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TRIBUNA

La acción humana

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
viernes 14 de julio de 2023, 20:13h

El espíritu es el protagonista de la acción humana, porque es el poseedor de los operadores lógicos. Capta los valores y es libre en sentido positivo para cumplirlos o violarlos. Es el espíritu lo que nos constituye en personas. Nunca enferma ni muere. Por el contrario, el cuerpo es sólo el instrumento del que se sirve el espíritu. El cuerpo cambia, enferma y muere. La persona en cuanto espíritu es siempre la misma. Lo que cambia es su aspecto externo, su cuerpo.

Dicho más escuetamente. El cuerpo está en el mundo inferior de la naturaleza causal. El espíritu, en cambio, habita en el mundo superior de los valores y la libertad positiva. Pensamiento racional y libertad positiva son dos conceptos inseparables. Siempre van juntos.

Nicolai Hartmann fue lúcido al describir las tres fases del proceso teleológico o finalista que discernimos en la acción humana, si es realmente “humana”.

Primera fase, identificar el fin u objetivo a lograr.

Segunda fase, establecer la cadena de medios adecuados, empezando por el más alejado del fin, y terminando en el medio que está ahora en nuestras manos.

Tercera fase, actualización de los medios por su orden y en tiempo real, hasta llegar de hecho al fin propuesto.

La primera fase ocurre en nuestra mente como idea. Va en el mismo sentido del tiempo, pero a mayor velocidad que él.

La segunda fase discurre también idealmente, pero va en sentido inverso al tiempo real. Si alguien decide ser ingeniero, tiene que empezar por aprobar el primer curso. Luego el segundo y sucesivos, hasta obtener el título de ingeniero.

La tercera fase tiene lugar en el sentido del tiempo y a la velocidad en que discurren los hechos de la vida. Hay que ir siguiendo de hecho la cadena de medios hasta llegar al fin.

La palabra castellana fin tiene los tres sentidos específicos de las tres fases, pero son empleados casi siempre de modo confuso y descuidado. Y a causa de ello se originan muchos equívocos y malentendidos.

Por eso, emplearemos las palabras alemanas “Zweck”, “Ziel” y “Ende” para distinguir esos tres sentidos. Prescindimos del artículo determinado en alemán. Tampoco los alemanes emplean siempre de la misma manera esas tres palabras. Pero nosotros sí lo haremos.

Zweck” es el fin objetivo de algo. El fabricante de cuchillos de mesa los vende para que su uso sea cortar alimentos en un plato. “Ziel” es el fin subjetivo, lo que alguien se propone lograr. Tiene prisa y utiliza el cuchillo de mesa que tiene a mano para apretar un tornillo.

“Ende” es lo que ocurre de hecho cuando el proceso teleológico se ha completado.

Lo deseable en principio es que Zweck, Ziel y Ende coincidan. Si usamos el cuchillo de mesa para lo que no está hecho -apretar un tornillo-, con frecuencia se rompe el cuchillo. En cambio, si se emplea un destornillador para apretar un tornillo, entonces los tres sentidos de la palabra “fin” felizmente coinciden.

Dios asigna al hombre los valores como el Zweck de la acción humana. Para eso puso a Adán y Eva en este mundo hace dos millones de años. Y para eso nos pone a nosotros aquí abajo, cuando un espíritu es creado por Dios “ex nihilo et ex novo”, exactamente igual que lo hizo con Adán y Eva. Le otorga los operadores lógicos y la libertad positiva.

El instante preciso en que aparece la persona sólo puede tener lugar cuando un espermatozoide fecunda un óvulo y surge un cigoto con un código genético nuevo. O la anidación en el raro caso de gemelos univitelinos. Este es el momento más crucial y decisivo. Ninguno de los que siguen después, incluido el nacimiento, tiene una relevancia metafísica comparable. Y por otra parte, ¿quién puede señalar con autoridad indiscutible un instante distinto y posterior?

La tarea encomendada al ser humano consiste en que sus deseos o intenciones vayan dirigidos al entero arco de los valores propios, o sea, éticos, estéticos y religiosos. Debe procurar que su Ziel subjetivo coincida siempre con el Zweck objetivo. Si coinciden, el Ende será su felicidad, su realización como persona. Su vida alcanzará pleno sentido, como diría Viktor Frankl. Y si no coinciden, Ende significa el fracaso.

Expresemos lo mismo de otro modo. Somos libres en sentido positivo para hacer el bien, y sólo el bien. Lo haremos por nuestra propia iniciativa y capacidad. El mérito por hacerlo será nuestro y sólo nuestro. Igualmente, la culpa por hacer el mal también será exclusivamente nuestra.

Libertad positiva, responsabilidad e imputabilidad se coimplican. Son lo mismo en el fondo. Por otra parte, la libertad negativa o de elección consiste en escoger los medios adecuados para alcanzar fines valiosos en sí mismos. Escoger un antivalor como fin, y hasta emplear medios antivaliosos para un fin bueno, es el abuso de la libertad positiva. Para designar esta aberración usamos la palabra “libertinaje”.

Nunca hay que interpretar el éxito teleológico como carencia de libertad positiva. Que un matrimonio sea feliz y fiel hasta la muerte no implica que la libertad positiva haya desaparecido. También en algunos animales se da esta fidelidad a su pareja y hasta la muerte, como ha hecho notar Konrad Lorenz. La diferencia está en que entre los animales la perseverancia no es libre sino instintiva. En cambio, el mérito del amor humano está precisamente en que sea libre, en que esté siempre abierta la posibilidad de violarlo. El mérito consiste justamente en que esta posibilidad quede siempre en posibilidad.

Por otra parte, el amor humano fiel hasta la muerte supone que esposo y esposa van descubriendo mutua y progresivamente sus respectivos valores. O en el peor de los supuestos, manteniéndolos intactos como al principio. En el primer caso aumenta en intensidad el amor mutuo. Y en el segundo se mantiene esa intensidad mientras pasa del tiempo, lo que en el fondo es también crecer. Asistimos al triunfo de los valores. Llegan a ser como deben ser.

El mérito axiológico consiste precisamente en haber vencido las ocasiones de traicionar al amor. En los animales no hay mérito alguno en su fidelidad, porque no son libres en sentido positivo. Es simplemente el instinto el que obra causalmente. La superioridad de la fidelidad humana sobre la simplemente animal consiste justamente en el proceso teleológico antes descrito. Que algo sea previamente querido. La acción humana es por fuerza finalista En cambio, la acción animal se agota en la causalidad propia del mundo de la naturaleza causal.

Cabe pensar que la culpa existe, si se viola u omite el valor ético, y que en cambio no hay mérito alguno en cumplir lo mandado. Era nuestra obligación y la hemos cumplido. Eso se dice en el Evangelio. “Somos siervos inútiles. Sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).

En anteriores trabajos me atuve a una interpretación literal de esta frase evangélica: no hay mérito por hacer el bien. Ahora comprendo que esa opinión “ad pedem litterae” es incompatible con la libertad en sentido positivo. Puede verse mejor como el consejo de no poner la recompensa como Ziel. Pues también en el Evangelio se encuentra la frase “el que dé a beber a un vaso de agua fresca al más humilde de mis discípulos no perderá su recompensa” (Mt 10, 42).

Así pues, mérito y culpa tienen que estar en igualdad de condiciones. Si la responsabilidad por hacer el mal implica el castigo de la culpa, también hay responsabilidad e imputabilidad por hacer el bien y se merece una recompensa. Si Dios nos creó libres en sentido positivo, luego nos respetará siempre como tales. Castigará y premiará. En último análisis, que mérito y culpa serán tratados de la misma manera equivale a la expresión “estado de prueba” (Cfr. el artículo con este título en El Imparcial 07/05/23).

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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