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TRIBUNA

Un universo en evolución (II)

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
lunes 19 de junio de 2023, 20:13h

En su libro con este título (CEU Ediciones, 2023) Manuel Alfonseca escribe lo siguiente. “La afirmación de que la evolución es consecuencia del puro azar no es un teoría científica, sino filosófica, aunque sus partidarios afirmen que es una teoría científica” (Pag. 119). Se suele contraponer la opinión de que la evolución ocurre por azar a la tesis de que detrás de la evolución observable hay un diseño inteligente.

Después de la formalización de la lógica, cabe afirmar que no se trata siquiera de una teoría, ni científica ni filosófica. Palabras tales como “azar”, “suerte” “fortuna”, “sino”, “chiripa”, “casual”, “fortuito”, etc. no designan nada real que exista. Designan exactamente el vacío de nuestra ignorancia. No denotan nada existente de hecho. Las frases con esas palabras ni siquiera son frases que transmitan pensamiento alguno. Tampoco hay pensamiento. Esas palabras carecen de correlato real.

El cálculo lógico iniciado por Frege y Peano ha llegado por fin a la precisa relación entre los tres conceptos del Esse -necesario, posible, imposible- y los tres conceptos del Logos -valideces, consistencias, contradicciones-.

Estamos ante las tres correspondencias básicas, que constituyen el inicio absoluto del pensar. Primera, frente a lo necesario están las valideces lógicas. Segunda, frente a lo posible están las consistencias lógicas. Tercera, frente a lo imposible están las contradicciones lógicas.

La filosofía anterior, y en todas sus variantes, siempre consideró un cuarto “modus” del ser, lo contingente. Y sólo tuvo en cuenta valideces y contradicciones. Era imposible encajar cuatro conceptos para el Esse con dos conceptos para el Logos.

La formalización de la Lógica no sólo ha permitido construir nuestros flamantes ordenadores, y ha puesto en marcha la formidable revolución social y cultural que estamos viviendo. También nos ofrece a nivel teórico o especulativo el punto de partida del pensar mismo, lo que soñaba Descartes, la triple correspondencia antes citada.

Según Alfonseca, “el azar es matemáticamente indefinible” (Pág. 230). Pero en lógica moderna es perfectamente definible. La palabra “azar” carece de racionalidad. Sólo denota nuestra ignorancia. Dicho de otra manera. La aparente frase “A ocurre por azar” es igual a “no sabemos por qué ocurre A”. Por eso, lo estrictamente riguroso en lógica es negar a la expresión “A ocurre por azar” la condición misma de frase gramatical. No es más que un “flatus vocis”,

La triple correspondencia no deja resquicio alguno para el azar o la suerte. Dejando aparte a Dios y las contradicciones, lo decisivo ahora es comprender que si algo existe como ente que ha pasado de posible a contingente, su correlato será por fuerza una concreta consistencia lógica. Por tanto, frente al entero universo en expansión que comienza en el Big Bang está una inmensa fórmula consistente que lo hace racional. No hay nada que exista de hecho en nuestro cosmos y carezca de racionalidad.

Llamemos a esa inmensa fórmula “consistencia COSMOS”. Obviamente sólo la inteligencia infinita de Dios tiene acceso a ella. Desborda la capacidad de nuestro entendimiento finito. Las limitaciones de la ciencia aludidas en mi artículo anterior (El Imparcial, 13/06/23) debieran bastar para hacernos intelectualmente sensatos y moralmente humildes. Pero la razón última y definitiva para ello está en la mencionada triple correspondencia.

En los albores de la física cuántica fue famosa la polémica entre Einstein y Bohr. Ambos estaban equivocados. Bohr pensaba que la incertidumbre introducida por Heisenberg era una realidad existente de hecho en la naturaleza. Se trata de un resabio del idealismo filosófico, que dominó en el siglo XIX. Se lo llamó “Espíritu de Copenhague”: las cosas son como las vemos. En cambio, Einstein era realista. Vemos las cosas como son. En esto tenía razón. El idealismo es incompatible con la triple correspondencia antes citada. Sin embargo, Einstein se equivocó al pensar que la incertidumbre de Heisenberg desaparecería alguna vez, cuando se descubrieran las que él llamaba “variables ocultas”. Las variables ocultas siguen sin aparecer y el aparato matemático que usan los físicos cuánticos sigue siendo probabilístico. Pero funciona. Bien lo comprobamos en Hiroshima y Nagasaki.

Puntualiza Alfonseca al respecto. “En 1935 Einstein y dos de sus colaboradores diseñaron un experimento (llamado EPR por las iniciales de los autores) que podría echar abajo la teoría de Bohr. Unos meses más tarde Niels Bohr publicó otro artículo en la misma revista, en que respondía al artículo anterior. Casi 30 años después el experimento EPR, que hasta entonces había sido mental, pudo llevarse a cabo y confirmó las predicciones de Bohr en vez de las de Einstein.” (Pag 285).

En rigor, lo que confirmó el experimento de Alain Aspect en 1982 fue que las soñadas variables ocultas de Einstein no aparecerán nunca. La incertidumbre de Heisenberg ha de ser asumida por tanto como una limitación definitiva del conocimiento humano, y no como la realidad existente que pensaba Bohr. Lo mismo que ”azar”, “casualidad”, etc., las palabras “incertidumbre” o “indeterminación”, usadas habitualmente para referirse al principio de Heisenberg, denotan únicamente nuestra ignorancia, que es un vacío y no un lleno de ser.

Para ser precisos, se trata de la limitación más clara y contundente de la física cuántica, que ha desbordado para siempre a la física clásica. Todo científico honrado intelectualmente debiera aceptarla como tal. La ciencia nos consiente utilizar las naturaleza en nuestro beneficio. Pero no nos dice cómo es, en su misma esencia, la materia inerte. La consistenciaCOSMOS está muy por encima de la mente humana, sin duda muy poderosa, pero siempre finita. Alfonseca menciona muy oportunamente el teorema de Gregory Chaitin de 1975. “Establece un nuevo límite a lo que es posible en matemática” (Pág. 122).

El otro terreno en que se invoca el azar es la teoría de la evolución de las especies iniciada por Darwín. Este solo hecho bastaría para sospechar que la evolución de la vida es otro aspecto de la consistenciaCOSMOS que está fuera de las posibilidades humanas.

Por ejemplo, en los años setenta del siglo pasado se puso de moda el libro de Jacques Monod “El azar y la necesidad”. Con ese infausto título, por dos veces demostró Monod que no sabía lógica. Entendía el azar como algo que existiera en la realidad. Y consideró la selección natural como algo necesario. Pero la selección natural es parte de la consistenciaCOSMOS. Y nada consistente es necesario.

Sólo he encontrado un biólogo que se haya atrevido a evaluar en 1040.000 las posibilidades en contra para conseguir una bacteria en un laboratorio (Robert Shapiro, “Orígenes”, Ed. Salvat 1994, Pag. 119). Es otra manera de decir que en la sorprendente aparición de la vida en el planetilla Tierra coincidieron las 1040.000 condiciones necesarias para tal milagro. La conjunción lógica de todas esas condiciones necesarias se habría convertido en una condición suficiente. Nótese que se estima en 1080 el número de protones en el cosmos. La diferencia de ambos exponentes es abrumadora.

Volvamos a la idea de un diseño inteligente para la evolución en general, o del invocado principio antrópico en sus diversas versiones, expuestas adecuadamente por Alfonseca (Pág 222).

Podemos concebir la consistenciaCOSMOS como un inmenso programa de ordenador o software. En ese programa ya estaba previsto que las 1040.000 condiciones necesarias coincidiesen en el planetilla Tierra hace tres mil quinientos millones de años. Y luego el programa se extendería a la evolución de las especies. Si ya el surgimiento de la vida supera con creces nuestra limitada inteligencia ¿por qué asombrarse de que ocurra lo mismo con el software obviamente mucho más complicado que viene a continuación?

Los biólogos han de aprender a ser humildes, aún más que los físicos. Ignoran su propia ignorancia mucho más que los que se ocupan de la materia inerte. Nos hacemos una idea de ello por la distancia que va desde el exponente 40.000 al exponente 80. Pero somos tan idiotas que buscamos extraterrestres con 1080.000 probabilidades en contra. Claro que quienes financian esos proyectos son aún más necios que los científicos que los proponen para su aprobación en un parlamento.

En resumen, hay que acabar con el presuntuoso criterio de tantos científicos “si mis ideas no coinciden con la realidad, la culpa no es mía sino de la realidad”. Hay que volver al sensato criterio que ya estableció Aristóteles, y la formalización de la lógica impone absolutamente. “Si mis ideas no coinciden con la realidad, la culpa es mía, porque no reconozco que hay límites insalvables para el conocimiento humano”. O dicho con la feliz expresión de San Agustín, “soy tan ignorante que ignoro mi propia ignorancia”.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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