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TRIBUNA

Escuela de calor

lunes 24 de julio de 2023, 01:38h

Las obras. Las máquinas que soplan las calles que sólo sirven para remover la calentura del ambiente y ensordecen a kilómetros a la redonda. Las obras en los edificios vecinos. Amanecer por encima de los veintiséis grados. Las obras en el edificio propio. La conversación en la que no dejan de ondear los qué calor, qué calor sobre otros temas que podrían ser más interesantes y hacer que te olvidaras por un segundo, sí, por uno solo, del calor mentado. Son algunas de las constantes de estas semanas. ¿Qué tienen de apreciables, aparte de ser lo que dan lustre a un verano en la ciudad? La pregunta arde en el aire. Más que lustre, dan humores odiosos, pero nos sirven para identificar la plenitud de la estación.

Uno pensaba estas cosas mientras esperaba en una de las terrazas del paseo del río. Crucé como un espectro intentando ganar todas las sombras posibles. Los pinos dificultaban con su inconstancia, pues al mínimo bandeo hacían que el sol se te clavase en la piel descubierta, sintiendo la nuca y los brazos chamuscarse sin solución. La idea de citarse allí parecía propia de alguien que viniera de paso, pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría pasar una hora, ni media, a las doce del mediodía en semejante tramo, donde ni el ruido de la presilla o el paso de una garza blanca aliviaban con sus evocaciones de oasis, echándole mucha literatura.

No tenía fotografía en su perfil del correo. Ni idea de cómo podría reconocerle, pues tampoco se me había ocurrido investigarle. Conseguir su dirección había sido odisea suficiente, más aún que fuéramos a vernos en persona. El hilo musical del bar encadenaba antiguos éxitos de Sade, pero nadie dentro debía prestarle atención y la lista de reproducción volvía a empezar, perdiéndose uno en The Sweetest Taboo como entre los abigarrados puestos de un bazar. El bajo y el teclado ochenteros borbotaban mientras los hielos crujían al mezclarse con el refresco. ¿Cuánto le quedaría? Llevaba más de diez minutos tomados prestados a la cortesía. Hasta la corriente del río parecía hacer sus pausas. Quedaba mucha jornada todavía.

¿Luis? Apareció de espaldas y me tendió las dos manos apresurándose en su disculpa y en sentarse lejos del sol. Goteaba su frente como mi vaso. Le pedí un par de cervezas a la camarera, que poco antes había cambiado la música a riesgo de enloquecer. Explicó su retraso pero uno se entretuvo en sus canas replegadas por el sudor, su conjunto de lino y alpargatas muy usadas. Cualquiera, echando una vez más mucha literatura, le creería sacado de una página de Paul Bowles. Entramos directamente en materia: qué le podía proponer para escribir en su suplemento digital. Uno esperaba que otros minutos corteses de conversación previa pudieran ir desgranando los intereses de cada cual y poder sacar en claro qué punto en común nos beneficiaría a ambos. Nada, que yo pensase temas, ahora mismo. Que si había estado esperando seguro que, siendo joven además, tendría más de alguna sugerencia que hacerle. Se puso las gafas de sol, repeinó sus canas, bajó la cerveza a la mitad de un trago. A la primera idea, una serie de entregas con un personaje ficticio, su gesto mohíno vino acompañado de un muy ambicioso, creo que para empezar deberías pensar algo más sencillo. A la segunda idea, una reflexión para un artículo, le siguió un muy abstracto, muy abstracto, no veo aún por dónde quieres ir. El hambre unido al sofoco y la impaciencia que iban en aumento, hicieron que atajase preguntándole qué cosas le solían proponer, para así hacerme una idea y acertar. Un trago por mi parte subrayó el explícate, majo, que tanta negativa está siendo un poco cargante. Se rascó la barbilla, se pasó la palma por el mentón, como los actores en sus improvisaciones haciendo que piensan. Temiendo que su acting se alargara, le mencioné el libro de una amiga y la reseña que podía hacer del mismo. Me parece que ese ya estaba pedido, que lo recibía entre hoy y mañana, lo siento. Bueno. Apuré el culín y la espuma. Pues como no te hable del tiempo que pasa, no sé yo qué temas podrían convencerte, y crucé las manos, dando por finalizado el infructuoso encuentro. No desistas, chaval, seguro que encontramos un término medio. Me reí. Convencerlo estaba resultando la subida a un ocho mil sin botellas de oxígeno. Debería caer una buena ahora mismo. ¿No te gusta el verano?, preguntó. No, la verdad es que le encuentro demasiadas pegas. Pero aquí se está bien, y como me dijiste que no te quedaba lejos. Sí, sí, está bien, conozco de sobra el sitio, y ya ves que hay más gente: somos como en la canción, las tribus ocultas cerca del río… ¿En qué canción decían eso? No importa, era una tontería. Escribe de eso. ¿De qué? De lo que acabas de mencionarme. ¿Pero qué le puede interesar a nadie? Chico, no hace falta que todo lo que se escriba interese o trate de algo. Las novelas no hablan de nada. Los poemas no se escriben para alguien. Los artículos no revelan nada. Qué desconcertante todo, se me escapó en voz alta. Él se rió. Al final nos caímos bien. Nos despedimos y se aseguró que le mandara ese escrito y una foto de autor y una nota biográfica. Sorprendente, pensaba mientras regresaba a la parada de autobús, sin prestar atención a las sombras, pudiéndome caer una maldición, aunque prefiriendo fuese una tormenta. De cobrar ni se habló, por supuesto.

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