- Vittorio, tú, que has conocido o trabajado con las actrices más destacadas, con las más bellas, Gina...
- Vittorio, tú, que has conocido o trabajado con las actrices más destacadas, con las más bellas, Gina Lollobrigida, Sophia Loren, Silvana Mangano, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jeanne Moreau…, ¿a quién consideras la mejor? -le pregunté a Vittorio de Sica en la cena que le ofrecimos en el ABC verdadero.
El gran actor nos miró con recelo y contestó: “No lo digo por estar hoy en la mesa de ABC… La mejor es la vuestra: Carmen Sevilla”.
Estaba yo al frente por aquella época del dominical del periódico, “Los domingos de ABC”, y organizaba almuerzos o cenas con los personajes que visitaban España, tanto de la ciencia y la intelectualidad como de la literatura, el arte o el espectáculo. A la cena con Vittorio de Sica asistimos una veintena de personas y he publicado en diversas ocasiones la opinión del maestro italiano que desbarataba tantos sectarismos y cicaterías de las que fue víctima Carmen Sevilla.
Tendría yo veinte años cuando conocí a la actriz. Era simpática, sencilla, espontánea, ajena a la presunción, con profundo sentimiento religioso y sincero amor a su patria. Ni siquiera Sara Montiel, nadie podía competir con ella. Su padre había tenido relación y colaboración con el fundador de ABC, Torcuato Luca de Tena, y tal vez por eso se sentía en el periódico como en su casa. Camino del Rocío era una de sus películas preferidas entre las muchas docenas que interpretó. Me hablaba siempre de la satisfacción que le había producido la calidad de aquel film.
Era franquista, poco aficionada a la política, pero muy franquista. Un día le presté el libro de Luis Ramírez (Luciano Rincón) “Franco, historia de un mesianismo”, editado por Ruedo Ibérico, libro prohibido en España en aquella época. Lo leyó, meditó sobre lo que en él se decía, pero no modificó su posición con relación al dictador.
Se me atropellan las palabras porque he mantenido con Carmen Sevilla una amistad de 70 años. Venía a casa a cenar o almorzar, la visitaba yo en la suya y cuando, ya enferma, la quise ver me hicieron comprender que era mejor que no lo hiciera. Me mantuve siempre a su lado, no como periodista, sino como amigo y confidente. A veces me pedía que le hablara de poesía. Era su pasión secreta. Cuando murió la mujer de José María Pemán, me trajo al almuerzo un verso del escritor y académico que le había impresionado: “Porque lo mandas y quieres, porque es mío tu dolor, bendita sea Señor la mano con que me hieres”.
Y ahora que ha emprendido el último viaje, tengo algo que decir a esta mujer admirable: “Hasta pronto, Carmen querida, hasta muy pronto”.