Confieso que el señor Feijoo me tiene en un sinvivir por esa manía de dar un pasito para adelante y dos hacia atrás. Queda poco para el 23-J cosa que la mayoría de nosotros vamos a hacer un esfuerzo vital por acudir a urnas. Son muchas las alegaciones que se pueden fijar para justificar el deber y el hacer para votar sin otros escrúpulos que el de la oportunidad para un sustancial cambio de rumbo en política de altura. A mi juicio, creo que España lo precisa.
Ahora bien, don Alberto Núñez Feijóo da la sensación de ser un hombre temeroso, lo digo por sus vacilaciones frente a la gran oportunidad de hacerse con las llaves de la Moncloa. Valga acudir al mundo de los toreros para recordar una anécdota muy ilustrativa cuando se discutía por los aficionados la calidad torera de Guerrita y Espartero, entonces se le ocurrió decir a Lagartijo el Grande sencillamente esta sentencia: "Hay que desengañarse: en esto del toreo, unos saben lo que hacen y otros hacen lo que saben". Ya dijo bastante. En política nacional hay que guardar las distancias ganándose a la opinión pública con firmeza, dejándose de vacilaciones y saltando al ruedo con la seguridad de poner orden entre el silencio y la expectación.
En la vida hay que ser líder de algo. Se nace y se hace a fuerza de vocación, entusiasmo, distinción y esa pizca de gracia que viene del conocimiento. España se lo exige, señor Feijóo y dado que usted ha entrado en nuestras vidas, que lo sea para algo firme y con catadura de líder. Con todo respeto a Galicia, amplíe sus miras de gobierno, piense en grande, pero hágalo antes de que sea tarde, porque este verano azul lo es también del estío y del hastío.
Tejer la urdimbre de la realidad de Pedro Sánchez puede llevarnos a una aseveración aún más atildada cuanto mayor sea la proximidad del personaje; por eso se hace más necesario el no desaprovechar el momento de la verdad. La cuestión es saber rechazar a los lobbies aliados con el actual gobierno y sus anejos inseparables, que en labores de despiece no han escatimado en blanquear rencores invirtiendo los papeles de tal manera que la víctima es la culpable por el hecho de serlo. No digamos de la mentira como palabra que ha quedado en un simple “cambio de postura”, a decir del mismísimo Sanchez. Todo eso sin olvidar lo de abrir las arcas del Estado para la compra de voluntades al por mayor.
De ahí que Feijóo, en algo menos de un mes, debe abandonar sus conjuros y glosas gallegas tan atávicas para centrarse en el ser o no ser, demostrando que ahora los héroes han de ser figuras apoyadas en la razón colectiva con la sensatez de premiar al virtuoso, a las víctimas, al trabajador, al honrado, a quienes más lo precisan, y a la vez castigando a los canallas que han convertido una sociedad pulcra como la nuestra en el edén del privilegio y el libertinaje.
No es tanto pedir cuando de lo que se trata es votar a la firmeza de actos, a la independencia de poderes y a la probidad de los estamentos. En caso contrario España seguirá en la deriva de la megalomanía presidencial de quien por mirarse al espejo mágico se hace creer el más alto, el más guapo y el mejor de su reino, hasta que un día, ojalá pueda ser el 23.J, compruebe una vez más el resultado de su cara ante el devoto espejo y le resulte un empeño inútil, porque el cristal refleje el rostro de Alberto Núñez Feijóo.
Confiemos en que así sea, de manera que despierte don Alberto, reaccione ¡¡carallo!!, bájese del percebe y monte a caballo e impulse valor. Sea ganador y no se ponga de perfil, que tiempo habrá para ir a Carril de celebración. La batalla de urnas ni ganada ni perdida, está, pero corre que vuela don Pedro que quiere renovar los votos y eso, señor Feijóo, puede causar el horror de entronar al mismo. Y lo que es peor, que España caiga al abismo, sea vendida al mejor postor o incluso el marxismo nos haga la cobra al igual que en Cuba, Venezuela, o Colombia.
Don Alberto, haga lo que el rey Ramiro I cuando tuvo un sueño místico en el que Santiago Apóstol se le presentó y le dio bravura para presentar batalla a Abderramán II. Aquello fue un existo total. Y es lo que toca hacer ahora por si funciona con Pedro Sánchez; pero claro, para ello, repito, bájese usted del percebe y a lomos de un caballo blanco grite con todas sus fuerzas, ¡Santiago y cierra, España! A lo mejor la historia nos acompaña.