Max Hastings en La crisis de los misiles de Cuba 1962 presenta una revisión necesaria de uno de los hechos más determinantes de la historia del siglo XX: la crisis de los misiles de Cuba (14-22 octubre de 1962) que estuvo a punto de desatar la guerra nuclear entre las dos potencias que pretendían dominar el mundo, Estados Unidos y la Unión Soviética. Si bien es cierto que la guerra de Corea (1950-1953) había sido el más sangriento de los conflictos vividos durante la bipolaridad, la crisis de los misiles fue su episodio más peligroso, envuelto en un mundo que no dejaba de cambiar y modernizarse y con unos protagonistas extraordinarios y “condenados” a pasar a la Historia, en uno y otro bando, junto, además, con los cubanos, que se sumaron a este reparto absolutamente decididos a hacer prevalecer sus opciones.
La obra de Hastings presenta una característica que la dota de interés para el lector: si bien es cierto que hay muchas obras y relatos que se han ocupado de narrar con minuciosidad lo que ocurrió en aquellos trece días cruciales, en ésta se enmarcan los acontecimientos en el contexto de lo que, en ese momento, eran los EEUU., la Unión Soviética y Cuba, facilitando entender cómo y por qué sucedieron los hechos (pág. 19). Los retratos de la sociedad, como el modo de explicar los comportamientos, permiten acercarse con interés al lector y mostrarle un tiempo, no muy lejano, donde todo estuvo a punto de cambiar.
Resulta especialmente interesante como Hastings describe, no sólo el mundo y al ciudadano de ese momento, sino que va tejiendo el retrato de los protagonistas de esta crisis. Mientras nos planea la visión de un Jruschchov al que, en palabras del autor, «era imposible describir(lo) como un líder humano, no cabe duda de que fue mucho menos inhumano que Stalin: a pesar de que en muchos aspectos era un hombre tosco, carente de elegancia y modales, al que le incomodaba la cultura y que situaba con menosprecio a los disidentes “en el lado equivocado de la historia”, Jrushchov se permitió algunos arrebatos de liberalismo, realismo y generosidad que le granjearon la enemistad de los elementos más intransigentes del Kremlin. Poseía energía, entusiasmo, ingenio y cierto gusto por las payasadas, cualidades que no se suele asociar con los líderes soviéticos» (pág. 125).
Del otro lado, Camelot, el “reino” de un recién llegado Kennedy que, para forjar su leyenda, escuchaba cada noche antes de dormir, según contaba su esposa, el tema final de Camelot: «No olvidemos/ Que una vez existió un lugar/ Que durante un breve pero brillante momento / fue conocido como Camelot». Para el periodista, JFK «estaba dotado de una inteligencia y un encanto desbordantes. Basta con ver una de las innumerables entrevistas televisivas que se le hicieron durante los años de su presidencia para advertir en qué medida era más agudo y sofisticado que algunos de sus sucesores en el cargo. Siempre tuvo una gran curiosidad, algo que muchos consideramos una insignia de honor, y poseía un poder de concentración extraordinario» (pág. 172).
El libro de Hastings describe los famosos «trece días»: un sinfín de personajes conocidos recorren las páginas de su obra dando forma a una visión completa y compleja de cómo sucedieron los hechos en esos intensos momentos. De este modo, se narra casi al segundo, por ejemplo, cómo se gestó la famosa intervención de Kennedy por televisión, convirtiendo la crisis en el episodio más público de la Guerra Fría y, los días que la sucedieron, en un acontecimiento seguido por una audiencia global.
Uno de los grandes misterios que continúan hasta día de hoy, radica en saber por qué a pesar de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, y sus enormes recursos, la Administración Kennedy tardó en enterarse, o al menos en reconocer, que la Unión Soviética estaba desplegando armas nucleares en Cuba, a menos de 150 kilómetros de territorio continental norteamericano. La primera excusa, cuando comenzaron los trabajos de construcción de las bases de lanzamiento para los misiles antiaéreos soviéticos, sobre el envío de equipos agrícolas no pudo mantenerse por mucho tiempo. Otra de las cuestiones más comentadas, fueron las concesiones que había hecho EEUU para asegurarse la retirada soviética, concretamente, acerca de los misiles Júpiter desplegados en Turquía, hecho que despertó las envidias y suspicacias de los republicanos (pág. 550). Ambos interrogantes son tratados profusamente en la obra.
Finalmente, especialmente interesante es la comparación que el periodista hace de la crisis de los misiles cubanos en relación con la invasión de Ucrania por parte de Rusia (24 de febrero de 2022), hecho que conecta el pasado con el presente y que puede dar al lector algunas de las claves necesarias para entenderlo. En palabras de Hastings, «lo que está ocurriendo en nuestros días no es, por muchas razones, una reanudación de la vieja Guerra Fría, aunque bien puede constituir el comienzo de una nueva. Lo que está en juego es el dominio y la influencia territorial, más que la ideología» (pág. 559).