué depara este reinado a su país? Pues, a saber. En una revista en inglés, en 1990 se preguntaba cuál nombre adoptaría. Sostenía qué por afecto a su abuelo, lo conduciría quizás a llamarse Jorge VII, llegado el momento. No ha sido así. Proponía igual, Carlos III. Por otra parte, no atiendo a los agoreros que invocan a Nostradamus. Qué fastidio, pareciendo que el referido no paraba de elucubrar y tenía para todos o sus corifeos quieren atribuirle todo. Llama a pitorreo. Nada que eclipse la suntuosidad y la ostentación deseadas el 6 de mayo.

Dicho lo cual, es lo que tienen los temas monárquicos, el resplendente glamour ribeteado de fulgores que le obsequian la tradición y los siglos que soportan las dinastías entreveradas de linajes, epopeyas, coronas rebosadas de piedras preciosas y majestuosos símbolos del poder, alistados desde la primogenitura y el mayorazgo. En todo caso, no perdamos de vista que el acto de la imposición de una corona supuso y supone ungir, un pacto con Dios, con las redes del poder, con la signatura de encabezar al Estado personificada en alegorías y emblemas que cada cual considere oportunos, que para el caso concreto reluce en las joyas de la Corona muy descritas y reconocidas, acervo resguardado en la Torre de Londres. En todo caso, este advenimiento de 2023 es histórico y tendremos ocasión de verlo. Sea en directo o diferido, pero seremos contemporáneos a él. Eso tiene que ser en sí, ya una ocasión celebérrima y estoy cierto de que lo será. Una coronación de tal magnitud siempre inquieta y cautiva las mentes de América.

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