El 4 de junio se conmemora en Hungría el Día de la unidad Nacional. Se trata de una fecha importante para un país que, a raíz del Tratado de Trianón -firmado tal día como hoy en el palacio versallesco del mismo nombre- perdió aproximadamente dos terceras partes de su territorio. Esto significa que tiene una enorme diáspora en su “extranjero cercano”. Los aliados privaron al Reino de Hungría de su salida al mar y le infligieron una pérdida de población formidable. Aproximadamente dos tercios de los húngaros quedaron fuera de las nuevas fronteras de Hungría. En Austria quedaron unos 300 000. En la recién nacida Checoslovaquia, había 3,5 millones. Algo más de cuatro millones se encontraron, sin moverse de su casa, dentro de las fronteras del Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos (ya ven que a los húngaros ni se los nombraba), que a partir de 1929 se llamaría Reino de Yugoslavia. En Rumanía, con un territorio de la Hungría histórica tan importante como Transilvania, quedaron 5,3 millones de húngaros. En 2010, el Parlamento húngaro declaró esta fecha Día de la Unidad Nacional, una jornada de conmemoración y recuerdo en que la diáspora húngara creada por el tratado está especialmente presente.
Se suele hablar del “síndrome de Trianón” para describir las consecuencias políticas, económicas y sociales del tratado, pero el nombre se presta a usos engañosos porque centra la atención en Hungría como si ella sufriese un síndrome, es decir, como si en ella residiese el problema. El Tratado de Trianón fue una injusticia. Fruto de las ideas del presidente estadounidense Woodrow Wilson, terminó creando conflictos en Europa cuyas consecuencias perduran hasta hoy. En efecto, parte de los húngaros de Checoslovaquia -los de Transcarpatia- terminaron incorporados a la República Socialista Soviética de Ucrania y, por lo tanto, a la URSS. Las políticas hacia esos húngaros han sido, a lo largo de los años, uno de los puntos de fricción más intensos entre Kiev y Budapest.
En realidad, toda la política húngara posterior a 1920 tendió a recuperar los territorios perdidos y a mantener la unión entre los húngaros de Hungría y los de la diáspora. Desde las relaciones exteriores hasta el censo electoral, no hay aspecto de la vida política húngara que no resultase afectado por la pérdida demográfica. El “irredentismo” se convirtió en una fuerza motriz de la política húngara. Hungría Occidental se había convertido en la provincia austriaca de Burgenland. Checoslovaquia había ganado Transcarpatia -en realidad, quizás sería más preciso denominarla Subcarpatia- y el Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos había hecho lo propio con Eslavonia y el Banato. Transilvania, hogar del rey Matías Corvino (1443-1490) y su corte de Koloszvár, pasó a formar parte de Rumanía. Había que ser muy ingenuo para pensar que los húngaros -o cualquier otro pueblo- aceptarían calladamente esta pérdida. El poema de Attila József (1905-1937) titulado “Nem, nem, soha!”, que significa “¡No!, ¡no!, ¡nunca!”, se convirtió en el símbolo de la oposición al tratado y la memoria de la Hungría histórica.
La entrada de la mayoría de los países de la región en la Unión Europea ha mitigado los dolores del pasado, pero las heridas están lejos de curarse. A lo largo de un siglo, los húngaros han sufrido políticas de asimilación que tendían a diluir la identidad húngara. Budapest respondió apoyando a las minorías húngaras mediante programas de becas y estudios, ayudas económicas y reconocimiento de la nacionalidad húngara. Hoy, en Rumanía viven aproximadamente un millón doscientos mil húngaros, concentrados mayoritariamente en Transilvania. En Eslovaquia, hay más de 450 000 y fueron importantes en la evolución del país hacia la democracia después de 1989. En Serbia, en la región de la Voivodina, quedan más de 250 000. En Ucrania viven unos 150 000, muchos de los cuales han sido movilizados. En Austria habitan unos 90 000. Los húngaros de Croacia ascienden a casi 15 000. Los de Eslovenia, a algo más de 10 000.
Así, cuando en Hungría se habla de unidad nacional, la expresión ha de interpretarse en un sentido algo profundo. El término “nemzet”, que suele traducirse como “nación”, se relaciona etimológicamente con el verbo “nemz”, que significa, en una de sus acepciones, “procrear, generar, reproducir”. Tiene que ver más con la ascendencia, es decir, con el origen, que propiamente con el pasaporte. La herencia del húngaro es, en primer término, el idioma. De ahí la importancia que Hungría le da a mantenerlo vivo en la diáspora. Algo similar sucede con el folklore y las tradiciones.
El concepto de “Hungría histórica”, que designa las fronteras anteriores al Tratado de Trianón, sigue siendo fundamental para comprender el país. Sin ella, sin la importancia que los húngaros dan a la diáspora, se escapan aspectos fundamentales para aprehender el sentido de posiciones en política internacional como la paz entre Rusia y Ucrania que Budapest viene impulsando.