Manuel Alfonseca señala en su libro “Un universo en evolución” (CEU Ediciones 2023) los cambios en la revista “Science News” (Pag. 303). Cumplió 100 años en 2022. Se advierte una degradación de la honradez intelectual. Publica ya textos de clara ciencia-ficción, lo que antes era impensable en cualquier revista científica seria. Y por otra parte cada vez son más frecuentes los fraudes científicos (Pag. 288 y ss).
Son detalles muy significativos de la pérdida del amor a la Verdad, que ha sido el rasgo distintivo de la civilización occidental. “A qué podría amar más el hombre que a la Verdad”, exclamaba San Agustín. Por desgracia, impera en nuestra época el “pensamiento débil”. Se suele indicar la Revolución estudiantil en el Paris de 1968 como el punto de inflexión. La consigna que entonces se hizo célebre -prohibido prohibir- es sin duda un excelente ejemplo de la necedad imperante. Dos conceptos modales seguidos no tienen sentido. “Prohibido prohibir” es una prohibición, que habría que prohibir a su vez -prohibido prohibido prohibir- . Y así ad infinitum.
En dos ocasiones Alfonseca incluye una ecuación matemática (Pag, 53 y 196). Pero en todo el texto no he descubierto una sola fórmula lógica. Sospecho que aún no se ha dado cuenta de la formidable importancia que tiene la formalización del cálculo lógico por Frege y Peano. Esa sospecha se convierte en certeza cuando se lee el Capítulo 13, titulado, “Ciencia, Fe y Ateísmo”. Su opinión queda bien reflejada en la frase “ni la existencia de Dios ni su inexistencia pueden ser demostradas por la ciencia” (Pag. 265). Por supuesto, comparto este criterio. Pero la pregunta pendiente es ¿Y la lógica? ¿Puede demostrar algo al respecto?
Tratemos de explicar por qué la lógica es anterior a la ciencia.
Recuerdo que cuando era joven se solía oponer el “oui” francés al “yes” inglés. “Oui” significa “estoy de acuerdo con lo que Vd dice”. En cambio, el sentido de “yes” evita todo compromiso: “me he enterado de lo que Vd dice”. Y por eso surgían tantos malentendidos. Digamos que “yes” representa a la lógica y “oui” está por la ciencia, algo que viene después.
En mi artículo anterior (El Imparcial 19/06/23) aludí a la famosa polémica entre Bohr y Einstein. Prescindamos del contenido de la disputa, o sea, del “oui”. Quedémonos con el hecho previo del “yes”. Cada uno entendía perfectamente lo que decía el otro. De hecho, la frase “Vd. no me ha entendido” muy rara vez aparece en estas discusiones.
Independientemente de que luego estuvieran de acuerdo o no ¿cómo podía antes cada uno entender correctamente lo que decía el otro?
Ambos escribían en inglés, pero sus lenguas nativas eran el danés y el alemán. Pero tanto en inglés, como en danés y en alemán, los operadores lógicos son los mismos: cuatro para la lógica sentencial -afirmador-negador, conjuntor, disyuntor inclusivo e implicador,- y dos para la lógica cuantorial de individuos -todos y al menos uno-. Con estos seis operadores se construyen los únicos tres tipos de fórmulas bien escritas -valideces, consistencias y contradicciones-.
Los operadores lógicos son como el esqueleto que está debajo de todos los lenguajes del mundo. Para llegar al lenguaje ordinario, hay que añadir la masa enorme de músculos, nervios, venas, vísceras, etc que constituyen lo que llamamos “gramática” en su acepción más amplia, o sea, la capacidad de dar nombre a las cosas. También se suele decir que la lógica constituye el lado formal del lenguaje y la gramática su lado material.
Desde Frege y Peano hemos avanzado mucho, tanto en lógica como en gramática. Pero curiosamente en sentidos opuestos. En lógica el avance ha sido claramente hacia adelante. Pisamos ahora terreno firme. Conocemos bien el esqueleto del lenguaje y el pensamiento. Podemos decidir si una fórmula bien escrita es validez, consistencia o contradicción. En cambio, el cambio en gramática ha sido más bien en dirección opuesta. Somos más conscientes -o al menos debiéramos serlo- de que no identificamos al cien por cien a todos los individuos que integran el cosmos, con sus propiedades y las relaciones entre ellos. No somos capaces de dar nombre a todo lo que existe. No abarcamos la consistenciaCOSMOS, aludida en el artículo anterior. Acertó Santo Tomás de Aquino al afirmar que ningún filosofo ha sido capaz de entender la esencia de un mosquito. Percibimos ahora mejor que antes los límites del conocimiento humano. A esta conclusión se llega en la medida en que se profundiza con rigor en el actual cálculo lógico. Nuestro orgullo intelectual queda quizás herido. Pero avanzamos objetivamente al reconocer que hay límites que nunca podremos superar.
Por eso mismo, las diferencias en gramática hacen imposible la comunicación entre personas con idiomas distintos. Y sin embargo, si no existiera ese esqueleto común de los operadores lógicos, ni Eínstein ni Bohr hubieran llegado a entender lo que decía el otro. La lógica precede a la gramática lato sensu, y por tanto también a la ciencia. Bohr y Einstein, si bien discreparon diametralmente en el terreno del “oui”, o de la ciencia, en cambio antes estuvieron plenamente de acuerdo en el ámbito del “yes”, o de la lógica. En realidad, sin el esqueleto común de la lógica, ni siquiera sería posible la traducción de un idioma a otro.
Alfonseca recoge las últimas aportaciones al tema de la existencia de Dios. Pero la discusión se hace siempre al nivel de la ciencia, o de la filosofía sin apropiada base lógica, o sea, en el terreno del “oui”. Siempre se produce el empate. No gana nadie. Nadie convence a nadie. Aunque hace bien Alfonseca al exponer los indicios o sugerencias que desde la ciencia favorecen la existencia de Dios o invitan a aceptarla (Pag. 243 y ss).
En conclusión, aprovechemos la ventaja de que nos hemos hecho más fuertes en lógica, aunque más débiles en gramática. Si nos colocamos en el terreno de la lógica formalizada actual, no hay empate. Ganan por goleada los teístas. Y pierden los ateos de manera patética. Para ser exactos, el ateísmo ha quedado reducido a pura y dura ignorancia. Los ateos son los modernos analfabetos. Por fortuna, hay una buena noticia: el ateísmo es una enfermedad que tiene cura. Basta estudiar lógica.
Lo que echo de menos en el por otra parte estupendo y muy bien documentado libro de Alfonseca es que no habla de lógica moderna formalizada. Sus argumentos
ganarían enormemente en contundencia dialéctica, si pasase del “oui” de la ciencia al “yes” previo de la lógica,
Dicho de modo más preciso. En vez de las dos ecuaciones matemáticas antes mencionadas, hubiera podido exhibir la más sencilla de todas las valideces lógicas, la modesta fórmula A V -A, donde el símbolo V está por el disyuntor inclusivo, A por cualquier enunciado sujeto-predicado, y el signo - por el negador
Los medievales llamaban a esto “tertio excluso”. Un buen ejemplo lo encontramos en el estribillo que canta el coro de doctores de la zarzuela “El Rey que rabió”. Han sido convocados para que dictaminen si el perro estaba rabioso o no. Y su sesuda respuesta fue “El perro está rabioso o no lo está. Y de esta opinión nadie nos sacará”.
Ramos Carrión, Vital Aza y Chapí dieron por supuesto que todo el mundo capta la ironía del estribillo, pues no es sino lo que vulgarmente llamamos “una verdad de Perogrullo”. Algo tan obvio y evidente, que es impensable que alguien no lo entienda. Pero si lo pensamos a fondo, se trata nada menos que de la verdad suprema de la cual desciende cualquier otra verdad, incluidas las conseguidas por la ciencia y hasta por la matemática. En realidad, estamos ante Dios mismo en cuanto “Ipsa Veritas”.
A Dios nadie lo ha visto en cuanto “Ipsum Esse” o Ser Supremo. Pero después de Frege y Peano todos tenemos el acceso a la divinidad en cuanto “Ipsa Veritas”.
Basta añadir oportunas letras, afirmadas o negadas, a las diversas valideces básicas (A V -A), (B V -B), (C V -C) etc. mediante el disyuntor inclusivo, para llegar a cualquier otra validez lógica en su forma normal conjuntiva. Tan revolucionario es el nuevo cálculo lógico que en él incluso queda superado el venerable método axiomático de Euclides.
En todos los idiomas del mundo se encuentra la frase hecha “esto es así como dos y dos son cuatro”. Sin embargo, para que dos y dos sean cuatro, hace falta un mundo en que haya al menos cuatro cosas.
En cambio, la verdad de “esto es así como A V -A” no está sujeta a condicionamiento alguno. Es una verdad plena, redonda, total, absoluta. Insistamos en que Dios es percibido como “Ipsa Veritas”. O “Logos”, como ya observó San Juan. Todos tenemos esa verdad suprema dentro de nuestra mente, y por eso “nos hacemos divinos”, como diría Unamuno. Sólo cabría añadir la coletilla “incluidos los que equivocadamente se consideran ateos”.
Al principio de este artículo aludí al “pensamiento débil” que domina actualmente en Occidente. Pero si en la discusión sobre la existencia de Dios pasamos del terreno del “oui”, o la ciencia, al terreno previo del “yes”, o la lógica formalizada, lo que en realidad tenemos es “pensamiento superfuerte”. Occidente puede recuperar el amor a la Verdad y salvarse de la barbarie en que ahora estamos sumidos.