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DESDE ULTRAMAR

Al Profesor: primero la imagen, después tu sofoco

Marcos Marín Amezcua
jueves 15 de junio de 2023, 19:36h

Hay varias maneras de iniciar esta entrega en plena tercera ola de calor que, inclemente, agobiante, golpea a México y lo hace de una manera inusual y preocupante, ya pasándose de castaño oscuro. Ni una nube en el horizonte, los termómetros reventados, insolación a la orden del día, con los pronósticos vaticinando que de lluvia, nada en, acaso, semanas por delante –cuando que, si es junio, lo normal era lo contrario– y que esto empeorará y hay la molesta sensación de quemarte el sol, simplemente, por deambular, tocándote; y todo lo cual, es agobiante en un entorno como el mío, el centro de México, descrito como uno que va de templado a frío, cual suele ser. Me agrada el calor, pero no que padezcamos sequía, que son dos cosas asaz distintas. Y en esta tesitura, ni me resigno ni me disciplino a una vestimenta a traje y corbata, como la que tajantes ordenan algunas universidades al cuerpo docente por no reaccionar a la casi emergencia que estamos viviendo.

Aparto mi atención a los funerales de Berlusconi, a la encendida campaña electoral española, así como de la tan anunciada contraofensiva ucraniana –más avisada que el retiro de un torero– o el intrincado proceso electoral mexicano para salvaguardar el proyecto lopezobradorista, centrándome en algo tan mundano e implacable como impostergable: una ola de calor que asfixia, alarma e irrita por su inaudita irrupción y rareza y pregunto:¿deben prevalecer las atildadas perchas?

Mientras Ciudad de México ya lanzó una alerta amarilla por esta ola de calor que irrumpió de una manera tan atrabancada y resulta palmario el incremento notable de la temperatura que rebasa los 30º –he estado en la tropical Río de Janeiro a 25 º, por citar un ejemplo contrastado– y la lluvia escasea –ya precipitarse de golpe de forma torrencial en una jornada, no supone que se verifica la supuesta temporada de lluvias como era nuestro verano mexicano– todo lo cual no es óbice para que las autoridades adviertan que presas y represas se encaminan a quedar exhaustas rondando un 40% de capacidad de almacenaje, si bien nos va, y, no obstante que todavía no hay restricciones de suministro, mas sí que hay un llamado a la prudencia y a la racionalidad en el consumo del agua. Este calor es anormal en el centro de México; y tales temperaturas impropias ya queman. El calor irradiando en las calles, en los espacios abiertos golpeando al transeúnte al andar, no es de Dios y menos, que obligue a guarecerse lo más pronto posible. Y está sucediendo.

Y con este atroz panorama puestos en alerta, afrontamos los catedráticos varones una ausencia sensible: la sensatez de algunas universidades con el cuerpo docente masculino, ordenando vestimenta inamovible en su encorsetado código, clamando por salvar “la imagen”. ¿Imagen? vaya usted a decírselo a las temperaturas que amenazan alcanzar, advierten los conocedores, hasta los 40 grados donde jamás. Aunque están viendo la tempestad, o eso debieran, hay instituciones educativas indolentes y, en muchos casos, no ceden un ápice. El profesorado habrá de presentarse de saco y corbata. Ya ni siquiera dígase que así sea, truene, llueva o relampaguee, pues es justo todo lo que ya no está sucediendo ahora, cuando que debería de verificarse en nuestro verano mexicano, antes de aguaceros y el consiguiente frescor que hoy tanto añoramos. Es fatal.

Mas no se admire usted de la calor. No. La insensatez de anteponer la imagen de “seriedad”, de postureo, de lo “elegante” –conduciendo a criterios muy equívocos– colocándola por delante de un calor infernal que debiera clamar sensatez en los más necios, pareciera que obedece a la tontería de creer que ceder en la hierática apostura y propiciar un cambio de indumentaria, aceptándola, por una más ad hoc con esta emergencia climática, significa debilitarse o traicionarse, comprometer por vaya usted a saber qué artes, la calidad educativa o, de plano, violentarla. Prescindir de la corbata, es un crimen. Se resume en sostener la imagen. Es una tamaña tontería el suponerlo así. Cuando que solo es adecuarse frente a temperaturas no vistas y negarse a ceder y adoptar indumentaria más fresca, es una actitud alucinante e irresponsable, insensata, calamitosa, de una negación absoluta de una realidad acuciante y es de una insolidaridad reprochable. No utilizo el terminajo muy sobrado de buscar empatía, debido a que no se trata de eso. Sí, en cambio, va de algo muy importante: no echarle cabeza y apelar a la más elemental sensatez ante esta canícula. ¿Imagen? ¿a cuidar entre sobrevivientes de una pandemia? es un exceso. Y lo pagamos los varones.

Cancelar la corbata y relajar la vestimenta no tiene que implicar no dar la clase y, menos aún, comprometer su calidad. Es una simple medida necesaria, extraordinaria en tiempos extraordinarios. Es muy sencillo de entender. Mucho más que alardear de que se conserve “la imagen”. El profesorado no se atreve a plantear el tema y a contradecir la orden y la acepta sin rechistar. Resulta abominable, resulta intolerable. Como si cualquier directivo creyera al admitir relajarse la vestimenta, que se le iba a caer el oropel a más de una persona. Tonterías, pero hágales entender. Total, la ONU ya nos dijo que mayo ha sido el mes más caluroso de la historia desde que contamos con registros. Y como si tal.

Veámoslo con tranquilidad y comedimiento. Repensemos la vestimenta de los profesores varones ante altas temperaturas. ¿Qué no se quiere bermudas y ropa deportiva? pero sí se puede renunciar a los rigores de la corbata. Nada nos ate a ella, a una usanza insensible, cuando el calor aprieta de esta forma. En el fondo, se carece de un código de vestimenta para casos extremos, cuando de un calor extremo se trata. ¿Por? tanto por lo inusual del caso, como por una simple falta de sensibilidad al caso, dejando al profesorado en la tesitura de acatar la instrucción de “cuidar la imagen” y la incapacidad institucional de dotar de decisiones extraordinarias para momentos extraordinarios. Y reitero, la cosa no es menor.

No está de más decirlo: y no, no se trata de quemar las corbatas en el Humilladero. No seamos guarretes, no perdamos la percha al primer descuido y por cualquier pretexto. No se trata de satanizarlas. No seré yo quien lo haga, que adoro las corbatas de moñito, pero una cosa es adorarlas y otra muy diferente, es aceptar gustosos o resignados un sofocón innecesario por negarse a limitarlas.En medio del acartonado, estirado y paquetudo mundillo de los abogados en el que me muevo, son incapaces de adaptar imagen y tradición a momentos coléricos y extraordinarios como lo es esta avasallante ola de calor. Mentalidad prevaleciente en el centro de México, siempre tan lineal, tan apegada a cánones y estiramientos.

¿Sabe? Con libertad revestida de la más necesaria y elemental sensatez, recién me presenté en bermudas a impartir una clase. Oiga, 30 º, lo no visto, eran una razón de muchos grados y mucho peso. Vamos, lo que se dice un calor insufrible. La sesión, la clase se ha preservado, cual debe. Uno porque es guapo, se atreve con todo. Termina uno convencido de que tus superiores podrán rechistar si no portas corbatas y luces bermudas, inclusive, diciendo que vas inadecuada, pero no mal vestido. Ello porque, oiga, que uno cuida su percha y su ropita, pues.

Concluyo. 30 años antes en un despacho de abogados donde laboraba, que contaba con una espléndida vista a la Fuente de Petróleos en el cruce que conforman el Anillo Periférico y Paseo de la Reforma en la capital mexicana –un sitio de exquisitez por la zona y la profesión– mis colegas insistieron una y otra vez al dueño del establecimiento en que nos permitiera acudir vestidos de sport al despacho los días viernes, si no teníamos que acudir a Tribunales. Sin corbata, pues. La insistencia caló y un buen día, cedió. Pero antes, sentencioso el jefe nos dijo: “vale, los viernes pueden venir sport, pero que el trabajo no sea sport”. ¿Verdad que es muy fácil de entender para quien tenga entendederas? pues ahora, hágaselo entender a mis superiores. Hay unos muy cuadrados. ¡Qué cruz!

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